viernes, 24 de julio de 2026

El Jefe

En la última cumbre del G7, realizada en Francia, el presidente Trump fue el último en llegar a la reunión de trabajo –con casi una hora de atraso- y al ingresar dijo a los asistentes, en tono jocoso: “yo soy el Jefe”.  La prensa lo informó al mundo.  Algunos medios señalaron que fue una broma justificando el atraso, y otros, subrayaron la arrogancia de la frase.   

Sucede que la palabra Jefe indica poder sobre otros, y todos entendemos que es la persona que ocupa una posición de autoridad en la cima de una jerarquía.   

No siempre, quien ocupa ese cargo en cualquier nivel, por relevante que sea, incluso a nivel mundial, goza de estima y admiración. 

Si le preguntáramos a un trabajador cualquiera, qué opina de su Jefe, es posible obtener respuestas como las siguientes: una gran persona, un perfecto estúpido, o bien, ni fu ni fa.  Siempre habrá alguien que tiene  motivos para no  soportarlo. 

Me parece que así se explica el éxito de la película “Quiero matar a mi jefe”, cuyos productores se entusiasmaron con una segunda versión, aunque menos exitosa.  Se trata de una ficción, de una comedia cuyo argumento consiste en que tres trabajadores, con la ayuda de un criminal, urden un plan para matar a sus insoportables jefes.  Sin embargo, a lo largo de la historia esto ha ocurrido y han asesinado hasta Jefes de Estado.  

Ocupar una jefatura al interior de una organización, cualquiera sea ésta, además de la responsabilidad del cargo, otorga mayor estatus y mejor retribución monetaria.  Numerosos trabajadores abrigan en su fuero interno y como un anhelo legítimo, llegar a ser el Jefe del lugar donde trabajan.  

Para ocupar una jefatura en empresas del sector privado, que no tiene otro propósito que alcanzar las metas del plan de acción, se requiere de ciertas aptitudes y conocimientos en el campo  económico en que la empresa está inserta.  Muchos empleados que se han iniciado en cargos bajos de la pirámide organizacional, han llegado a la cúspide con trabajo bien hecho y responsabilidad.  Como decimos vulgarmente: “con la camiseta puesta”.  Pero si en este sector, el Jefe se desvía de sus funciones o no cumple las expectativas, pronto será despedido.

En el sector público es diferente ya que influyen además, factores políticos para asignar jefaturas.  Todos sabemos que en cada cambio de gobierno se renuevan alrededor de 800 jefaturas en la administración del Estado, que son los llamados cargos de confianza.  Pero también se pueden reemplazar otras.  Para que aquello no ocurriera, se creó el Sistema de Alta Dirección Pública (ADP) para seleccionar a los directivos de primer y segundo nivel jerárquico; así se garantizaría que los cargos sean asignados por mérito y no por cuoteo político.  No obstante, con intención o sin ella, la puerta quedó abierta, y aduciendo la pérdida de la legítima confianza, se puede pedir a un jefe seleccionado por ADP, la renuncia voluntaria, que nada tiene de aquello.

Es evidente que cada vez, y con mayor frecuencia, el mérito personal, como conocimiento y experiencia, está siendo menos importante que la confianza política en las tareas del aparato estatal.  Tanto es así, que últimamente han llegado a ocupar relevantes Jefaturas del Estado, jóvenes sin ninguna experiencia, y cuyo primer trabajo es la jefatura que la variable política les otorga.  

No todos los jefes son respetuosos y rectos.  Hay de todo.  Afortunadamente, la legislación se ha puesto a tono y para aquellos que fastidiaban a sus empleados fuera del horario de trabajo, con mensajes de whatsapp o llamadas telefónicas, se estableció el derecho a la desconexión digital.  Para los enamoradizos, que se creen Brad Pitt, y consideran que la jefatura también les concede poder de seducción, alargando las manos para tocar lo que no deben tocar, surgió la llamada ley Karin.  Como creemos que todos los males se solucionan con una ley,  se debería crear, para aplicar a los jefes, la ley anti-egos y anti-arrogancia, aunque sospecho que ningún legislador se aventuraría a redactarla, y usted entiende por qué.  Por más que se legisle para el correcto ejercicio del poder que implica el cargo de Jefe, siempre habrá algún desubicado, sinvergüenza u odioso, a quien no le falte pretexto para irritar a sus subordinados o tomar recursos que no le corresponden.  

Si se desempeña en el sector privado y siente que ya no soporta a su Jefe, no permita que se le crucen pensamientos de bandido -como en la película nombrada- para mandarlo a mejor vida.  Sea sensato, la cárcel es una horrible experiencia.  Tampoco  se le ocurra encomendarse a San José Obrero, el santo patrono de los trabajadores, para que interceda y  lo reemplacen, porque puede llegar otro peor.  Lo que se recomienda, si no tiene otra opción laboral inmediata, es aguantar, resistir, instruirse y aprender. 

Y si el Jefe a quien comienza a detestar hasta cuando lo mira, es del sector público, de los que llegan con un nuevo gobierno, tenga presente que serán sólo cuatro años, y practicar unos minutos de meditación es el mejor consejo para resistir sin caer en la desesperación.  

En ambos casos, tenga siempre presente una frase de W.Shakespeare: “Es más fácil obtener lo que desea con una sonrisa que con la punta de una espada”.  

En mi caso, con 40 años de trabajo docente en un mismo establecimiento del Estado, tuve siete jefes que se denominan Directores.  Todos, excepto dos, fueron grandes personas con vocación de servicio, que ejercieron un liderazgo que aportó al prestigio de la unidad educativa.  De ellos aprendí mucho, guardo buenos recuerdos, gratitud, y respeto.  

Las dos excepciones fueron cargos elegidos con preeminencia del factor político por sobre el mérito de la carrera docente.  Desafortunadamente, no estuvieron a la altura del cargo, y dejaron solo malos recuerdos.  Les contaré lo que ocurrió. 

El primero, fue el Director que ganó el concurso nacional en el gobierno de la Unidad Popular.  Hasta antes de su llegada, el establecimiento era dirigido de forma interina, por un respetado profesor.  El nuevo Director era joven, simpático, siempre risueño y oriundo de la capital.  Una vez que asumió el cargo, comenzó a incomodarle la presencia del profesor y ex Director.  Para advertirnos de los nuevos tiempos y en un golpe de autoridad, consiguió que la superioridad del servicio del nuevo gobierno, lo trasladara en comisión de servicio a la Dirección Provincial de Educación, sin función específica, sin oficina, ni escritorio, y siendo sus horas de clases asignadas a otros profesionales.  El nuevo Director se acercaba a los alumnos como uno de ellos, y su estilo “laissez-faire” revolucionó toda la dinámica establecida.  La puntualidad y la disciplina se deterioraron, y el desorden se instaló hasta que en una sala de clases del último nivel, un grupo de alumnos sacó a palos y a escupitajos a la profesora de inglés, por considerarla una “vieja momia”, gritándole variados insultos.  Los docentes reaccionaron unidos y exigieron  aplicar sanciones drásticas.  Aquello no se alcanzó a concretar, porque a la semana siguiente se produjo el golpe de Estado.  El nuevo Director dejó el cargo sin despedirse, y volvió a ocuparlo quien estaba en comisión de servicios.  Se restauró la disciplina  que es esencial para un aprendizaje efectivo.

Muchos años más tarde, cuando la educación estaba municipalizada, se llamó a concurso público para el cargo de Director, debido al fallecimiento repentino de quien dirigió el establecimiento por más de diecisiete  años.  Corrieron rumores que quien fue seleccionado, un profesor de mediocre desempeño en otro establecimiento, habría ganado el concurso por su amistad política con el Alcalde de turno, dejando fuera a mejores postulantes.  Sin embargo, la unidad educativa lo recibió complacida que fuese coterráneo, ya que todos los jefes anteriores habían sido oriundos de otras regiones.  Al poco tiempo de asumir, el nuevo Director comenzó a tener públicas discrepancias con el  Inspector General; quitó al profesor de la asignatura la llave de la sala de computación,  de modo que tenía que pedírsela  cada vez que le correspondía usarla, con la molestia y pérdida de tiempo que aquello significaba; y realizó  inesperadas solicitudes a los docentes, entre otras medidas.  

El Inspector General tenía un carácter fuerte, trabajaba veinte años en la unidad educativa, y era valorado por mantener la disciplina de más de 1.500 alumnos.  Si el Inspector aplicaba a un estudiante una sanción contemplada en el  reglamento interno, el Director, ejerciendo su autoridad, la anulaba.  Si a fin de año, un alumno corría el riesgo de repetir el curso, llamaba a su oficina al profesor para que diera al estudiante otra oportunidad, o derechamente para subirle la nota.  Según su criterio, a una nota 3,5 sólo le faltaban décimas para la nota 4,0 de aprobación y  aquello era un gesto de toda lógica.  Lo que en verdad quería, era mejorar  los indicadores que empezaban a cobrar importancia en el sistema educativo con premios de gestión.  Sin embargo, el espíritu de mejorar la gestión era incentivar la obtención de mejores aprendizajes, y no inflar las calificaciones.  Los docentes llamados para esa jugada poco ética, preocupados de perder horario o su trabajo, le colaboraron.  Las calificaciones  mejoraron, no así el conocimiento de los estudiantes.  

Así, el clima organizacional comenzó a deteriorarse.  El Inspector General era desautorizado frente a los alumnos y ambos, ya no se respetaban.  El establecimiento funcionaba a dos bandos.  Un grupo mayoritario apoyaba al Inspector General, porque les daba garantías de mantener la disciplina para un buen desarrollo de sus clases, y el otro, un grupo pequeño que apoyaba al Director, se aprovechaban  del caos atrasándose en atender los cursos, saliendo del establecimiento en horario laboral para trámites personales, etc., etc.  

Tan lejos llegó el desencuentro entre Inspector y Director, que este último no encontró mejor solución que intentar deshacerse del Inspector.  Se sentía seguro frente a sus superiores, pero sabía que no contaba con el apoyo mayoritario de los docentes y tampoco tenía atribuciones para despedirlo.  Comenzó a invitar a su oficina a los dirigentes del Centro de Alumnos y veladamente sugirió acciones de revuelta contra el Inspector que, por ser riguroso y estricto, sabía que no gozaba de la simpatía estudiantil.  También le pidió ayuda a su amigo presidente del Centro de Padres, y funcionario municipal, quien prestó su camioneta (se rumoreó que tenía el logo del municipio) para que una noche, junto a un grupo de alumnos, salieran a colocar candados a los portones de ingreso y carteles ofensivos contra el Inspector.  A la mañana siguiente, estaba todo el plantel en la calle, esperando descerrajar los candados y quitar los lienzos.  Los profesores, solicitaron a las autoridades de la educación municipal su intervención, denunciando las irregularidades, pero nunca se hizo una investigación, ni sumario administrativo.  Tampoco nadie se contactó con los docentes firmantes de la solicitud.  Pasaron los días y meses sin respuesta ni solución.  La insensatez se instalaba como norma, hasta que llegó el día en que los docentes decidieron iniciar un paro de brazos caídos para ser escuchados, y no esperar hasta que caducara el periodo de gestión directiva, porque temían pudiese ser re-electo.

Entonces, la radio BioBio emitió despachos directos desde la unidad educativa en paro, y el Diario Austral titulaba al día siguiente: “algo huele mal en el establecimiento”.  Lamentablemente, fueron los medios de comunicación quienes lograron que las autoridades tomaran decisiones.  El Director fue cesado en sus funciones, aunque faltaban sólo meses para que caducara el periodo asignado para el cargo.

Los problemas internos que debieron haber sido solucionados a tiempo, con las herramientas de la administración, tuvieron que ser ventilados por los medios de comunicación para que se encontrara una solución.  Los comentarios de pasillo señalaban que el origen de este embrollo, entre los dos directivos, eran desencuentros políticos por rencillas anteriores, aún cuando ambos militaban en partidos distintos, pero de la misma coalición de gobierno.  Otros sostenían que simplemente era un pillo a quien se le habían subido los humos a la cabeza.  Lo cierto es que la imagen del Director quedó dañada.  También quedó deteriorado el nombre del establecimiento, y costó tiempo y esfuerzo reparar la convivencia entre los profesores.  

Lo que sucedió no fue grato para nadie.  Y si me preguntan el por qué ocurrió, diría que el factor político no fue el gravitante del conflicto, pero quizás sí, de la elección del postulante para el cargo.  Por sus rasgos de personalidad, me inclino a creer que el Director cayó preso de los celos profesionales frente al Inspector y de un ego muy grande que no supo controlar.  De otro modo me cuesta entender lo que ocurrió.