Mucho se ha escrito sobre la etapa de la vida llamada juventud, especialmente desde el campo de la psicología, la literatura y también desde la poesía.
Varios poetas le han dedicado versos memorables a este grupo etario: Mario Benedetti, Gonzalo Rojas, Pablo Neruda, entre otros. Sin embargo, ninguno tan notable como el poeta y escritor nicaragüense Rubén Darío en su poema “Canción de otoño en primavera”, en cuyo verso inicial señala: “juventud divino tesoro, ¡ya te vas para no volver…”
Es un bello poema que expresa la fugacidad de la vida y la intensidad de los sentimientos juveniles.
La juventud es una etapa de la vida llena de oportunidades y cambios, en el que se despliegan las capacidades y talentos personales. Una etapa de gran vitalidad, también de osadía e insensatez, de rebeldía, emocionalmente confusa, con preguntas aún sin respuesta, y en la que cada uno comienza a delinear su proyecto de vida. Decidir en qué área del conocimiento querrá especializarse, o si deberá entrar directamente al mundo laboral, para conseguir el sustento material y económico que la vida requerirá.
En ese periodo, las amistades son fundamentales para la construcción de la identidad y el desarrollo emocional y social de los jóvenes. Similar importancia tienen los grupos a los que pertenecen, que se forman ya sea por afinidades musicales, deportivas, hobbies, modos de vestir o tipos de opinión. Los grupos desempeñan un rol de apoyo y pertenencia.
Cuando el grupo es negativo, por ir en contra de las normas que la sociedad se ha dado para un buen vivir, genera un genuino temor de los padres para con sus hijos, para que estos no sean sus reenes.
Ocurre actualmente con los grupos de delincuencia juvenil, que el país esta presenciando con gran preocupación. Son jóvenes que se organizan para obtener dinero fácil, robando, asaltando vehículos o propiedad privada. Desafían el peligro y la autoridad arriesgando sus vidas y cómo si fuera un deporte, publican lo realizado en las redes sociales. Los hemos visto portando armas a muy corta edad, envalentonados por el consumo de drogas, y muriendo en la vía pública por accidentes en los mismos vehículos robados.
También están los grupos anti-sistema. Esos jóvenes que se caracterizan por estar enojados con el sistema político-económico. Son jóvenes que no toleran la autoridad ni las jerarquías, detestan al Estado y rechazan el capitalismo. Bajo la excusa de cambiar el sistema, cometen fechorías validando cualquier método, incluida la violencia. Son los que destrozan estatuas y mobiliario público, o rayan muros y propiedad privada. En Octubre de 2019 tuvieron una histórica y masiva presentación en sociedad. Muy bien organizados, quemaron veinticinco estaciones del Metro de Santiago, decenas de iglesias patrimoniales y muchos locales comerciales, dejando una huella de guerra en la capital y otras ciudades de nuestro país.
Quienes hemos trabajado con jóvenes sabemos cuán peligroso es, que estos grupos manipulen los nobles ideales juveniles y que, enarbolando la bandera de la justicia social, los capturen para alterar o destruir el orden establecido.
Contaré una historia que ocurrió a fines de los años 80 -cuando trabajaba en un establecimiento educacional- que me afectó emocionalmente. En el penúltimo curso de enseñanza media, un alumno de iniciales H.P., destacaba en el grupo curso. Era un joven agraciado, de sonrisa fácil, bien parecido y de luminosos ojos negros, muy activo en clases, y siempre participativo. Todos los profesores y compañeros lo respetaban. Era el alumno preferido de la profesora de Castellano, y se había ganado ese lugar de preferencia porque en sus cortos diecisiete años había leído casi tanta literatura como la que ella debió estudiar en su preparación pedagógica.
Se distinguía de sus compañeros de curso por su amplio vocabulario y sus ingeniosas preguntas. Conservo en mi memoria una conversación con él, en una sala del segundo piso, que tengo presente como si hubiese ocurrido ayer. Sonó la campana y avisé al curso que debían entregar la prueba que había aplicado. Una vez recogidas, comencé a ordenarlas para colocarlas en una carpeta y retirarme de la sala. En ese momento, H.P. se acercó al escritorio e intercambiamos palabras sobre el contenido de la prueba y, no sé cómo, llegamos al siguiente diálogo. Me preguntó si conocía a la periodista Isabel Allende. Le respondí que la conocía sólo por la lectura de sus amenos artículos publicados en la revista Paula que se titulaban: “Civilice a su Troglodita”. Se rió, también los había leído. Pero me contó algo que entonces no sabía. La periodista ya no vivía en Chile. Después del golpe militar se había exiliado en Venezuela y en ese país había escrito su primera novela: “La casa de los espíritus”. Fue la primera vez que supe de la existencia de aquella novela, que años más tarde leí con agrado.
En tiempos de recreo, H.P. buscaba a la profesora de Castellano, que también era su profesora jefe, para conversar de literatura. Cuando egresó de la enseñanza media, rindió la Prueba de Aptitud Académica, y como era predecible, logró el puntaje requerido para continuar estudios superiores fuera de la Región, aunque desconozco la carrera y la universidad escogida.
Pasaron algunos años y una tarde una noticia estremeció a todos quienes fuimos sus profesores. Detuvieron a los autores del crimen de tres policías que custodiaban la casa del intendente Luis Pareto, en la Región Metropolitana. Todos los detenidos pertenecían al grupo subversivo llamado “Movimiento Juvenil Lautaro”, una organización político-militar de izquierda, de ideología marxista-leninista, y uno de los detenidos era H.P., nuestro recordado alumno.
Fue un golpe doloroso para quienes lo conocimos. Ninguno de nosotros podía creer que H.P. hubiese sido capaz de disparar un arma y menos de matar a alguien. En los recreos, mientras compartíamos un café en la sala de profesores, la conversación giró por largo tiempo en torno a cómo pudo ocurrir aquello, qué lo motivó a ingresar a ese grupo, quiénes le lavaron el cerebro, qué sentencia le aplicarían… Un joven tan talentoso, debiendo enfrentar la justicia por un crimen...
La justicia se pronunció: presidio perpetuo. El hecho fue calificado por la autoridad como un atentado terrorista.
Años más tarde, leí que estuvo en huelga de hambre para obtener beneficios de salida, pero desconozco si le fueron concedidos o si los tiene en la actualidad.
¿Cómo se hace entender a los jóvenes, que están viviendo la mejor época de sus vidas? Este es un periodo, generalmente sin mayores preocupaciones que las de recrearse sanamente, compartir con los amigos, tal vez enamorarse pero, principalmente, para estudiar y prepararse para las etapas venideras de la existencia. Elegir un camino equivocado tiene graves consecuencias. Ese segundo de adrenalina burlando la ley, se convertirá siempre en un eterno calvario. Todos los delitos, más temprano que tarde, serán alcanzados por el brazo de la justicia.
Para quienes conocimos a H.P, ese joven inocente, lleno de ilusiones, ávido de conocimiento, y a quien recuerdo sentado en su pupitre -en la sala del segundo piso-, siguiendo atentamente la lección con sus hermosos ojos negros, es muy difícil aceptar lo que ocurrió.
Si quienes fuimos sus profesores y compartimos con él sólo algunas horas del día, nos sentimos conmovidos, no quiero imaginar el sufrimiento de su madre, padre y toda su familia.
La cárcel es el lugar dónde nunca nadie quisiera llegar, menos con una condena de por vida. Conociendo la capacidad intelectual de H.P., estoy segura que en todos estos años, ha reflexionado profundamente el daño generado y espero esté íntimamente arrepentido. Confío también, que ha desarrollado una fortaleza psicológica para resistir tan larga condena. Ojalá que, pasados tantos años de encarcelamiento, el sistema carcelario le haya otorgado algún beneficio, aunque sea la salida dominical, para caminar en libertad por un parque y respirar naturaleza. También espero que la vida le conceda la oportunidad de enmendar el rumbo y así reconciliarse con la vida, su familia y consigo mismo.
El tiempo no se detiene para nadie. Los días avanzan. Nunca retroceden. Las hojas del calendario siguen cayendo y esa maravillosa etapa de su juventud, ese divino tesoro como lo llamó Rubén Darío, se fue para no volver.