viernes, 6 de febrero de 2026

Una historia y una boda

En aquel tiempo, la única carnicería del pequeño pueblo del sur del mundo se identificaba con un letrero bastante desteñido por las inclemencias del frío y la nieve, y con una banderita roja que se izaba cuando llegaba la carne. 

Su dueño y único dependiente se llamaba  Manuel.  Era un hombre de mediana estatura, de contextura robusta, que usaba una boina gaucha de color negro y suspensores para sujetar el pantalón.  Tenía mejillas rubicundas, bigote negro, grueso y frondoso, al estilo Stalin.  Pero no nos confundamos.  Manuel era un hombre de buenos sentimientos que se caracterizaba por su personalidad alegre y entusiasta, servicial con sus vecinos y de noble espíritu.

Manuel fue criado por su abuela materna desde el primer año de vida, y aunque ella no sabía leer ni escribir, lo formó en valores cristianos e inculcó una visión de la vida, entendida como un tránsito a la vida eterna, en que Dios pone a prueba el buen talante de cada uno de sus hijos para alcanzar la mejor versión de sí mismo.  Manuel creció escuchando sus consejos: hay que respetar a todos por igual, ser honrado, tener amor por el trabajo y alejarse de todos los vicios como la pereza, el alcohol y el cigarro.  Un hombre debe caminar erguido, con la conciencia limpia y la frente en alto.  Siempre limpio y bien peinado con gomina. 

Al interior del local, Manuel tenía un cartel con grandes letras que decía: “hoy no se fía, mañana sí”.  Sin embargo, si alguien estaba en apuros, porque el salario  no alcanzaba para el mes, igual podía llevarse un trozo de carne.  Tenía un sistema de crédito que consistía en anotar el monto en una libreta que el mismo cliente debía resguardar.  Curiosamente, nadie perdía la libreta y todos cumplían con el pago, porque en aquellos tiempos, la palabra de una persona era equivalente a su honor.  Una frase muy conocida y repetida era: el hombre vale lo que vale su palabra. 

Manuel atendía a sus clientes  siempre alegre.  Mayoritariamente eran mujeres a quienes saludaba con algún bonito piropo para sacarles una sonrisa.

-¿Cómo está señora Juanita, la más bonita del pueblo?.  ¿Qué va a cocinar hoy?

La señora Juanita se sonreía y se daba un tiempo para hablar de la vida, de las gracias y maldades de ambos  hijos varones, que coincidían en el mismo curso de la escuela, o de los últimos chismes del pueblo.

Manuel conocía la vida de casi todos los habitantes y tras ese mostrador, recibía más confesiones que el sacerdote en el confesionario de la iglesia. 

Con todas sus clientas se daba tiempo para compartir una breves palabras, que podían derivar en inesperados desahogos de ellas, revelando secretos de familia que Manuel sabía guardar bajo cien metros de tierra.

Manuel estaba casado con Elena, a quien conoció cuando eran niños.  Una década más tarde, se atravesó Cupido.  Lanzó la flecha con tal precisión en sus corazones, que provocó una repentina atracción apasionada que terminó en matrimonio.  Tenían cuatro hijos varones.  Cuando el último niño cumplió tres años, decidieron solicitar a la cigüeña una hija.  La solicitud era precisa, debía ser niña.  La cigüeña atendió la solicitud y llegó Eduviges.  El nombre lo eligió Manuel, en honor y recuerdo de su abuela.   

Eduviges nació en el hogar, con la ayuda de una partera, tal como nacieron todos sus hijos anteriores.  Sin embargo, éste no fue un parto fácil.  Su madre contaba que quiso nacer de pie pero que gracias a la pericia de la partera, logró que naciera como Dios manda, asomando primero su cabeza. 

Los ocho primeros años de Eduviges fueron complicados.  Pasaba enferma la mayor parte del tiempo.  Su madre aseguraba que aquella fragilidad de la niña, se debía a que habría nacido a los ocho meses y doce días.  Le habrían faltado dieciocho días para madurar y nacer fuerte como sus hermanos.  Afirmaba que tenía certeza de aquello y daba razones de señales físicas y del mundo onírico que le avisaban el momento de la concepción.  Así le había ocurrido anteriormente.

Entre atender a Eduviges, que requería de cuidados especiales, y a sus otros cuatro niños, Elena también cocinaba, limpiaba la casa, lavaba ropa y pañales en una artesa, remendaba la ropa que sus hijos rompían jugando, zurcía los calcetines, les servía la comida y etc., etc.  En el invierno, cuando la luz del día se escondía temprano sin que alcanzara a terminar las labores domésticas, encendía la lámpara Petromax, una maravilla que le entregaba buena luz, y que adquirieron para reemplazar las velas.  

Manuel se encargaba todos los días de sacar agua del pozo con un balde y dejar lleno un estanque para las tareas del hogar, dar de comer a las gallinas, picar leña, hacer astillas, y encender el fuego en la estufa y una salamandra.  También debía cuidar la huerta, y si nevaba por la noche, despejar la entrada de su negocio con una pala.  Así empezaba el día tras el mostrador esperando una buena venta.

Cuando Manuel se dio cuenta que Elena terminaba el día fatigada y que su único interés, llegada la noche, era dormir a pata suelta, sin que ninguna amorosa caricia la conmoviera, se puso en modo alerta.   

Decidió que debía cooperar más en las tareas del hogar y le propuso que él se haría cargo de la bebé.  

Aprendió a cambiar los pañales y a darle el biberón cuando a Elena se le acabó la leche.  Ella había amamantado a cada uno de sus hijos mayores por más de seis meses, pero con Eduviges sólo alcanzó para tres.

La carnicería funcionaba en una pieza de la casa que daba a la calle.  Una puerta de madera, ubicada tras el mostrador, comunicaba con el comedor del hogar.  Para que Elena se despreocupara de la niña, Manuel sacó el panel superior de la puerta, lo reemplazó por vidrio y así podía vigilar la cuna, mientras su mujer realizaba otras tareas. 

En la medida que Eduviges iba creciendo, se producía un constante aumento demográfico en el pueblo con nuevos planes de urbanización.  Se instalaron nuevos servicios públicos, y el tendido eléctrico y agua potable llegaron a su casa. 

Cuando Eduviges aún no cumplía los seis años de edad, se enfermó de gravedad.  El médico indicó un urgente traslado a Puerto Montt.  Fue clave la participación del párroco, de nombre Mansueto, quien logró contactarse con el conocido piloto de la zona Ernesto Hein, quien la trasladó en su aeronave.  Manuel permaneció a su lado toda la semana de hospitalización y el vínculo de ambos, que ya era de amor incondicional, se fortaleció como una conexión emocional de seguridad y confianza de parte de Eduviges.

Los cumpleaños de Eduviges se celebraban con más pompa que la de sus otros hijos.  A Manuel le gustaba participar y se preparaba con los trucos de magia -que había aprendido para entretener a sus hijos- para sorprender a las invitadas.  Hacía desaparecer monedas, sacaba un pañuelo del bolsillo que se transformaba en flor, y adivinaba las cartas que las niñas sacaban del mazo de naipes.  Las invitadas se sorprendían y entretenían.  Pero cuando a Manuel se le ocurrió aparecer en la celebración del décimo cumpleaños de Eduviges, con un cuchillo retráctil, amenazando matar a uno de sus hijos quien gritó de dolor después del cuchillazo y cayó muerto al suelo derramando la tinta roja que llevaba escondida en una mano, las invitadas se asustaron gritando horrorizadas sin saber qué hacer.  Esa fue la última  intervención de magia de Manuel, porque Eduviges lo enfrentó enojada por el susto que todos pasaron.

El enojo duró poco.  Sin embargo, esa escena, tergiversada y con más condimento, la supo casi todo el pueblo y quedó grabada en la memoria y el recuerdo de Eduviges y seguramente, también en la de sus amigas.

Para Eduviges no había otro héroe a quien admirar, que su papá.  Y en su padre se notaba la preferencia para con ella, respecto de sus hijos varones.  Cuando Eduviges cumplió diecinueve años, Manuel empezó a pensar, que al igual que sus hijos, algún día ella también dejaría el hogar.  Por eso, cuando la encontró conversando animadamente en un rincón del patio  con Anselmo, el hijo mayor de la señora Juanita, la sospecha de que había algo más, se le metió en la cabeza.  

Esa noche, le preguntó a Elena qué estaba pasando con Eduviges y Anselmo que se juntaban tan seguido.  Ella le respondió: creo que habrá matrimonio, es evidente que se gustan y tienen una conexión especial.

Manuel le volvió a preguntar qué más sabía.  Qué le había contado Eduviges.   

Ella contestó: me ha dicho que se juntan solos desde hace algún tiempo, que se llevan muy bien, que le gusta ese joven, pero que no ha pasado nada más que tomarse de la mano y unos besos furtivos.

A Manuel lo invadió una tristeza profunda.  Era el último en enterarse.  Eduviges pasaba el día con él en el negocio.  Ella era la encargada de la parte administrativa y laboral del empleado que tenían, y realizaba la función de cajera.  La señora Juanita, a quien consideraba su amiga, por los años como clienta y por la confianza de tantas conversaciones, también se lo había ocultado.  Se sintió ignorado y desplazado.

En un comienzo evitó hablar con Eduviges, pero pensándolo mejor, decidió preguntarle a ella misma cuáles eran sus sentimientos para con Anselmo.  Era verdad.  Estaba felizmente enamorada y tenían planes de casamiento para cuando llegara el verano.  Anselmo estaba esperando la ocasión para solicitarla en matrimonio, y sería muy pronto.

Después de aquella confesión, Manuel guardó absoluto silencio y bajó la vista.  Entonces Eduviges se acercó, lo abrazó con cariño y le declaró su amor como el mejor padre del mundo, asegurando que él estaría siempre en un lugar privilegiado de su corazón.   

A Manuel se le pasó la tristeza.  Él se involucraría en los preparativos de la boda.  Le prometió que tendría una boda excepcional e inolvidable.  Habría buena comida, con la mejor carne, buen vino, con la orquesta de don Pablo -con cantante incluido-, y una buena pista de baile para diversión de los invitados. 

La ceremonia religiosa fue emotiva.  Los casó el padre Mansueto, quien años antes, ayudó a salvar la vida de la novia.  Eduviges le dirigió sinceras palabras de agradecimiento.  Manuel entregó a su hija con sentimientos encontrados de pena y orgullo.

Terminada la ceremonia, se dirigieron todos al local de la celebración.  Después de la comida,  que fue excelente y abundante, los novios inauguraron los bailes, con el típico vals nupcial.  Siguieron bailando los padres de los novios y los invitados.  

Todo era alegría.  Habían pasado varias horas, cuando la orquesta comenzó a tocar el tango La Cumparsita.  Manuel que era un buen bailarín, sacó a bailar a Juanita, quienes ya se habían convertido en consuegros.  Los dos bailaban muy bien.  Juanita, con un vestido negro ajustado que le llegaba debajo de las rodillas, con una abertura en el lado derecho que le facilitaba el movimiento, y tacones negros de gamuza, se lucía en la pista junto a Manuel con pasos elegantes de bailarines profesionales.  Eran los únicos en la pista y todos admiraban  el derroche de talento, como si hubiesen bailado toda una vida. 

El cantante, al estilo Gardel, entonaba la estrofa: ”si supieras que aún dentro de mi alma, conservo aquel cariño que tuve para ti…“, cuando el marido de Juanita se acerco a ellos haciendo pasos erráticos al ritmo de la orquesta.  Era un hombre alto y fornido, llevaba la corbata suelta y la camisa a medio abotonar.  Manuel pensó que buscaba seguir bailando con Juanita, e hizo un ademán al ritmo del tango, para entregársela.  Craso error.  Un puñetazo le llegó al rostro y Manuel se desestabilizó.  Si Juanita no lo afirma hubiese caído al suelo.    

Se armó un gran alboroto.  Todos rodeando la pareja y sujetando al agresor que daba manotazos a diestra y siniestra queriendo seguir golpeando a Manuel.  Juanita le rogaba a su marido que se calmara y explicaba a quien la quería escuchar, entre el bullicio de los improperios de su marido para con Manuel, que todo se debía a  los celos enfermizos que tenía con él.  

Avergonzada por el espectáculo de su marido, contó que siempre estuvo celoso con él y relató bochornosos espionajes que hacía cuando ella iba a la carnicería.  Los asistentes se divirtieron con las anécdotas y no lo podían creer.  Un absurdo total.   

Anselmo, el novio, llevó a su padre a la cocina y Elena le sirvió una taza de  consomé caliente.  Lo sentaron en un sillón dónde pronto se quedó dormido. 

Eduviges llevó a su padre al baño, y le puso compresas de agua fría. 

Los novios pidieron disculpas, solicitaron que nadie se retire y que siga la fiesta.  Después de partir la torta y servir el café, los novios se retiraron a dormir en casa de unos amigos.   

Al día siguiente, viajarían en el camión de Anselmo, a Comodoro Rivadavia.  Él trabajaba cruzando la frontera, trasladando mercaderías entre ambas ciudades:  Coyhaique - Comodoro Rivadavia, y viceversa.  Pero ésta vez, se quedarían una semana en la ciudad transandina para disfrutar su luna de miel. 

La promesa de Manuel se cumplió a cabalidad.  Fue una boda excepcional e inolvidable.  Al menos, para quienes participaron en ella.

Tres días después, llegaron Juanita y su marido a casa de Manuel, quien aceptó las disculpas del marido.  Todavía tenía el ojo negro, pero ya no había rencor.  Con el tiempo, se convirtieron en buenos consuegros y en cariñosos abuelos.  Pasaron juntos muchas celebraciones familiares, siempre con la advertencia jocosa de Manuel: hay que beber alcohol con moderación.