viernes, 24 de julio de 2026

El Jefe

En la última cumbre del G7, realizada en Francia, el presidente Trump fue el último en llegar a la reunión de trabajo –con casi una hora de atraso- y al ingresar dijo a los asistentes, en tono jocoso: “yo soy el Jefe”.  La prensa lo informó al mundo.  Algunos medios señalaron que fue una broma justificando el atraso, y otros, subrayaron la arrogancia de la frase.   

Sucede que la palabra Jefe indica poder sobre otros, y todos entendemos que es la persona que ocupa una posición de autoridad en la cima de una jerarquía.   

No siempre, quien ocupa ese cargo en cualquier nivel, por relevante que sea, incluso a nivel mundial, goza de estima y admiración. 

Si le preguntáramos a un trabajador cualquiera, qué opina de su Jefe, es posible obtener respuestas como las siguientes: una gran persona, un perfecto estúpido, o bien, ni fu ni fa.  Siempre habrá alguien que tiene  motivos para no  soportarlo. 

Me parece que así se explica el éxito de la película “Quiero matar a mi jefe”, cuyos productores se entusiasmaron con una segunda versión, aunque menos exitosa.  Se trata de una ficción, de una comedia cuyo argumento consiste en que tres trabajadores, con la ayuda de un criminal, urden un plan para matar a sus insoportables jefes.  Sin embargo, a lo largo de la historia esto ha ocurrido y han asesinado hasta Jefes de Estado.  

Ocupar una jefatura al interior de una organización, cualquiera sea ésta, además de la responsabilidad del cargo, otorga mayor estatus y mejor retribución monetaria.  Numerosos trabajadores abrigan en su fuero interno y como un anhelo legítimo, llegar a ser el Jefe del lugar donde trabajan.  

Para ocupar una jefatura en empresas del sector privado, que no tiene otro propósito que alcanzar las metas del plan de acción, se requiere de ciertas aptitudes y conocimientos en el campo  económico en que la empresa está inserta.  Muchos empleados que se han iniciado en cargos bajos de la pirámide organizacional, han llegado a la cúspide con trabajo bien hecho y responsabilidad.  Como decimos vulgarmente: “con la camiseta puesta”.  Pero si en este sector, el Jefe se desvía de sus funciones o no cumple las expectativas, pronto será despedido.

En el sector público es diferente ya que influyen además, factores políticos para asignar jefaturas.  Todos sabemos que en cada cambio de gobierno se renuevan alrededor de 800 jefaturas en la administración del Estado, que son los llamados cargos de confianza.  Pero también se pueden reemplazar otras.  Para que aquello no ocurriera, se creó el Sistema de Alta Dirección Pública (ADP) para seleccionar a los directivos de primer y segundo nivel jerárquico; así se garantizaría que los cargos sean asignados por mérito y no por cuoteo político.  No obstante, con intención o sin ella, la puerta quedó abierta, y aduciendo la pérdida de la legítima confianza, se puede pedir a un jefe seleccionado por ADP, la renuncia voluntaria, que nada tiene de aquello.

Es evidente que cada vez, y con mayor frecuencia, el mérito personal, como conocimiento y experiencia, está siendo menos importante que la confianza política en las tareas del aparato estatal.  Tanto es así, que últimamente han llegado a ocupar relevantes Jefaturas del Estado, jóvenes sin ninguna experiencia, y cuyo primer trabajo es la jefatura que la variable política les otorga.  

No todos los jefes son respetuosos y rectos.  Hay de todo.  Afortunadamente, la legislación se ha puesto a tono y para aquellos que fastidiaban a sus empleados fuera del horario de trabajo, con mensajes de whatsapp o llamadas telefónicas, se estableció el derecho a la desconexión digital.  Para los enamoradizos, que se creen Brad Pitt, y consideran que la jefatura también les concede poder de seducción, alargando las manos para tocar lo que no deben tocar, surgió la llamada ley Karin.  Como creemos que todos los males se solucionan con una ley,  se debería crear, para aplicar a los jefes, la ley anti-egos y anti-arrogancia, aunque sospecho que ningún legislador se aventuraría a redactarla, y usted entiende por qué.  Por más que se legisle para el correcto ejercicio del poder que implica el cargo de Jefe, siempre habrá algún desubicado, sinvergüenza u odioso, a quien no le falte pretexto para irritar a sus subordinados o tomar recursos que no le corresponden.  

Si se desempeña en el sector privado y siente que ya no soporta a su Jefe, no permita que se le crucen pensamientos de bandido -como en la película nombrada- para mandarlo a mejor vida.  Sea sensato, la cárcel es una horrible experiencia.  Tampoco  se le ocurra encomendarse a San José Obrero, el santo patrono de los trabajadores, para que interceda y  lo reemplacen, porque puede llegar otro peor.  Lo que se recomienda, si no tiene otra opción laboral inmediata, es aguantar, resistir, instruirse y aprender. 

Y si el Jefe a quien comienza a detestar hasta cuando lo mira, es del sector público, de los que llegan con un nuevo gobierno, tenga presente que serán sólo cuatro años, y practicar unos minutos de meditación es el mejor consejo para resistir sin caer en la desesperación.  

En ambos casos, tenga siempre presente una frase de W.Shakespeare: “Es más fácil obtener lo que desea con una sonrisa que con la punta de una espada”.  

En mi caso, con 40 años de trabajo docente en un mismo establecimiento del Estado, tuve siete jefes que se denominan Directores.  Todos, excepto dos, fueron grandes personas con vocación de servicio, que ejercieron un liderazgo que aportó al prestigio de la unidad educativa.  De ellos aprendí mucho, guardo buenos recuerdos, gratitud, y respeto.  

Las dos excepciones fueron cargos elegidos con preeminencia del factor político por sobre el mérito de la carrera docente.  Desafortunadamente, no estuvieron a la altura del cargo, y dejaron solo malos recuerdos.  Les contaré lo que ocurrió. 

El primero, fue el Director que ganó el concurso nacional en el gobierno de la Unidad Popular.  Hasta antes de su llegada, el establecimiento era dirigido de forma interina, por un respetado profesor.  El nuevo Director era joven, simpático, siempre risueño y oriundo de la capital.  Una vez que asumió el cargo, comenzó a incomodarle la presencia del profesor y ex Director.  Para advertirnos de los nuevos tiempos y en un golpe de autoridad, consiguió que la superioridad del servicio del nuevo gobierno, lo trasladara en comisión de servicio a la Dirección Provincial de Educación, sin función específica, sin oficina, ni escritorio, y siendo sus horas de clases asignadas a otros profesionales.  El nuevo Director se acercaba a los alumnos como uno de ellos, y su estilo “laissez-faire” revolucionó toda la dinámica establecida.  La puntualidad y la disciplina se deterioraron, y el desorden se instaló hasta que en una sala de clases del último nivel, un grupo de alumnos sacó a palos y a escupitajos a la profesora de inglés, por considerarla una “vieja momia”, gritándole variados insultos.  Los docentes reaccionaron unidos y exigieron  aplicar sanciones drásticas.  Aquello no se alcanzó a concretar, porque a la semana siguiente se produjo el golpe de Estado.  El nuevo Director dejó el cargo sin despedirse, y volvió a ocuparlo quien estaba en comisión de servicios.  Se restauró la disciplina  que es esencial para un aprendizaje efectivo.

Muchos años más tarde, cuando la educación estaba municipalizada, se llamó a concurso público para el cargo de Director, debido al fallecimiento repentino de quien dirigió el establecimiento por más de diecisiete  años.  Corrieron rumores que quien fue seleccionado, un profesor de mediocre desempeño en otro establecimiento, habría ganado el concurso por su amistad política con el Alcalde de turno, dejando fuera a mejores postulantes.  Sin embargo, la unidad educativa lo recibió complacida que fuese coterráneo, ya que todos los jefes anteriores habían sido oriundos de otras regiones.  Al poco tiempo de asumir, el nuevo Director comenzó a tener públicas discrepancias con el  Inspector General; quitó al profesor de la asignatura la llave de la sala de computación,  de modo que tenía que pedírsela  cada vez que le correspondía usarla, con la molestia y pérdida de tiempo que aquello significaba; y realizó  inesperadas solicitudes a los docentes, entre otras medidas.  

El Inspector General tenía un carácter fuerte, trabajaba veinte años en la unidad educativa, y era valorado por mantener la disciplina de más de 1.500 alumnos.  Si el Inspector aplicaba a un estudiante una sanción contemplada en el  reglamento interno, el Director, ejerciendo su autoridad, la anulaba.  Si a fin de año, un alumno corría el riesgo de repetir el curso, llamaba a su oficina al profesor para que diera al estudiante otra oportunidad, o derechamente para subirle la nota.  Según su criterio, a una nota 3,5 sólo le faltaban décimas para la nota 4,0 de aprobación y  aquello era un gesto de toda lógica.  Lo que en verdad quería, era mejorar  los indicadores que empezaban a cobrar importancia en el sistema educativo con premios de gestión.  Sin embargo, el espíritu de mejorar la gestión era incentivar la obtención de mejores aprendizajes, y no inflar las calificaciones.  Los docentes llamados para esa jugada poco ética, preocupados de perder horario o su trabajo, le colaboraron.  Las calificaciones  mejoraron, no así el conocimiento de los estudiantes.  

Así, el clima organizacional comenzó a deteriorarse.  El Inspector General era desautorizado frente a los alumnos y ambos, ya no se respetaban.  El establecimiento funcionaba a dos bandos.  Un grupo mayoritario apoyaba al Inspector General, porque les daba garantías de mantener la disciplina para un buen desarrollo de sus clases, y el otro, un grupo pequeño que apoyaba al Director, se aprovechaban  del caos atrasándose en atender los cursos, saliendo del establecimiento en horario laboral para trámites personales, etc., etc.  

Tan lejos llegó el desencuentro entre Inspector y Director, que este último no encontró mejor solución que intentar deshacerse del Inspector.  Se sentía seguro frente a sus superiores, pero sabía que no contaba con el apoyo mayoritario de los docentes y tampoco tenía atribuciones para despedirlo.  Comenzó a invitar a su oficina a los dirigentes del Centro de Alumnos y veladamente sugirió acciones de revuelta contra el Inspector que, por ser riguroso y estricto, sabía que no gozaba de la simpatía estudiantil.  También le pidió ayuda a su amigo presidente del Centro de Padres, y funcionario municipal, quien prestó su camioneta (se rumoreó que tenía el logo del municipio) para que una noche, junto a un grupo de alumnos, salieran a colocar candados a los portones de ingreso y carteles ofensivos contra el Inspector.  A la mañana siguiente, estaba todo el plantel en la calle, esperando descerrajar los candados y quitar los lienzos.  Los profesores, solicitaron a las autoridades de la educación municipal su intervención, denunciando las irregularidades, pero nunca se hizo una investigación, ni sumario administrativo.  Tampoco nadie se contactó con los docentes firmantes de la solicitud.  Pasaron los días y meses sin respuesta ni solución.  La insensatez se instalaba como norma, hasta que llegó el día en que los docentes decidieron iniciar un paro de brazos caídos para ser escuchados, y no esperar hasta que caducara el periodo de gestión directiva, porque temían pudiese ser re-electo.

Entonces, la radio BioBio emitió despachos directos desde la unidad educativa en paro, y el Diario Austral titulaba al día siguiente: “algo huele mal en el establecimiento”.  Lamentablemente, fueron los medios de comunicación quienes lograron que las autoridades tomaran decisiones.  El Director fue cesado en sus funciones, aunque faltaban sólo meses para que caducara el periodo asignado para el cargo.

Los problemas internos que debieron haber sido solucionados a tiempo, con las herramientas de la administración, tuvieron que ser ventilados por los medios de comunicación para que se encontrara una solución.  Los comentarios de pasillo señalaban que el origen de este embrollo, entre los dos directivos, eran desencuentros políticos por rencillas anteriores, aún cuando ambos militaban en partidos distintos, pero de la misma coalición de gobierno.  Otros sostenían que simplemente era un pillo a quien se le habían subido los humos a la cabeza.  Lo cierto es que la imagen del Director quedó dañada.  También quedó deteriorado el nombre del establecimiento, y costó tiempo y esfuerzo reparar la convivencia entre los profesores.  

Lo que sucedió no fue grato para nadie.  Y si me preguntan el por qué ocurrió, diría que el factor político no fue el gravitante del conflicto, pero quizás sí, de la elección del postulante para el cargo.  Por sus rasgos de personalidad, me inclino a creer que el Director cayó preso de los celos profesionales frente al Inspector y de un ego muy grande que no supo controlar.  De otro modo me cuesta entender lo que ocurrió. 


 


sábado, 6 de junio de 2026

Juventud divino tesoro

Mucho se ha escrito sobre la  etapa de la vida llamada juventud, especialmente desde el campo de la psicología, la literatura y también desde la poesía.

Varios poetas le han dedicado versos memorables a este grupo etario: Mario Benedetti, Gonzalo Rojas, Pablo Neruda, entre otros.  Sin embargo, ninguno tan notable como el poeta y escritor nicaragüense Rubén Darío en su poema “Canción de otoño en primavera”, en cuyo verso inicial señala: “juventud divino tesoro, ¡ya te vas para no volver…”   

Es un bello poema que expresa la fugacidad de la vida y la intensidad de los sentimientos juveniles.   

La juventud es una etapa de la vida llena de oportunidades y cambios, en el que se despliegan las capacidades y talentos personales.  Una etapa de gran vitalidad, también de osadía e insensatez, de rebeldía, emocionalmente confusa, con  preguntas aún sin respuesta, y en la que cada uno comienza a delinear su proyecto de vida.  Decidir en qué área del conocimiento querrá especializarse, o si deberá entrar directamente al mundo laboral, para conseguir el sustento material y económico que la vida requerirá.  

En ese periodo, las amistades son fundamentales para la construcción de la identidad y el desarrollo emocional y social de los jóvenes.  Similar importancia tienen los grupos a los que pertenecen, que se forman ya sea por afinidades musicales, deportivas, hobbies, modos de vestir o tipos de opinión.  Los grupos  desempeñan un rol de apoyo y pertenencia.  

Cuando el grupo es negativo, por ir en contra de las normas que la sociedad se ha dado para un buen vivir, genera un genuino temor de los padres para con sus hijos, para que estos no sean sus rehenes. 

Ocurre actualmente con los grupos de delincuencia juvenil, que el país esta presenciando con gran preocupación.  Son jóvenes que se organizan para obtener dinero fácil, robando, asaltando vehículos o propiedad privada.  Desafían el peligro y la autoridad arriesgando sus vidas y cómo si fuera un deporte, publican lo realizado en las redes sociales.  Los hemos visto portando armas a muy corta edad, envalentonados por el consumo de drogas, y muriendo en la vía pública por accidentes en los mismos vehículos robados.  

También están los grupos anti-sistema.  Esos jóvenes que se caracterizan por estar enojados con el sistema político-económico.  Son jóvenes que no toleran la autoridad ni las jerarquías, detestan al Estado y rechazan el capitalismo.  Bajo la excusa de cambiar el sistema, cometen fechorías  validando cualquier  método, incluida la violencia.  Son los que destrozan estatuas y mobiliario público, o rayan muros y propiedad privada.  En Octubre de 2019 tuvieron una histórica y masiva presentación en sociedad.  Muy bien  organizados, quemaron  veinticinco estaciones del Metro de Santiago, decenas de iglesias patrimoniales y muchos locales comerciales, dejando una huella de guerra en la capital y otras ciudades de nuestro país.  

Quienes hemos trabajado con jóvenes sabemos cuán peligroso es, que estos grupos manipulen los nobles ideales juveniles y que, enarbolando la bandera de la justicia social, los capturen para alterar o destruir el orden establecido. 

Contaré una historia que ocurrió a fines de los años 80 -cuando trabajaba en un establecimiento educacional- que me afectó emocionalmente.  En el penúltimo curso de enseñanza media, un alumno de iniciales H.P., destacaba en el grupo curso.  Era un joven agraciado, de sonrisa fácil, bien parecido y de luminosos ojos negros, muy activo en clases, y siempre participativo.  Todos los profesores y compañeros lo respetaban.  Era el alumno preferido de la profesora de Castellano, y se había ganado ese lugar de preferencia  porque en sus cortos diecisiete años había leído casi tanta literatura como la que ella debió estudiar en su preparación pedagógica.

Se distinguía de sus compañeros de curso por su amplio vocabulario y sus ingeniosas preguntas.  Conservo en mi memoria una conversación con él,  en una sala del  segundo piso, que tengo presente como si hubiese ocurrido ayer.  Sonó la campana y avisé al curso que debían entregar la prueba que había aplicado.  Una vez recogidas, comencé a ordenarlas para colocarlas en una carpeta y retirarme de la sala. En ese momento, H.P. se acercó al escritorio e intercambiamos palabras sobre  el contenido de la prueba y, no sé cómo, llegamos al siguiente diálogo.  Me preguntó si conocía a la periodista Isabel Allende.  Le respondí que la conocía sólo por la lectura de sus amenos artículos publicados en la revista Paula que se titulaban: “Civilice a su Troglodita”.  Se rió, también los había leído.  Pero me contó algo que entonces no sabía.  La periodista ya no vivía en Chile.  Después del golpe militar se había exiliado en Venezuela y en ese país había escrito su primera novela: “La casa de los espíritus”.  Fue la primera vez que supe de la existencia de aquella novela, que años más tarde leí con agrado.

En tiempos de recreo, H.P. buscaba a la profesora de Castellano, que también era su profesora jefe, para conversar de literatura.   Cuando egresó de la enseñanza media, rindió la Prueba de Aptitud Académica, y como era predecible, logró el puntaje requerido para continuar estudios superiores fuera de la Región, aunque desconozco la carrera y la universidad escogida. 

Pasaron algunos años y una tarde una noticia estremeció a todos quienes fuimos sus profesores.  Detuvieron a los autores del crimen de tres policías que custodiaban la casa del intendente Luis Pareto, en la Región Metropolitana.  Todos los detenidos pertenecían al grupo subversivo llamado “Movimiento Juvenil Lautaro”, una organización político-militar de izquierda, de ideología marxista-leninista, y uno de los detenidos era H.P., nuestro recordado alumno. 

Fue un golpe doloroso para quienes lo conocimos.  Ninguno de nosotros podía creer que H.P. hubiese sido capaz de disparar un arma y menos de matar a alguien.  En los recreos, mientras compartíamos un café en la sala de profesores, la conversación giró por largo tiempo en torno a cómo pudo ocurrir aquello, qué lo motivó a ingresar a ese grupo, quiénes le lavaron el cerebro, qué sentencia le aplicarían…  Un joven tan talentoso, debiendo enfrentar la justicia por un crimen...

La justicia se pronunció: presidio perpetuo.  El hecho fue calificado por la autoridad como un atentado terrorista. 

Años más tarde, leí que estuvo en huelga de hambre para obtener beneficios de salida, pero desconozco si le fueron concedidos o si los tiene en la actualidad. 

¿Cómo se hace entender a los jóvenes, que están viviendo la mejor época de sus vidas?  Este es un periodo, generalmente sin mayores preocupaciones que las de recrearse sanamente, compartir con los amigos, tal vez enamorarse pero, principalmente, para estudiar y prepararse para las etapas venideras de la existencia.  Elegir un camino equivocado tiene graves consecuencias.  Ese segundo de adrenalina burlando la ley, se convertirá siempre en un eterno calvario.  Todos los delitos, más temprano que tarde, serán alcanzados por el brazo de la justicia. 

Para quienes conocimos a H.P, ese joven inocente, lleno de ilusiones, ávido de conocimiento, y a quien recuerdo sentado en su pupitre -en la sala del segundo piso-, siguiendo atentamente la lección con sus hermosos ojos negros, es muy difícil aceptar lo que ocurrió. 

Si quienes fuimos sus profesores y compartimos con él sólo algunas horas del día, nos sentimos conmovidos, no quiero imaginar el sufrimiento de su madre, padre  y toda su familia.

La cárcel es el lugar dónde nunca nadie quisiera llegar, menos con una condena de por vida.  Conociendo la capacidad intelectual de H.P., estoy segura que en todos estos años, ha reflexionado profundamente el daño generado y  espero esté íntimamente arrepentido.  Confío también, que ha desarrollado una fortaleza psicológica para resistir tan larga condena.  Ojalá que, pasados tantos años de encarcelamiento, el sistema carcelario le haya otorgado algún beneficio, aunque sea la salida dominical, para caminar en libertad por un parque y respirar  naturaleza.  También espero que la vida le conceda la oportunidad de enmendar el rumbo y así reconciliarse con la vida, su familia y consigo mismo.   

El tiempo no se detiene para nadie. Los días avanzan.  Nunca retroceden.  Las hojas del calendario siguen cayendo y esa maravillosa etapa de su juventud, ese divino tesoro como lo llamó Rubén Darío, se fue para no volver.   







 

martes, 28 de abril de 2026

Los sobrinos del diablo

Sumergirse en el fascinante mundo de la lectura es como abrir una puerta a otros mundos y otras vivencias.  

Bien lo sabe Mariana, quien cada tarde dedica una hora para experimentar adentrándose a otros lugares y otros actores, a través de las líneas escritas en una novela.  Es una hora de intimidad, en que puede atravesar la cordillera y el mar, entrar a un bosque o a un castillo, y vivir historias apasionadas. 

En este afán, ha terminado de leer “Cartas del diablo a su sobrino”, una obra de sátira, que representa la vida humana con cierta ironía.  Fue escrita por C.S. Lewis, el mismo autor de “Las crónicas de Narnia”, la serie de novelas que ha fascinado a adolescentes y adultos, y que fue llevada con éxito también al cine.

Sin embargo, “Cartas del diablo a su sobrino” es difícil de leer.  Son cartas que Escrutopo, un diablo mayor con rango de secretario, le escribe a su inexperto sobrino llamado Orugario.  En 31 cartas, enseña a su sobrino las artimañas para corromper el alma humana.  Son lecciones para que las ponga en práctica con un joven inglés, residente en Londres, a quien llama “el paciente”.

Para comprender el tenor de las cartas, el lector debe ubicarse en el bando contrario al bien.  Es correspondencia de un demonio, cuyo único propósito es adueñarse del alma del paciente y arrebatársela a Dios, a quien Escrutopo considera “el enemigo”.  Todo es al revés.  Por consiguiente, no le aconseja promover virtudes, sino vicios, corrupción, mentiras, y todas las malas costumbres, actuando en el momento preciso.

En todas las cartas, el hilo conductor es la tentación.  Escrutopo anima a su sobrino a actuar frente a cada debilidad del paciente, porque entiende muy bien cuán influenciables son los humanos. 

Todas las cartas enviadas a Orugario, dejan una reflexión de nuestra conducta ética.  Es una mirada a nuestras incoherencias y de lo volubles que somos. 

De acuerdo a los tiempos actuales, de tanta violencia, corrupción y una moral desdibujada, pareciera que Escrutopo sigue teniendo muchos sobrinos, a quienes continúa dándoles sus perversos consejos.  Sólo que ya no lo hace a través de la correspondencia.  Ahora aconseja masivamente, y en cada continente simultáneamente.  Como es tan astuto, aprendió a utilizar internet y las redes sociales para conquistar a los humanos –sus sobrinos- a quienes mantiene con ansiedad, adicción, baja autoestima y cyber-bulling.  Un total deterioro de la salud mental.  También los engaña, con suplantación de identidad o entregándoles contenido inapropiado para pervertir su espíritu.

Cuándo la policía de nuestro país, intenta descubrir quién es el adulto que está detrás de las bombas molotov de los jóvenes con overoles blancos en el Instituto Nacional o del vandalismo juvenil en general, y las investigaciones fracasan, Mariana se pregunta: ¿Cómo no han pensado que Escrutopo es el culpable?  Deberían someterlo a juicio. 

Eso sí, con un tribunal que no acepte sobornos ni tráfico de influencias, porque Escrutopo, quien no tiene escrúpulos, reina desde hace mucho tiempo, también en tribunales.




viernes, 6 de febrero de 2026

Una historia y una boda

En aquel tiempo, la única carnicería del pequeño pueblo del sur del mundo se identificaba con un letrero bastante desteñido por las inclemencias del frío y la nieve, y con una banderita roja que se izaba cuando llegaba la carne. 

Su dueño y único dependiente se llamaba  Manuel.  Era un hombre de mediana estatura, de contextura robusta, que usaba una boina gaucha de color negro y suspensores para sujetar el pantalón.  Tenía mejillas rubicundas, bigote negro, grueso y frondoso, al estilo Stalin.  Pero no nos confundamos.  Manuel era un hombre de buenos sentimientos que se caracterizaba por su personalidad alegre y entusiasta, servicial con sus vecinos y de noble espíritu.

Manuel fue criado por su abuela materna desde el primer año de vida, y aunque ella no sabía leer ni escribir, lo formó en valores cristianos e inculcó una visión de la vida, entendida como un tránsito a la vida eterna, en que Dios pone a prueba el buen talante de cada uno de sus hijos para alcanzar la mejor versión de sí mismo.  Manuel creció escuchando sus consejos: hay que respetar a todos por igual, ser honrado, tener amor por el trabajo y alejarse de todos los vicios como la pereza, el alcohol y el cigarro.  Un hombre debe caminar erguido, con la conciencia limpia y la frente en alto.  Siempre limpio y bien peinado con gomina. 

Al interior del local, Manuel tenía un cartel con grandes letras que decía: “hoy no se fía, mañana sí”.  Sin embargo, si alguien estaba en apuros, porque el salario  no alcanzaba para el mes, igual podía llevarse un trozo de carne.  Tenía un sistema de crédito que consistía en anotar el monto en una libreta que el mismo cliente debía resguardar.  Curiosamente, nadie perdía la libreta y todos cumplían con el pago, porque en aquellos tiempos, la palabra de una persona era equivalente a su honor.  Una frase muy conocida y repetida era: el hombre vale lo que vale su palabra. 

Manuel atendía a sus clientes  siempre alegre.  Mayoritariamente eran mujeres a quienes saludaba con algún bonito piropo para sacarles una sonrisa.

-¿Cómo está señora Juanita, la más bonita del pueblo?.  ¿Qué va a cocinar hoy?

La señora Juanita se sonreía y se daba un tiempo para hablar de la vida, de las gracias y maldades de ambos  hijos varones, que coincidían en el mismo curso de la escuela, o de los últimos chismes del pueblo.

Manuel conocía la vida de casi todos los habitantes y tras ese mostrador, recibía más confesiones que el sacerdote en el confesionario de la iglesia. 

Con todas sus clientas se daba tiempo para compartir una breves palabras, que podían derivar en inesperados desahogos de ellas, revelando secretos de familia que Manuel sabía guardar bajo cien metros de tierra.

Manuel estaba casado con Elena, a quien conoció cuando eran niños.  Una década más tarde, se atravesó Cupido.  Lanzó la flecha con tal precisión en sus corazones, que provocó una repentina atracción apasionada que terminó en matrimonio.  Tenían cuatro hijos varones.  Cuando el último niño cumplió tres años, decidieron solicitar a la cigüeña una hija.  La solicitud era precisa, debía ser niña.  La cigüeña atendió la solicitud y llegó Eduviges.  El nombre lo eligió Manuel, en honor y recuerdo de su abuela.   

Eduviges nació en el hogar, con la ayuda de una partera, tal como nacieron todos sus hijos anteriores.  Sin embargo, éste no fue un parto fácil.  Su madre contaba que quiso nacer de pie pero que gracias a la pericia de la partera, logró que naciera como Dios manda, asomando primero su cabeza. 

Los ocho primeros años de Eduviges fueron complicados.  Pasaba enferma la mayor parte del tiempo.  Su madre aseguraba que aquella fragilidad de la niña, se debía a que habría nacido a los ocho meses y doce días.  Le habrían faltado dieciocho días para madurar y nacer fuerte como sus hermanos.  Afirmaba que tenía certeza de aquello y daba razones de señales físicas y del mundo onírico que le avisaban el momento de la concepción.  Así le había ocurrido anteriormente.

Entre atender a Eduviges, que requería de cuidados especiales, y a sus otros cuatro niños, Elena también cocinaba, limpiaba la casa, lavaba ropa y pañales en una artesa, remendaba la ropa que sus hijos rompían jugando, zurcía los calcetines, les servía la comida y etc., etc.  En el invierno, cuando la luz del día se escondía temprano sin que alcanzara a terminar las labores domésticas, encendía la lámpara Petromax, una maravilla que le entregaba buena luz, y que adquirieron para reemplazar las velas.  

Manuel se encargaba todos los días de sacar agua del pozo con un balde y dejar lleno un estanque para las tareas del hogar, dar de comer a las gallinas, picar leña, hacer astillas, y encender el fuego en la estufa y una salamandra.  También debía cuidar la huerta, y si nevaba por la noche, despejar la entrada de su negocio con una pala.  Así empezaba el día tras el mostrador esperando una buena venta.

Cuando Manuel se dio cuenta que Elena terminaba el día fatigada y que su único interés, llegada la noche, era dormir a pata suelta, sin que ninguna amorosa caricia la conmoviera, se puso en modo alerta.   

Decidió que debía cooperar más en las tareas del hogar y le propuso que él se haría cargo de la bebé.  

Aprendió a cambiar los pañales y a darle el biberón cuando a Elena se le acabó la leche.  Ella había amamantado a cada uno de sus hijos mayores por más de seis meses, pero con Eduviges sólo alcanzó para tres.

La carnicería funcionaba en una pieza de la casa que daba a la calle.  Una puerta de madera, ubicada tras el mostrador, comunicaba con el comedor del hogar.  Para que Elena se despreocupara de la niña, Manuel sacó el panel superior de la puerta, lo reemplazó por vidrio y así podía vigilar la cuna, mientras su mujer realizaba otras tareas. 

En la medida que Eduviges iba creciendo, se producía un constante aumento demográfico en el pueblo con nuevos planes de urbanización.  Se instalaron nuevos servicios públicos, y el tendido eléctrico y agua potable llegaron a su casa. 

Cuando Eduviges aún no cumplía los seis años de edad, se enfermó de gravedad.  El médico indicó un urgente traslado a Puerto Montt.  Fue clave la participación del párroco, de nombre Mansueto, quien logró contactarse con el conocido piloto de la zona Ernesto Hein, quien la trasladó en su aeronave.  Manuel permaneció a su lado toda la semana de hospitalización y el vínculo de ambos, que ya era de amor incondicional, se fortaleció como una conexión emocional de seguridad y confianza de parte de Eduviges.

Los cumpleaños de Eduviges se celebraban con más pompa que la de sus otros hijos.  A Manuel le gustaba participar y se preparaba con los trucos de magia -que había aprendido para entretener a sus hijos- para sorprender a las invitadas.  Hacía desaparecer monedas, sacaba un pañuelo del bolsillo que se transformaba en flor, y adivinaba las cartas que las niñas sacaban del mazo de naipes.  Las invitadas se sorprendían y entretenían.  Pero cuando a Manuel se le ocurrió aparecer en la celebración del décimo cumpleaños de Eduviges, con un cuchillo retráctil, amenazando matar a uno de sus hijos quien gritó de dolor después del cuchillazo y cayó muerto al suelo derramando la tinta roja que llevaba escondida en una mano, las invitadas se asustaron gritando horrorizadas sin saber qué hacer.  Esa fue la última  intervención de magia de Manuel, porque Eduviges lo enfrentó enojada por el susto que todos pasaron.

El enojo duró poco.  Sin embargo, esa escena, tergiversada y con más condimento, la supo casi todo el pueblo y quedó grabada en la memoria y el recuerdo de Eduviges y seguramente, también en la de sus amigas.

Para Eduviges no había otro héroe a quien admirar, que su papá.  Y en su padre se notaba la preferencia para con ella, respecto de sus hijos varones.  Cuando Eduviges cumplió diecinueve años, Manuel empezó a pensar, que al igual que sus hijos, algún día ella también dejaría el hogar.  Por eso, cuando la encontró conversando animadamente en un rincón del patio  con Anselmo, el hijo mayor de la señora Juanita, la sospecha de que había algo más, se le metió en la cabeza.  

Esa noche, le preguntó a Elena qué estaba pasando con Eduviges y Anselmo que se juntaban tan seguido.  Ella le respondió: creo que habrá matrimonio, es evidente que se gustan y tienen una conexión especial.

Manuel le volvió a preguntar qué más sabía.  Qué le había contado Eduviges.   

Ella contestó: me ha dicho que se juntan solos desde hace algún tiempo, que se llevan muy bien, que le gusta ese joven, pero que no ha pasado nada más que tomarse de la mano y unos besos furtivos.

A Manuel lo invadió una tristeza profunda.  Era el último en enterarse.  Eduviges pasaba el día con él en el negocio.  Ella era la encargada de la parte administrativa y laboral del empleado que tenían, y realizaba la función de cajera.  La señora Juanita, a quien consideraba su amiga, por los años como clienta y por la confianza de tantas conversaciones, también se lo había ocultado.  Se sintió ignorado y desplazado.

En un comienzo evitó hablar con Eduviges, pero pensándolo mejor, decidió preguntarle a ella misma cuáles eran sus sentimientos para con Anselmo.  Era verdad.  Estaba felizmente enamorada y tenían planes de casamiento para cuando llegara el verano.  Anselmo estaba esperando la ocasión para solicitarla en matrimonio, y sería muy pronto.

Después de aquella confesión, Manuel guardó absoluto silencio y bajó la vista.  Entonces Eduviges se acercó, lo abrazó con cariño y le declaró su amor como el mejor padre del mundo, asegurando que él estaría siempre en un lugar privilegiado de su corazón.   

A Manuel se le pasó la tristeza.  Él se involucraría en los preparativos de la boda.  Le prometió que tendría una boda excepcional e inolvidable.  Habría buena comida, con la mejor carne, buen vino, con la orquesta de don Pablo -con cantante incluido-, y una buena pista de baile para diversión de los invitados. 

La ceremonia religiosa fue emotiva.  Los casó el padre Mansueto, quien años antes, ayudó a salvar la vida de la novia.  Eduviges le dirigió sinceras palabras de agradecimiento.  Manuel entregó a su hija con sentimientos encontrados de pena y orgullo.

Terminada la ceremonia, se dirigieron todos al local de la celebración.  Después de la comida,  que fue excelente y abundante, los novios inauguraron los bailes, con el típico vals nupcial.  Siguieron bailando los padres de los novios y los invitados.  

Todo era alegría.  Habían pasado varias horas, cuando la orquesta comenzó a tocar el tango La Cumparsita.  Manuel que era un buen bailarín, sacó a bailar a Juanita, quienes ya se habían convertido en consuegros.  Los dos bailaban muy bien.  Juanita, con un vestido negro ajustado que le llegaba debajo de las rodillas, con una abertura en el lado derecho que le facilitaba el movimiento, y tacones negros de gamuza, se lucía en la pista junto a Manuel con pasos elegantes de bailarines profesionales.  Eran los únicos en la pista y todos admiraban  el derroche de talento, como si hubiesen bailado toda una vida. 

El cantante, al estilo Gardel, entonaba la estrofa: ”si supieras que aún dentro de mi alma, conservo aquel cariño que tuve para ti…“, cuando el marido de Juanita se acerco a ellos haciendo pasos erráticos al ritmo de la orquesta.  Era un hombre alto y fornido, llevaba la corbata suelta y la camisa a medio abotonar.  Manuel pensó que buscaba seguir bailando con Juanita, e hizo un ademán al ritmo del tango, para entregársela.  Craso error.  Un puñetazo le llegó al rostro y Manuel se desestabilizó.  Si Juanita no lo afirma hubiese caído al suelo.    

Se armó un gran alboroto.  Todos rodeando la pareja y sujetando al agresor que daba manotazos a diestra y siniestra queriendo seguir golpeando a Manuel.  Juanita le rogaba a su marido que se calmara y explicaba a quien la quería escuchar, entre el bullicio de los improperios de su marido para con Manuel, que todo se debía a  los celos enfermizos que tenía con él.  

Avergonzada por el espectáculo de su marido, contó que siempre estuvo celoso con él y relató bochornosos espionajes que hacía cuando ella iba a la carnicería.  Los asistentes se divirtieron con las anécdotas y no lo podían creer.  Un absurdo total.   

Anselmo, el novio, llevó a su padre a la cocina y Elena le sirvió una taza de  consomé caliente.  Lo sentaron en un sillón dónde pronto se quedó dormido. 

Eduviges llevó a su padre al baño, y le puso compresas de agua fría. 

Los novios pidieron disculpas, solicitaron que nadie se retire y que siga la fiesta.  Después de partir la torta y servir el café, los novios se retiraron a dormir en casa de unos amigos.   

Al día siguiente, viajarían en el camión de Anselmo, a Comodoro Rivadavia.  Él trabajaba cruzando la frontera, trasladando mercaderías entre ambas ciudades:  Coyhaique - Comodoro Rivadavia, y viceversa.  Pero ésta vez, se quedarían una semana en la ciudad transandina para disfrutar su luna de miel. 

La promesa de Manuel se cumplió a cabalidad.  Fue una boda excepcional e inolvidable.  Al menos, para quienes participaron en ella.

Tres días después, llegaron Juanita y su marido a casa de Manuel, quien aceptó las disculpas del marido.  Todavía tenía el ojo negro, pero ya no había rencor.  Con el tiempo, se convirtieron en buenos consuegros y en cariñosos abuelos.  Pasaron juntos muchas celebraciones familiares, siempre con la advertencia jocosa de Manuel: hay que beber alcohol con moderación.