viernes, 3 de febrero de 2023

El espejo ovalado


Lorenzo abrió la “Peluquería Loren” -como todos los días- a las nueve de la mañana. El salón se ubicaba en el primer piso de su vivienda, por lo que antes de desayunar, bajaba a abrir las cortinas y dar vuelta el letrero que señalaba “abierto”. Ese día, apenas abrió, el joven Francisco -apodado el marciano- ya había llegado.

Empezaba a llover, por lo que entró rápidamente, saludó, se quitó la boina negra, soltó su pelo aún mojado y se sentó en el sillón frente al espejo.

Lorenzo comenzó a cortarle su abundante cabellera, recordando que la atención anterior había ocurrido un día antes del trágico fallecimiento de su amigo de infancia, y ya habían transcurrido casi cinco meses. 

Estaban hablando del funeral, cuando se abrió la puerta interior del salón y entró Valeria con un mate en una mano y un termo en la otra. 

Francisco la miró con curiosidad a través del espejo ovalado que tenía enfrente y la siguió con la mirada en todos sus movimientos. Ella dejó el mate sobre una pequeña mesa y cuando giró su cuerpo, sus miradas se cruzaron a través del espejo del salón. Se saludaron cordialmente sin retirar las miradas que se detuvieron allí, por una eternidad. Valeria se sonrojó como sintiéndose culpable de algo y Francisco sintió acelerar su corazón.

No supo que más pasó. Cuando Lorenzo le volvió a hablar, Valeria ya se había retirado.  

Valeria era la hija menor de Lorenzo y tenía diecisiete años recién cumplidos. Era una joven muy bonita, dulce, cariñosa, de suaves modales y hogareña. Era la única hija que aún vivía con sus padres. Su hermano y una hermana ya habían dejado el nido para formar sus propias familias lejos del pueblo, cosa que ella había prometido jamás hacer. Nunca los dejaré solos, le decía a sus padres. Cuando tenía trece años, avisó a todo su círculo familiar que quería ser monja, pero cuando supo que debía estudiar para aquello, en la ciudad capital, cambió de idea. Un día quería ser profesora, otro día enfermera, pero jamás contadora como su hermana mayor. Lo que más le gustaba y disfrutaba, era adueñarse de la cocina e inventar recetas de todo tipo, aunque se inclinaba más por la repostería, siendo las galletas con calafate, sus favoritas. Cuando tenía quince años, una gitana le predijo que se casaría con un hombre extranjero que conocería en un viaje. Lo tomó tan en serio que deliró como tres días preguntándose si sería tan guapo como el actor James Dean, a quien amaba locamente, o como Paul Newman. En su desvarío, declaraba que tendría que garantizarle vivir en el pueblo, cerca de sus padres, porque nunca se iría a vivir a otro país, tendría cuatro hijos, todos seguidos para que no ocurra lo que a ella, que llegó tan atrasada a la familia que creció como hija única. Eso sí, ella misma criaría a sus niños, no como su hermana que delegaba la crianza de los suyos, en una mujer extraña que lo hacía por dinero, sin ternura y poca paciencia. No le gustaba aquello. No era justo crecer así.

Francisco había llegado a Chile en 1939, con siete años de edad, junto a sus padres y dos hermanos. Llegaron como refugiados de la guerra civil española, y ese mismo año se asentaron en el pueblo. Ahora, bordeaba los veintisiete y se había convertido en un soltero muy codiciado, de buena figura con recia y viril voz.  En el juego del deporte de los chismes, se tejían historias de amores y desamores con él, como protagonista. Le atribuían romances con señoritas decentes, otras no tanto, y hasta con la monja superiora. Verdad o mentira, poco importaba, había que entretenerse en algo porque en el pueblo ocurrían pocas cosas interesantes.

Pero la única verdad -porque así lo contaría años después el mismo Francisco- es que aquel día salió confundido de la peluquería. Algo raro le había ocurrido en el cruce de miradas en el espejo. Se sintió cautivado de tal modo, que pensó era ella -y sólo ella- la mujer que había estado esperando. Un apacible regocijo lo invadió. Luego, vino un estallido de emociones e ideas que iban y venían a gran velocidad, junto al deseo de gritar a los cuatro vientos que Valeria había cautivado su corazón, con sólo una mirada. Cuando volvió a su casa, buscó a Romeo. Romeo era su gato regalón y fiel confidente. Conocia de todas sus andanzas. Jamás lo había traicionado, porque con una lata de sardinas compraba siempre su silencio. Le contó que había conocido a Valeria: una chica hermosa, trigueña, de rostro angelical pero con mirada embrujadora, con grandes atributos físicos, cuerpo de guitarra, divina, divina. Romeo, que ya conocía esa avalancha de caricias en el lomo, mientras hablaba y hablaba, sólo esperaba por las sardinas.

Un corte de pelo cambia la fisonomía de una persona, pero el cambio de Francisco fue total. Se levantaba con energías desconocidas; trabajaba hablando a si mismo; modificó el nombre  de la canción “La Malagueña” y cantaba a todo pulmón: “ que bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas… besar tus labios quisiera, Valeria salerosa ”. Cuando se dio cuenta que sólo él podría estar viviendo todas esas emociones, recurrió a su amigo de infancia. Lo visitó en el cementerio para pedirle ayuda del más allá.  Recordó -junto a la tumba- los tiempos en que se consideraban  invencibles, guitarreaban y cantaban la canción “El Aventurero”, que habían adoptado como  himno porque los identificaba: “yo soy el aventurero, el mundo me importa poco. Cuando una mujer me gusta, me gusta a pesar de todo. Me gustan las altas y las chaparritas… ” Y le contaba que nunca más la había vuelto a cantar, porque eso de que “el mundo me importa poco”, podría tener algo que ver con su accidente mortal. Rememoró también, las largas conversaciones, en que se auto-convencían que el amor a primera vista o el amor romántico, no existía. Sólo se trataba de la atracción bioquímica natural de todas las especies y además, pasajera. Cuando salían en plan de conquista y apostaban quién sería el elegido, tenían un lema: será pasajero y jamás nos enojaremos. Pero ahora -le decía- ocurre que tengo comprometido mi alma, mi corazón, mis pensamientos y todo mi ser. Creo estar verdaderamente enamorado. Necesito que por favor me ayudes a ser correspondido. Te prometo que si mi primer hijo es varón, llevará tu nombre. Será un homenaje a nuestra sincera amistad. Estoy seguro que nunca volveré a tener un amigo como tú. 

De la euforia de los primeros días, pasó a un estado de angustia. No sabía cómo debía abordar a Valeria. Nunca la había visto en la plaza donde se juntaban las jóvenes en el atardecer. Después de devanarse los sesos inventando escenarios -como hacer guardia afuera de su casa- decidió que si la quería como esposa, debía partir haciendo todo bien. Tenía que pedirle permiso a Lorenzo para cortejarla, lo que no era una tarea fácil. 

Lorenzo era un militar en retiro que había aprendido el oficio de peluquero en sus años de servicio. Cuando se jubiló, tenía claro que debía hacer algo más que arranarse en un sillón. Barajó la posibilidad de emprender varios negocios que entonces le ofrecieron, pero pensó que lo más apropiado, era hacer lo que sabía hacer. Además, tener un espacio propio en su misma casa donde pudiese escuchar los tangos de Gardel, la música que le gustaba sin contrariar a nadie, atender a sus amigos y vecinos, jugar unas partidas de cartas, escuchar por radio los partidos de fútbol, tener a la vista las Playboys que debía esconder  para no ser tratado de viejo pervertido, era la mejor idea para vivir los años que Dios le regalaría. Remodeló su casa, compró el mobiliario y los artículos necesarios, y se instaló. El nombre que eligió, nada tenía que ver con una abreviación del suyo, como algunos creyeron. La llamó “Loren” por el amor platónico y los sueños eróticos que de vez en cuando tenía con la actriz italiana Sofía Loren. Buscó la colección de fotos que de ella guardaba en un baúl -porque su esposa nunca las permitió en el dormitorio- y armó un collage que colgó en la peluquería, que resultó en todo un éxito porque no sólo él amaba así a Sofía. 

Francisco llegó a la peluquería calculando la hora de cierre con una plática aprendida en horas de insomnio. Lorenzo quedó desconcertado, creyó que era una broma y se puso a reír. Su hija era aún una nena y así se lo hizo saber severamente. La conversación se volvió áspera. Lorenzo le enrostró los chismes de sus amoríos y le pidió que jurara por la memoria de su amigo, que no tenía hijos. 

Pasaban las horas y Francisco no lograba la aprobación que esperaba. Argumentaba una y otra vez que era un hombre trabajador, sin vicios -ni cigarros ni alcohol-, que su única pero natural debilidad -como todo joven varón- era la atracción que sentía por las mujeres bonitas, pero que a todas respetaba y a ninguna forzaba hacer algo que no deseaba hacer. Le explicó reiteradamente que el sentimiento por Valeria jamás lo había experimentado, era un sentimiento nuevo, noble y bueno, y prometía respeto. Se hizo un largo silencio. Lorenzo recordó la conquista de su propia mujer, el enojo de sus suegros que tanto los hizo sufrir, y se rindió. Lo invitó a almorzar el domingo siguiente para que Valeria tomara la decisión. Tenía plena certeza de que Valeria sería indiferente, porque era una ingenua nena que aún vestía a sus muñecas, no le atraía salir a fiestas, menos pensar en esas cosas, y siempre había dicho que se casaría cuando fuera mayor de edad. Estaba seguro de eso. Además, pensó que era mejor tenerlo bajo control, a que se las rebusque para acosarla en otros lugares, porque conocía su fama de conquistador. 

La madre de Valeria dedicaba su tiempo libre a tejer para sus nietos, bordar ropa de cama y algunas costuras. Valeria la acompañaba y ayudaba. Estaban juntas bordando un mantel blanco de granité -cada una en un extremo- cuando su madre le comentó que Francisco estaba invitado a almorzar; que la invitación correspondía a las pretensiones de conocerla con fines amorosos y le preguntó qué opinaba. 

Valeria se sorprendió, dio una larga y falsa puntada que pinchó su dedo. 

-La madre esperaba una respuesta pero Valeria no dejaba de chuparse el dedo y quejarse del pinchón de la aguja.

-Te hice una pregunta, le dijo.

Sin despegar la vista del mantel, respondió que le parecía bien. 

-¿Nada más me dices? Según tu padre, él tiene pretensiones serias y podría pedirte matrimonio. No creo que estés pensando en casarte tan joven.  

Valeria soltó el mantel y se enderezó, puso sus manos tras el cuello, bajo su largo cabello, para levantarlas al cielo y estirarse mientras su columna se arqueaba, y con una mueca -entre risa contenida y sonrisa- le respondió:    

-¿Por qué no? 

Su madre -que no esperaba esa respuesta- la quedó mirando detenidamente mientras Valeria se estiraba, advirtiendo cómo el cuerpo de su niñita se había transformado con tanta velocidad.  Observó incrédula cómo le había aumentado el busto,  y hasta ahora ni cuenta se había dado. Fue como si el tiempo -ese compañero inseparable de día y noche- que a todos persigue sin permiso y nos transforman tan sigilosa y lentamente, le estuviese dando una gran bofetada diciéndole: ya la hice mujer y la sigues mirando como nena. Fue un latigazo.  Se sintió avergonzada y la madre más tonta del mundo. Enojada consigo mismo, le arrojó en tono molesto y fuerte, la siguiente advertencia:

-Espero recuerdes lo que conversamos tiempo atrás. Al matrimonio se debe llegar virgen. De lo contrario te pueden devolver como una cajetilla de cigarrillos que no está completa. Nada de pruebas de amor porque estoy segura te las pedirá. Es un engaño que todos los hombres utilizan para después: si te he visto, no me acuerdo. Y éste, tiene fama de mujeriego. 

Valeria la miró extrañada. Nunca le había hablado en ese tono, pero su madre reaccionó de inmediato y le dijo que olvidara lo dicho, porque confiaba en ella. 

Valeria que ya no sabía cómo disimular la alegría que la desbordaba, se perdió del lugar. Tenía secretos que no estaba dispuesta a compartir.  A Francisco  lo  había visto jugar un partido de fútbol en la cancha del pueblo y desde ese día había estado averiguando de él.  A sus padres les contó el  curioso nombre del arquero. Le gritaban: ataja Marciano.  Su padre le aclaró que era un apodo, que se llamaba Francisco y otros detalles. No había sido casualidad llevar el mate aquel día. Ella había visto estacionar frente a su casa la inconfundible camioneta Opel azul que él conducía y rápidamente se arregló el pelo, el vestido, y salió con el mate y el termo. Cuando cruzaron sus miradas a través del espejo, sintió mariposas en el estómago y estuvo a un punto de desmayarse de emoción. Cuando Francisco se retiró, ella volvió para recoger un mechón de cabello que aún estaba en el piso. Se arrancó un mechón propio y junto al de Francisco, los envolvió en un pañuelo blanco que colocó bajo su almohada. Era un hechizo para enamorar. Se lo había enseñado su abuela cuando le contó que le gustaba un compañero de curso y no era correspondida, sólo que esa vez, nunca pudo quitarle ni una hebra de pelo. Ahora, estaba sorprendida y feliz que el hechizo funcionara. Francisco se presentaría, nada menos, que en su propia casa. 

El domingo llegó y Francisco se presentó muy elegante y perfumado con un obsequio para Valeria y otro para su futura suegra.

Lorenzo, sentado en la cabecera de la mesa rectangular, se dispuso a observar el comportamiento de su hija ante aquel galán, disfrutar de la indiferencia que le iba a propinar y el rotundo NO que le daría a sus tontas pretensiones. Pero no pasaron muchos minutos para darse cuenta de que había cometido un gravísimo error. Era cosa de ver el rostro radiante de Valeria. Para ella, sólo Francisco estaba en la mesa. Lorenzo habló muy poco. Su esposa llenó los silencios con acotaciones sobre la comida, las zanahorias del huerto, las gallinas, el tiempo y otras trivialidades. Apenas terminado el almuerzo se retiró amargado y con un gran peso encima. Debe ser el peso de la derrota, pensó. Nunca antes la había experimentado, al menos, no así. 

El retiro de Lorenzo le produjo a su esposa un alivio. Quería preguntarle a Francisco muchas cosas, pero su marido le había advertido que no fastidiara de ese modo porque ya habían tenido una larga conversación de hombre a hombre. Le puso más yerba al mate de la sobremesa y se dispuso a interrogar: 

-Dígame Francisco: ¿Por qué lo apodan “marciano”?

Francisco se puso a reír.  

-Ese apodo me lo gané en mi primer día de escuela cuando la profesora me presentó ante mis compañeros de curso. Me presentó como el compañero español y yo agregué en voz alta, que también era murciano.  

Todos me miraron con una risita escondida bajo sus manos. Pero así era, nací en Murcia, ciudad de España. Sin embargo, mis compañeros entendieron que dije “marciano” y así me llamaron y así me quedé.  No me molesta. 

Después de contar lo poco que recordaba de Murcia, pues vivían en Valencia cuando se desató la guerra civil, relató la tragedia que envenenó el alma del pueblo español y lo dividió en dos bandos. Fue un veneno que se esparció por todos los rincones, que llegó a muchas familias, también a la mía, sostuvo. Produjo una rivalidad irreconciliable con el hermano de mi padre, por eso decidió huir a Francia con todos nosotros. Empezaban a surgir en Valencia las denominadas “sacas” que eran grupos desquiciados que procedían al registro y saqueo de viviendas. Varios de los amigos y conocidos de mi padre terminaron prisioneros o fusilados en plena calle. Lo peor, es que mi padre sospechaba de su hermano. No confiaba en él, era un fanático insoportable.  En el ultimo encuentro que ellos tuvieron, se produjo una discusion tan fuerte, que si no llegaron a los golpes, fue  por la intervencion de su cuñada. Estando en Francia, se enteró de un barco que zarparía con refugiados a Chile y no lo pensó dos veces. Movió todos los hilos que tenía que mover hasta lograr los cupos para embarcarse. España se convertía en un horror, en una catástrofe humanitaria que se advertía muy difícil de reconciliar y reconstruir. Sólo había que marcharse, olvidar todo, rehacer la vida y el fin del mundo planteaba esa oportunidad.

La madre de Valeria -que poco entendía de los dolores de una guerra- siguió con el interrogatorio:    

-¿A qué se dedica?

-Usted sabe que mis padres empezaron con un pequeño almacén y luego instalaron el aserradero que hoy trabajan. Yo trabajo con mi padre y me encargo de repartir la madera que se vende. También tengo afición por la carpintería. Este afán empezó cuando tenía doce años y con restos de madera, hice un pequeño camión que mis compañeros elogiaron y lo cambié por canicas. Después hice otros, que vendí por algunas monedas. La monja superiora se enteró de mis habilidades y un día me preguntó si podía hacer un estante muy sencillo para ordenar libros. Después me pidió otros estantes y cuando tenía como veinte años, se le ocurrió que yo podía hacer una sala de clases. Eso me asustó, pero ella se comprometió ser la jefa de la obra y todo resultó muy bien. Buena jefa y buen aprendizaje. Me gusta mucho la carpintería,

-No es que crea en chismes, pero cuando el río suena… Dicen que tiene amores con hijos que se niega a reconocer, y que la monja lo besó, ¿qué hay de verdad….? 

- No tengo ninguna relación amorosa, ni hijos. Le doy mi palabra. Lo de la monja es verdad. Me dio un beso pero en la frente, no en la boca como han calumniado.  Ocurrió hace poco, cuando le entregué la puerta tallada de un mueble que me pidió. Ella hizo el diseño -un cáliz con una hostia- y nunca pensé lo iba a lograr tan bien. Quedó como si lo hubiese hecho un artista experimentado y era mi primer tallado en madera. Cuando lo vio terminado, ella dio un salto de alegría, me tomó la cabeza y besó mi frente. Mi frente. Estaba demasiado contenta. 

Pero no quiero seguir hablando de rumores mal intencionados. Quiero decir que hablé con su marido porque me interesa conocer a Valeria, le pedí permiso -y ahora se lo pido a usted- para invitarla a salir. Tengo buenas intenciones, se lo prometo.

-Es Valeria quien debe dar la respuesta. Tiene mi permiso y el de su padre, sostuvo.

Valeria que no había abierto su boca y parecía extasiada sobre una nube de algodón, en realidad no dejaba de observar cada detalle de Francisco. Estaba imaginando cómo acariciarían esas manos que movía al hablar, cuando escuchó que su madre le habló y sólo dijo: estoy de acuerdo. 

Seis meses después, anunciaban matrimonio. Un matrimonio sencillo, con la bendición de ambos padres y un almuerzo familiar en casa de los padres del novio.  

Antes del año, llegó el primer hijo a quien llamaron Juan Francisco, cumpliendo la promesa hecha a su amigo en el cementerio. Lo que entonces no sabían ni se imaginaban, era que en el firmamento había una fila de bebés deseando llegar a sus vidas. Se presume que Juan Francisco envió alguna señal de lo bien que lo recibieron sus padres y abuelos, porque se produjo tal alboroto de los bebés no repartidos, que la cigüeña encargada del sector, debió poner orden y formarlos. Los formó en fila india y elegió a quince bebés para el hogar de Valeria, calculando los años de fertilidad y reposo. Determinó que los llevaría uno a uno -no por partida doble o triple como ellos pedían- y que el criterio del reparto sería, cada vez que el último bebé entregado estuviese caminando con plena seguridad.  Para ello, cada cierto tiempo -en completo sigilo- pasaba a espiar si se cumplía el requisito, para entregar al siguiente.  Alcanzó a entregar nueve bebés, todos sanos y robustos: 6 varones y 3 niñas. Y cuentan que no pudo llevar al resto, porque cuando murió Romeo, a Francisco le regalaron un perro pastor alemán que -una noche que la cigüeña pasó a espiar- la enfrentó a ladridos, le dió un mordisco en una de sus flacas patas y la persiguió por todo el gran patio de la casa antes que pudiera emprender vuelo y escapar. Tanto se asustó, que no se atrevió a volver nunca más.

Si alguien piensa que Valeria vivió amargada, malhumorada o abatida criando tanto chiquillo, se equivoca. Era una madre dedicada, siempre alegre, organizada y preocupada de cada detalle de sus niños. Francisco era un apoyo entusiasta e incondicional en las tareas del hogar y de crianza. Por las tardes, tocaba la guitarra para que todos cantaran y bailaran, los hacia dormir leyendo o inventando cuentos y les enseñaba a rezar el “angel de mi guarda” para dormir protegidos. Formaban una pareja de aquellas que se dice: almas predestinadas para ser muy felices. Las condiciones materiales siempre fueron adversas, pero salvadas con ingenio y voluntad.

Era un gusto ver a todos los niños sentados en la larga mesa dando gracias a Dios por el alimento recibido; pidiendo permiso para retirarse a jugar cuando terminaban de comer; o salir con su padre tomaditos de la mano formando una escalera. Cada mañana, se detenía en su casa el carretón repartidor para entregar leche fresca. Las gallinas y los pavos se criaban en casa, igual que la huerta con zanahorias, lechugas y otras verduras. La vestimenta no constituía un problema porque se heredaba y reparaba: a los zapatos se les cambiaba la suela y los pañales se lavaban hasta que terminaban en hilachas.  

Los padres de Francisco acogieron a su nuera como a una verdadera hija. En las reuniones familiares, Valeria fue descubriendo el dolor de sus suegros lejos de su patria y la profundidad de la tragedia que los llevó a escapar. En cada encuentro su suegro les contaba cómo se estaba desarrollando la vida en su amada tierra y mostraba una carpeta con los últimos recortes de diarios y revistas que coleccionaba con noticias de España. Decía que lo único que podría salvar a Franco del infierno, era su neutralidad durante la guerra de Hitler. Respecto a su hermano, daba por hecho que se había alistado en la División Azul, para ir a morir congelado. Así lo había soñado: con uniforme y tirado en tierra nevada. Contaba los días esperando que Franco fuera derrotado para celebrar en grande. De pronto, la nostalgia lo invadía.  Necesitaba volver a recorrer las calles de Murcia, recordar su niñez y depositar un hermoso ramo de flores en la tumba de sus padres. Recitaba en voz alta “La cogida y la muerte” que sabía de memoria: “A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde…”   Era el poema que más le gustaba de García Lorca, porque señalaba un tiempo preciso, una hora determinada , ese instante o aquella hora que nunca se olvida.  Porque él, no olvidaba que, no fue a las cinco de la tarde sino a las cuatro de la mañana, cuando habían logrado cruzar la frontera. Estaba consciente de que a esa hora, podría haber encontrado la muerte, aunque ningún niño llevaría una sábana blanca, como señalaba el poema. En cada celebración de un nuevo año, y junto al brindis de champaña, repetía: éste año cae Franco.  Esa noticia no logró llegar porque cuatro meses antes de la muerte del dictador, él también partió de este mundo.

Tras la muerte de su padre, Francisco empezó a retomar la idea de volver a su tierra natal y cumplir el deseo de su padre que también era su deseo. Pensó que sería un merecido regalo para su amada Valeria que sólo había viajado lejos en pocas ocasiones: para visitar a su hermana y para despedir a su hermano cuando inició el viaje de instrucción como marino. Entonces, empezó a urdir un plan financiero y de negocios que ya tenía en vista, para concretar a largo plazo dicho propósito.

Cuando faltaba poco para que cumplieran treinta años de matrimonio, Francisco anunció a Valeria que celebrarían dicha ocasión con un viaje a Europa.

¿Primer destino? Sí... Murcia. La desdibujada Murcia en la memoria de Francisco, los recibió con todo su esplendor arquitectónico de pasados ​​siglos y gran modernidad. Luego visitaron Venecia, Florencia y no podía faltar Paris, la ciudad del amor. Fue en un crucero por el Sena, cuando Francisco, abrazado a Valeria, reconocería en voz alta -casi gritando al cielo para que lo escuche su amigo- que existía el amor a primera vista,  era romántico y lo había vivido por treinta años con igual intensidad.  Empieza con una mirada que trastorna el juicio.  Y si no me creen tengo un testigo cómplice:  un antiguo espejo ovalado, de marco dorado.







sábado, 6 de agosto de 2022

Nuevo atuendo

Falta poco.  En 29 días más debería vestirme con nuevo atuendo.  ¡Perdón!  No me he presentado.  Soy la Constitución Política de la República.  

Por el periodo de un año –y por decisión de la mayoría de los ciudadanos de mi país- un grupo paritario de más de cien diseñadores y modistos de diferentes regiones y etnias, me confeccionaron un nuevo traje.

El atuendo que llevo puesto, ya a nadie le gusta.  Es más, provoca discordia y enfado.  Lo catalogan de viejo.  Yo digo, gastado.  Y digo gastado porque con los retiros de fondos previsionales -que el año pasado eran una bendición y este año un pecado- jalaron la manga derecha de mi blusa y quedé con las hilachas colgando.  Es un traje que me está quedando demasiado ceñido, excesivamente ajustado y en cualquier otro tirón, se desgarrará por completo.  Hay mucho enfado con mi traje.  He llegado a pensar que alguien le hizo un maleficio, un sahumerio de magia negra o, en buen chileno, lo meó un perro.  Lo culpan de todas las desgracias que nos aquejan: abusos, injusticias, corrupción, mala educación, bajas pensiones, etc, etc… 

El enojo es con el diseño, con el modelo.  Lo detestan porque dicen que es un modelo neoliberal.  Fue confeccionado -en 1980- por un grupo acotado de expertos modistos.  Se inspiraron en el vestuario de la serie norteamericana de televisión “Dallas”, cuando se usaban las blusas abullonadas con hombreras pronunciadas, las pieles de origen animal, y todo era glamour.  La blusa está confeccionada con seda blanca italiana, es de cuello alto y encaje de aguja; la falda -estilo lápiz- de fina gabardina negra y se complementó con un chaquetón -tres cuartos- de piel de zorro azul.  Siempre ando bien peinada, con el cabello recogido en un moño clásico y no llevo tatuajes ni “piercing”.  Con el correr del tiempo lo modernizaron.  Le quitaron las hombreras, y la piel natural de zorro fue reemplazada por piel sintética.  Pero siguió causando discordia.  Si hubiese que definir el modelo, diría que es un vestuario formal, que denota elegancia y prosperidad.  Un traje adecuado para ir a una reunión con Margaret Thatcher, al matrimonio de Ricardo Montaner o –acá en el país- a la programación de ópera del teatro municipal de Santiago.

Pero como a la ópera asisten muy pocos, no tiene la popularidad que consigue el reggaetón.  Es más, nadie lo defiende -porque para remate- este traje me lo confeccionaron en tiempos turbulentos cuando había un presidente, que no lo era propiamente tal, y eso ya es un pecado mayor.  Y los pecados no se perdonan si no se solicita el perdón.  Cuando se descubren, la gente se rebela y se empecina reclamando justicia y rectitud, va a los matinales y se nubla la razón.

Es una gran esperanza que este nuevo diseño de vestimenta pudiese eliminar todos los males que nos afligen.  Aflora la ilusión de recuperar los valores y principios perdidos.  Volver a ser honestos, responsables, respetuosos, con amor por el trabajo bien hecho, disciplinados y sin enojo.

Manifiestan que es un modelo exclusivo, moderno, único en el mundo, que se preocupa del medio ambiente y los animales, que incorpora la justicia de los pueblos ancestrales, que será un ejemplo a seguir y que permite mayor autonomía de movimiento.  Accesorios como el trarilonco, trapelacucha o el huru huru, complementarán la vestimenta.

Sólo hay un problema.  No todos piensan así.  Las opiniones están tan divididas que resulta muy difícil comprender lo que ocurrió.  Para algunos, un hermoso traje; para otros, un mamarracho que requiere de reparación inmediata, porque me enredará cuando baile libremente como me gusta hacerlo.

Parece que no hubo buen juicio en la elección de los diseñadores.  Ninguno a la altura de Karl Lagerfeld, Carolina Herrera o Rubén Campos.  A decir verdad, ningún modisto o modista con credenciales de alta costura.  Algunos no sabían enhebrar una aguja, ni pegar un botón.  Pero casi todos, fervientemente apasionados y con vehemente voluntad.

Hubo problemas en la elección de la tela y su color.  Los más disciplinados se inclinaban por una tela autóctona de color rojo intenso.  Otros, por combinar lana hilada en telar, con algodón orgánico de color rojo pero con matices.  El color hizo ruido.  Un rojo tan furioso, no es muy elegante.  Se decidieron por colores más suave, de baja saturación, y dejar el rojo intenso sólo en los detalles. 

Como no todos podían trabajar al unísono, se repartieron las tareas en comisiones: para blusa, chaqueta, falda, etc, etc, y presentar su obra en una sesión plenaria que debía aprobar o reprobar.  Algunas comisiones trabajaron bien y les aprobaron rápidamente lo confeccionado.  En otras –lamentablemente- se cumplió el temor del senador Escalona, cuando señaló eso de “fumar opio”.  Parece que trabajaron fumando esa cosa, porque presentaron al pleno: mangas cosidas al revés, un puño derecho en la manga izquierda, y muchos errores que debieron corregir una y otra vez.  Pero tienen el mérito de haber terminado en el plazo establecido.

Lo que pasará el próximo domingo 4 de septiembre, fecha del plebiscito para aprobar o rechazar este nuevo atuendo, nadie lo sabe.

Al presidente le ha gustado tanto el nuevo traje que no para de salir a mostrarlo por todos los rincones.  Muestra la blusa, la chaqueta, el brasier a los varones jóvenes y así, anda entusiasmado de comuna en comuna.

Otros opinan que la blusa quedó muy bonita, que a la chaqueta le cambiarían los botones y el estilo tan cuadrado de la solapa, pero que la falda –inspirada en la pollera boliviana- quedó demasiado larga y con muchos pliegues.  Advierten que una falda hasta los talones no garantiza un caminar seguro.  Tiene riesgos que se enrede, tenga más de un porrazo y que en los pliegues se aniden las polillas.

Parece no haber consenso hasta ahora.  Las opciones son sólo dos.  La campaña ya se inició y las encuestas -cual oráculo- entregan sus predicciones.   

Mi género es femenino y tengo mi cuota de vanidad.  Imploro y ruego  por un atuendo bonito, halagado por todos, adecuado a los tiempos, bien proporcionado, que permita seguridad de movimiento, libertad para bailar, arrope en tiempos de infortunio,  me haga resplandecer como una estrella y me deje en el sitial de respeto que he tenido desde que nací.

Había empezado a tener síntomas de ansiedad, un temor apremiante de quedar desnuda después del plebiscito.  Pero he recibido un curioso whatsapp del Senado que dice: relájate! el pueblo te necesita como a la luz del sol –como canta Amaral- y desnuda nunca quedarás…

¿Será una cuenta falsa…?  

 









martes, 8 de marzo de 2022

El Boric

Un grupo de jóvenes reunidos en la plaza compartían imágenes de redes sociales del recién electo Presidente de la República Gabriel Boric Font y de su perro Brownie, que con su dulce mirada canina, ha conquistado miles de seguidores.

Hablaban del presidente como si fuese un ídolo juvenil y se referían a él como “el Boric”: que no usó corbata en los debates, que al igual que ellos tenía tatuajes, que no iría a vivir con los ricachones del sector oriente de la capital y otras cosas que no entendí. 

Todo era jolgorio, risas y se referían de loco para allá y loco para acá.  Una de las jóvenes de largas pestañas negras, pero con cabello verde y que se contorsionaba como si necesitara un baño con urgencia, lanzó un suspiro al aire y dijo en voz alta: ¡lo amo, lo amo!.  Otro preguntó: ¿al Brownie?  No, respondió.  ¡Amo al Boric, es tan lindo y tierno! 

Entonces recordé que el poder es atractivo y muy seductor y pensé... en Irina.  En gustos no hay nada escrito, porque es evidente que el Boric no es Brad Pitt o Alain Delon de mis tiempos juveniles, que por sus atributos físicos revolucionaban las hormonas femeninas.  Pero allá ella, con sus gustos y su amor.

Aunque aprendí –en clases de gramática- que no se debe usar un artículo antes de un nombre propio, con mis años también he aprendido a tolerar  -entre muchas otras cosas- errores lingüísticos o gramaticales ampliamente usados hasta en la televisión.  Ya no se cuida el lenguaje.  Pasó de moda. En mi país, todo, todo se reduce y simplifica en dos palabras mágicas: la weá.  Es un notable ahorro de sustantivos o adjetivos en tiempos apresurados.  No se pierde tiempo en buscar la palabra adecuada para describir una cosa o una situación y créanme que el receptor del mensaje lo entiende a la perfección.

El presidente Boric es joven, pertenece a una nueva generación de la política.  Llega al poder con sólo 36 años con una nueva fuerza de izquierda (Frente Amplio) más radical, alejada del duopolio de los últimos años, al que han denostado y criticado fuertemente.

¿Quién iba a pensar que ese desaliñado, atrevido y desafiante muchacho que lideró protestas estudiantiles sólo unos años atrás, por cambios en la educación, llegaría a dirigir el país?

Creo que ni él mismo lo imaginó. Se inscribió en la carrera presidencial a última hora reuniendo las firmas que la ley exigía.  Enfrentadas –en segunda vuelta electoral- dos visiones de país tan opuestas, los analistas señalan que los votantes se inclinaron por el mal menor y muchos jóvenes se levantaron a votar.  Son esas jugadas del destino las que nos dejan perplejos.

Estoy como el tiempo: soleado, nublado.  Un día me levanto con la esperanza que esta nueva generación –alejada de las mañas de los viejos políticos y la corrupción- haga las cosas de modo diferente y mejor; al otro día me invade la preocupación por la falta de experiencia para enfrentar tantas y variadas complejidades que atraviesa nuestro país.  Además, porque en paralelo, se está escribiendo una nueva Constitución, que hasta ahora, no logra encontrar el tono ni las notas justas para una sinfonía que deleite a todos. 

No son tiempos de vals –como canta Chayanne- son tiempos de una magnitud y complejidad enormes.  

Somos un país más pobre y más endeudado, producto de la pandemia.  

Tenemos grupos armados en la Macrozona Sur, que buscan recuperar territorio indígena y que con el paso del tiempo se han ido fortaleciendo.  Operan con armamento de guerra.  Aterrorizan quemando infraestructura, maquinaria, vehículos, viviendas y hasta vidas humanas.  Van cerca de diez años y la inteligencia militar y policial, no ha logrado desactivarlos, pese a las millonarias sumas de dinero que reciben estas instituciones, vía gastos reservados. Ahora, sabemos que esos dineros llegaron al patrimonio personal de los altos mandos.   

Existe un sostenido avance del narcotráfico, delincuencia, criminalidad y migración sin control con aumento de campamentos.

Se presenta una crisis hídrica de proporciones incalculables, que afecta al país, principalmente a zonas rurales y por consiguiente al desarrollo de la agricultura campesina.

Y sigue y suma: la pandemia no ha terminado; la inflación nos está golpeando; miles de hectáreas quemadas este verano, algunas intencionalmente; empresas que defraudan; aumentan las “fake news” que manipulan la opinión pública; el  populismo avanza y ya puso un pie en el Congreso el año pasado; y como si todo lo anterior fuese poco, una guerra entre Rusia y Ucrania tambalea la economía mundial, que si se sale de madre, nos  borra a todos del mapa y hasta aquí llegamos.  Hay que estar confesados.

Los analistas y periodistas escriben columnas y hacen pronósticos, pero el futuro nadie lo conoce.  Lo único cierto, es que se cierra un ciclo político y otro nuevo comienza.

Por ahora, el nombre más esperado del nuevo gabinete ministerial –Ministro de Hacienda- ha sido recibido con satisfacción por todo el espectro político y empresarial.

Queda muy poco para el cambio de mando presidencial.  Se afinan los preparativos ceremoniales y comienzan a llegar los invitados.  Las expectativas son muy altas.  Los temores también se dejan sentir.

El nuevo presidente requerirá de mucho talento político, audacia, coraje y mucha, mucha buena suerte.  Todos queremos que le vaya bien.  Necesitamos –más que nunca- que nuestro país progrese económicamente, se desarrolle y avance en justicia y paz. 

Estamos cansados, hastiados de la corruptela y decadencia en tantos ámbitos.  Necesitamos un cambio pero con gobernabilidad.  

¡Alea iacta est!  o  ¡La suerte está echada!  







viernes, 3 de diciembre de 2021

Honorable

Poco a poco nos hemos ido  acostumbrado a las perfomances de  algunos personajes “de comedia” que ocupan escaños en la Honorable Cámara de Diputados.  Nos han sorprendido con: bailes y brincos con capa voladora; inspiradoras canciones -en plena sesión- al universo divino; una maratón discursiva para el record de Guinness y tantas otras.  Ha resultado divertido para algunos y en la vida la diversión es necesaria.  

Pero sucede que ahora ingresará al parlamento un personaje "de espanto" principalmente para nosotras, las mujeres. Dios quiera no se le ocurra proponer la ley mordaza a las féminas o convertir el parlamento en un Club de Toby. 

Digo esto, porque en las recientes elecciones parlamentarias fue elegido diputado -por el partido republicano- el youtuber y activista político Johannes Kaiser, quien tiene un largo historial de polémicas por sus expresiones misóginas y odiosas. 

Cuesta comprender que con un historial así -de odiosidad y desprecio al género femenino- haya conseguido un cupo en el parlamento. 

Nos hemos caído de espaldas con sus dichos como: que los fusilados de Pisagua, bien fusilados están; que no tiene pareja porque las mujeres ya no cumplen el rol de servir a los hombres; que los violadores de mujeres feas, merecen una medalla; y otras tantas frases tóxicas que a algunos parece hacerles gracia.

Tenía la esperanza que, una vez electo y por la responsabilidad del cargo, cambiaría su estado mental.  Nada.  Recientemente expresó sus dudas respecto al derecho a sufragio de las mujeres, lo que generó otra polémica.

El candidato presidencial -en segunda vuelta- José Kast, quien compartía partido político y figuraba con él en fotos de campaña, debió salir a desmarcarse señalando que esos dichos  no lo representan.   

La Ministra de la Mujer –Mónica Zalaquett- declaró inaceptable que un diputado electo ponga en duda derechos civiles que tanto le han costado adquirir a las mujeres. 

El partido republicano señaló ignorar estas polémicas cuando lo proclamó candidato de sus filas, aunque Kaiser tiene un canal en youtube donde realiza activismo político. 

Y, sin pedir disculpas por sus dichos, Kaiser renunció al partido republicano, pero no a su nuevo cargo.  Será un Honorable Diputado de nuestra República.   

De todas las barbaridades que -tan suelto de cuerpo- ha expresado, la justificación de los fusilamientos y la banalización de la violación sexual, son las que mayormente me han perturbado. 

Todos comprendemos las fatales huellas y traumas que quedan -de por vida- en víctimas y familiares de una violación sexual. Se requiere  respeto y consideración para referirse al tema.

Siempre que me entero de una “violación”  se me viene a la memoria la tragedia de Rosa: una hermosa, frágil y tímida niña de apenas 15 años, alumna del liceo donde trabajé. 

Fue violada por tres hombres una oscura tarde de invierno, cuando regresaba a su casa, después de la jornada escolar, en un sector semi-rural de una comuna cercana.  

Los violadores nunca fueron identificados, encontrados, ni detenidos.  La inercia policial e investigativa resultó ser un trámite más por incumplir.

Su desesperada madre –que crió sola a su única hija- no sabía qué hacer ni a quién recurrir; sólo encomendarse a Dios para que sus temores no se hicieran realidad.  Dios no la escuchó.  

En dos oportunidades, Rosa cortó sus venas y su madre alcanzó a salvarla llevándola al hospital.  En el hospital, suplicó a los médicos para que le practicaran un aborto.  Pero el año anterior -1989- la interrupción del embarazo se había penalizado.  Nadie la ayudó.  

La existencia de un prestigiado médico ginecólogo, que se dedicaba a practicar abortos clandestinos, llevaron a su madre –en un gran esfuerzo- a pagar la consulta médica.  El médico intentó ayudar, pero ni con la rebaja propuesta, pudo pagar, y ya no quedaba tiempo.    

Desesperada, decidió buscar el refugio y apoyo familiar de sus padres, y regresó con Rosa a su tierra chilota.

La madrugada de un día de Octubre, Rosa se fue de este mundo, en su tercer intento, sin que nadie pudiese ayudarla.   

Dan ganas llorar a gritos….




sábado, 27 de noviembre de 2021

El Sr. Mercado

En tiempos electorales, hay un personaje que se toma la agenda informativa de mi país.  No es Mon Laferte con el Latin Grammy 2021 o los habitantes de Petorca que siguen sin agua y el verano está por llegar.  No.  Se trata del señor Mercado.  En diarios, radio y televisión nos informan diariamente del estado de ánimo con que amanece: deprimido, estable o con euforia.  

No tengo el gusto de conocerlo personalmente, pero deduzco que es un señor muy importante en fama y poder, y que debe estar a la altura de los líderes más influyentes del planeta, como Vladimir Putin o Xi Jinping.  De otro modo, no sería más importante para los medios de comunicación, que los mismos candidatos en competencia. 

Averiguando por aquí y por allá, me enteré que éste señor reside en varios países al mismo tiempo.  Es como Dios, omnipresente, está en todas partes aunque no lo veamos.  No obstante, hay países que no le dan visa para ingresar.  Las malas lenguas me han contado que lo daría todo por un paseo en el Malecón de La Habana, pero más de 50 años que lo intenta sin resultados.  Los países que lo reciben con entusiasmo, declaran no poder vivir sin él.  Dicen que vivir sin Dios es posible, pero sin este señor: jamás. 

Es probable que la importancia que le asignan los medios informativos a su estado emocional y sus berrinches, se deba al Curriculum que exhibió cuando llegó a nuestro país, junto a un grupo de amigos, todos de la Universidad de Chicago, que estudiaron bajo las teorías del premio Nobel: Milton Friedman.  Tener ese privilegio no es algo menor.

Sin una imagen corpórea a quien recurrir, porque sólo se publica cómo amanece o reacciona día a día, no me queda otra cosa que fantasear.  

Lo imagino como un señor grande, corpulento y colorín.  Un híbrido entre el senador recién electo Rojo Edwars y Arnold Schwarzenegger. Vestido elegantemente con trajes de alta costura londinense “Dege & Skinner”, zapatos italianos “Fendi”, camisa y corbata de seda “Christian Dior”, con un reloj de oro “Rolex” y colleras también de oro “Cartier”. 

Lo veo felizmente casado con Lynda Publizidà, con quién tiene dos hijos: Rento Máximo  y Bohlsa Pilar.  No hay duda alguna que conforman una de las familias más exitosas del planeta. 

Poco le gusta la naturaleza, a no ser que sea para modificarla extrayendo sus recursos y minerales.  Por eso, no vive en el campo rodeado de vegetación como pensaríamos, sino en los diferentes penthouse que tiene en los más exclusivos sectores de las grandes metrópolis.

De su origen familiar, poco se publica.  Los periodistas no han hecho el trabajo que hicieron con el ex-candidato presidencial Sebastian Sichel:  entrevistar a los parientes.   Pero una buena amiga, que todo lo sabe, me contó que el padre del señor Mercado se llamaba -porque ya falleció-  Adam Smith.  No sé si creerle o no, porque los apellidos no calzan, a no ser que sufra lo mismo que el ex-candidato Sichel, que antes se apellidaba Iglesias.  Todo puede ser.

Lo que sí sé, es que me aburrieron las rabietas manipuladoras e infantiles de este grandulón.  Días atrás, amenazaba deprimirse según fuera el resultado de la elección parlamentaria.  Pero el resultado lo dejó contento, casi eufórico.  La prensa informó -con grandes titulares- una positiva reacción del señor Mercado, al día siguiente de la jornada electoral.  

Ahora que se viene la segunda vuelta de elección presidencial, entró nuevamente en crisis de pánico: está inestable.  Los candidatos que pasaron a segunda vuelta -que se define el 19 de diciembre próximo- son Gabriel Boric (izquierda) y José Kast (derecha).  Como ambos candidatos representan los extremos de nuestra política, no les queda otra cosa -para conquistar votos-, que readecuar sus programas de futuro gobierno y fortalecer sus equipos.  O sea, una gran voltereta poco artística.

El candidato Boric incorporó a su equipo de campaña a la ex-presidenta del Colegio Médico Izquia Siches y horas más tarde, el candidato Kast, a la Subsecretaria de Salud Paula Daza. 

Con tan prestigiados médicos en la campaña presidencial, me gustaría solicitar desde aquí, que le receten a éste personaje, -por el tiempo que dure la campaña- una dosis de ansiolíticos, para que se calme y reaccione con cordura. 

Decirle a este señor que viva tranquilo. No está en peligro.  Si gana Kast, la doctora Paula le recetará una dosis de vitaminas para fortalecer su sistema inmune y si gana Boric, la doctora Izquia puede que le haga algunos retoques en los párpados caídos y hasta le saque la papada.  Nada más se podrá hacer sin mayoría en el Congreso.    

Y si no le gusta medicarse con ansiolíticos, le recomendaría repetir muchas veces el “mantra OM”. Es increíble como relaja.  También, meditar y meditar.   Así eliminará el flujo de pensamientos confusos que pueden estar provocándole miedo.  Incluso puede lograr descubrir,  que no todo lo ha hecho tan bien como cree y que allí pudiese estar, el origen de su angustia y sus miedos. 

Om… Om… Om…






miércoles, 20 de octubre de 2021

Verano de 1960

Cuando mi padre llegó a casa aquella tarde jugando al misterio y me pidió los mapas que se guardaban arriba del ropero, no pensé que estaba a punto de cumplir mi sueño.

Eligió el mapa de Chile.  Lo desenrolló sobre la mesa de la cocina y me dijo: la próxima semana zarparemos desde este punto -señalado en el mapa- y llegaremos a este otro, a la casa de tu tía Clara. 

Mi padre era oriundo de la actual región del Bío-Bío y tenía prometido, desde hacía tiempo, llevarme a conocer el lugar donde él nació, creció y donde aún vivía su hermana mayor.

En el mapa todo se veía fácil.  Recorría una línea con su dedo y como si fuese magia, en menos de un segundo, llegábamos a destino.  Pero vivíamos en Coyhaique, a más de mil kilómetros de distancia y la promesa consistía en hacer el viaje en barco.

Mi madre lo quedó mirando con incredulidad, pero rápidamente agregó: está todo organizado, nos iremos en barco, haremos escala en Osorno, en casa de tus abuelos.  Sólo falta enviar telegrama y preparar el equipaje.

Para mi madre, que llevaba tres años sin ver a la suya, fue la mejor noticia que pudo recibir.  Para mí, un sueño que se hacía realidad.

Nunca había viajado en barco, ni siquiera en bote.  Tampoco conocía el mar.  No había respirado la brisa marina, ni pisado la arena de una playa.  Llegué a Coyhaique en avión, de la mano de mi tía Isaura, en las vacaciones de mi primer año escolar, un año después que mis padres se establecieran en ese austral lugar.  Cuando mi padre fue trasladado a ese pueblo, vivíamos en Santiago y sólo sabía que su nuevo destino se localizaba muy al sur.  No tenía idea de la ubicación geográfica ni cómo sería su nueva vida.  Fue entonces cuando tomó dos decisiones: comprar varios mapas para ubicarse en el mundo y aceptar dejarme por un año en Osorno, con mis abuelos maternos, para que inicie mi etapa escolar.

Tanto me alboroté con la noticia del viaje, que la imaginación se fue volando a ese universo paralelo de fantasía que me gustaba construir.  Lo hacía para entretenerme y soñar despierta mis propias películas, con fantásticas historias.  En segundos, ya estaba arriba del barco rodeada de  marineros que me protegían de malvados piratas; pulpos gigantes se encaramaban a cubierta con sus enormes tentáculos, y grandes ballenas enfilaban detrás del barco.  De vuelta a la cocina de mi casa, me dije: no debes olvidar llevar tu diario de vida.

Iniciamos el viaje por el hermoso camino de natural belleza escénica que conduce a Puerto Aysén, para embarcarnos en el único navío de carga y pasajeros que en ese entonces, hacía el trayecto hacia Puerto Montt. 

Mi primera gran sorpresa fue que el capitán del barco, no tenía cicatriz en el rostro, ni pata de palo como el capitán Ahab, en la novela Moby Dick.  Por el contrario, un risueño capitán nos recibió con amabilidad y un joven marino  nos condujo al camarote por unas angostas escaleras metálicas. 

El camarote era estrecho y tenía un ojo de buey justo en el medio de las dos literas.  Por esa ventanilla observé detenidamente la inmensidad del mar, mientras mis padres acomodaban las maletas y el barco anunciaba la partida.  

La tierra comenzó a desaparecer lentamente.  Todo era mar.  El incesante movimiento de las olas jugando con los rayos del sol, que a la vez jugaban escondiéndose detrás de las nubes, me mantuvo hipnotizada hasta que me avisaron que saldríamos a recorrer el barco. 

Los pasajeros no sumaban más de diez, y yo era la única niña en ese viaje.  Todos muy amables, me saludaban, preguntaban mi nombre, y en qué curso iba.  Me hicieron sentir como si fuese una princesa.  A mi  padre le entró el bichito de la curiosidad.  Quería averiguar cómo se comandaba un buque, conocer el puente de mando, y el funcionamiento de cada instrumento de navegación.  Mi madre se preguntaba dónde funcionaba la cocina y cómo se cocinaba en medio del mar.

Recorrimos todo el barco, de proa a popa, y cuando el capitán vio a mi padre observando -sin ningún disimulo- hacia el interior de su cabina, salió amablemente y nos invitó a entrar.  Mi padre, algo avergonzado por fisgonear de ese modo, argumentó que tenía un gran interés por conocer las tareas que él ejecutaba.  En segundos, el bochorno había pasado, y entablaban una cordial conversación como grandes amigos. 

Entre los controles de navegación había brújulas, radares, piloto de velocidad, uno que medía la profundidad del mar, un compás magnético y otros más.  Todos perfectamente empotrados en un bonito panel de madera barnizada.  Aunque parecía que el barco no avanzaba, el medidor de velocidad decía otra cosa.  Pero la más importante e inolvidable experiencia de aquella travesía, fue que el capitán me permitió sostener el timón y dirigir el barco en mar abierto por algunos minutos.  ¡Fue una vivencia maravillosa! 

Cuando encontramos la cocina, estaban preparando la cena y todo era vapor con diversos aromas.  Mi madre se asomó por la puerta que se encontraba abierta y con su mejor sonrisa saludó a los cocineros, todos vestidos de blanco.  Un hombre chico y panzón, le contestó con cortesía y sonriente la invitó a entrar.  Pero el calor era sofocante, así es que  desde el umbral de la puerta mi madre preguntó qué preparaban para la cena.  El panzón resultó ser un parlanchín -algo coquetón- que hizo buenas migas con ella.  Le contó que era oriundo de Chiloé y llevaba varios años trabajando en el buque, que se había ganado el puesto de cocinero jefe, encargado del menú y del aprovisionamiento, y bla, bla, bla.  Al darse cuenta que yo estaba aburrida, el panzón me regaló una manzana que me comí de inmediato porque ya tenía hambre y aún faltaba tiempo para que sirvieran la cena. 

Mientras me disponía a dormir como un bebé mecido en su cuna, la luz de la luna iluminaba el camarote.  El viaje fue tranquilo, con mar en calma.  Aunque había lugares prohibidos de acceder, conocimos todos los otros rincones y vericuetos del barco.

Como en otras ocasiones, mis fantasías no se materializaron, no nos persiguieron ballenas, tampoco vi pulpos gigantes y no nos asaltaron piratas.  Sólo mar y cielo en toda su majestuosa enormidad.

En Osorno, los planes cambiaron.  Mi abuela se encontraba recuperándose de un tratamiento experimental contra el cáncer, al que se había sometido voluntariamente en Santiago.  El tratamiento había sido tan exitoso, que los médicos tratantes y mi abuela fueron filmados para el noticiero que se exhibía en los cines, antes de la proyección de las películas.  Así, mi abuela que no había perdido el sentido del humor, se vanagloriaba contando a todos que era una estrella más del cine, toda una diva, a lo Greta Garbo.  Pero mi madre, al verla tan delgada, desconfió del éxito del tratamiento y decidió no continuar viaje porque necesitaba   acompañarla y regalonearla.

Mi padre estuvo de acuerdo y continuamos solos nuestro itinerario.  Llegamos en tren a San Rosendo para seguir viaje en el único y estropeado bus que existía, por un camino de tierra y polvo.  El paisaje era diferente,  extensas zonas de trigales se observaban a ambos lados del camino.  Me preocupaba el recibimiento de mi tía y mis dos primos porque si las cosas no salían bien, mi mamá me haría mucha falta.

Nos bajamos del bus a medio camino, en el lugar indicado: un poco más allá de la escuela rural y la capilla, pasado el puente, donde había una hilera de grandes álamos y una tranca celeste.  La casa no estaba a orilla del camino, ni siquiera se veía.  Debimos caminar un largo trecho bajo un sol ardiente, hasta que cuatro amenazantes perros alertaron a mi tía y primos a salir a nuestro encuentro.

No pasó mucho tiempo para sentirme parte de aquella familia.  Mi madre -en el sermón de despedida- me había pedido que ayudara a mi tía en las tareas de la casa, que hiciera mi cama, lavara mi ropa y siempre pidiera permiso antes de sacar o tomar algo.  Por eso, cuando descubrí la quinta de frutales, con duraznos, peras, manzanas, brevas y otras frutas, le pedí permiso para entrar a sacarlas.  

Me respondió que podía tomar toda la fruta que quisiera y recorrer todos los lugares del predio. Sólo tendría prohibido entrar al bosque que se divisaba a lo lejos, ir sola al río, entrar a su dormitorio y tocar las plantas de litre.  Luego, me explicó por qué: en el bosque andaban duendes transparentes poco amistosos que raptaban niñas; en el río me podía ahogar como le había ocurrido a otros niños; su dormitorio era un lugar sagrado; y el litre me dejaría llena de ronchas y tendrían que llevarme a un hospital. 

La tía Clara y su marido Samuel, se levantaban de madrugada y no paraban de trabajar.  Ella preocupada de alimentar sus gallinas, preparar el desayuno con pan recién horneado -que acompañaba de queso fresco y mermelada que ella misma hacía- y un buen jarro de leche recién hervida.  Mi tío Samuel, acompañado de mi entusiasta padre, salían temprano a ordeñar las vacas, alimentar los cerdos, regar las siembras, atender los caballos y recorrer el terreno.  

La mañana pasaba rápido.  Me gustaba ayudar  en la cocina a desgranar arvejas, habas, choclos y sobretodo conversar con mi tía.  Me contaba  divertidas y amenas historias de mi padre cuando era niño, de sus maldades y anécdotas de sus hermanos; yo le contaba cosas de Coyhaique: de la piedra del indio tallada por la naturaleza que se observaba desde el puente colgante; la plaza de armas con forma pentagonal; las excursiones al campo lleno de frutillas silvestres y calafate; la pesca de grandes salmones  en el río Simpson; la escalada de fin de semana al cerro Mackay y la larga temporada invernal de hielo y nieve. Ella conocía muy bien su región, de cordillera al mar, pero nada más al norte, ni nada más al sur.  Las preocupaciones del campo ya no  permitían ausentarse.  

Un día me contó lo que consideraba su más íntimo secreto: que si no fuese por la crianza de caballos de su padre, aún estaría soltera.  Samuel, a quien conocía desde la escuela pero que no veía muchos años, se presentó un día con la intención de comprar unos potrillos.  Fue entonces, cuando cupido lanzó la flecha con punta de oro, se encendió la chispa del amor, y meses después ya eran marido y mujer.  De los nueve hijos de mis abuelos paternos -a quienes no alcancé a conocer- sólo ella se quedó en esas tierras para trabajarlas y cuidar a sus padres.   

Después del almuerzo, cuando el sol abrasaba la tierra, la tía Clara y su marido se retiraban a descansar y dormir una corta siesta. 

La puerta trasera de la cocina daba a un  corredor exterior que se unía a un parrón.  Bajo el parrón, una mesa grande y rectangular con dos bancas a los lados: era el comedor de verano.  Cien metros más allá, un bonito estero denominado Los Sapos, corría cristalino para desembocar más abajo, en el río Claro.

Casi nada había que comprar en esa casa.  Todo estaba allí.  Sólo había que ir al huerto: tomates, arvejas, cebollas, albahaca, etc. etc.  En otro sector, cientos de melones y sandías terminaban su proceso de maduración para ser comercializados.  Más allá, un gran trigal, mucho trigo.  En las faldas del cerro, un pequeño viñedo de tiempos inmemoriales, les permitía elaborar vino y aguardiente.  

Mi prima era una niña muy bonita, un año menor, algunos centímetros más alta,  rezongona y siempre chascona.  Montada en su potranca llamada Reina, salía a cabalgar todas las mañanas y aunque tenía prohibido saltar obstáculos, era lo que más disfrutaba como si fuese una amazona profesional.  Me instalaron en su pieza.  Una noche, intrigada por los duendes transparentes del bosque, tuve la mala ocurrencia de preguntarle si eran fantasmas.  Argumentó que eran familia de los fantasmas, pero más pequeños y armó una historia con espíritus y otros duendes de colores que también habitaban el bosque, jurando que la habían  perseguido más de una vez.  No le creí, pero igual se instaló la duda.  Mientras se durmió plácidamente, yo no logré conciliar el sueño sino hasta muy tarde.

Mi primo bordeaba los nueve años.  No miraba de frente, sino por el rabillo del ojo y casi no hablaba.  Llevaba colgado al cuello unos binoculares infantiles que le habían regalado recientemente y todo lo miraba a través de los prismáticos.  Así me auscultó.  Algo huraño, esquivo, pero también burlón.  Se presentaba ante sus padres como un dulce ángel, acurrucándose a su mamá.  Sin embargo, no pasaron muchos días para descubrir su verdadera naturaleza: experto en maldades y delitos menores.  

Ocurrió una tarde mientras mis tíos descansaban.  Entré a la cocina y lo vi encaramado en una silla con una caja metálica en sus manos, con billetes y monedas. Asustado, comenzó a rogarme que no lo acuse.  Era la caja donde mi tía guardaba el dinero proveniente de la venta de huevos.  La caja se guardaba arriba de un mueble de la cocina y no se veía a simple vista.  Como no guardé silencio, pensando que me podían culpar por el robo, se generó en él una tirria que duró muchos años y que desencadenó una guerra fría que me hizo detestarlo.

Días después, tomó venganza.  Violó el pequeño candado de mi diario de vida para arrugar las hojas; cortó la correa de mi carterita rosada; arrojó al chiquero mi pulsera con chiches de fantasía e hizo desaparecer todos los lápices que tenía en mi estuche.  No me dejó otra opción que volver a acusarlo con mi padre, quien le dio un buen sermón y santo remedio.   

Pero cuando descubrió que la gata Pelusa me seguía a todas partes, que permitía la abrazara y acariciara su panza, comenzó a maltratarla sólo con la intención de provocarme.  La tiraba de la cola y la chuteaba como a una pelota, esperando mi reacción.  Aunque me dolía el alma, nunca me metí ni le dije nada.  Pobre gata, no le quedaba otra cosa que desaparecer. 

Todas las tardes nos permitían ir al río.  Partíamos chapoteando por el estero, recogiendo insectos, buscando sapos, grillos, hormigas, lagartijas, corriendo y jugando de mil maneras.  En el verano, bajaba el caudal del río y había una parte muy bonita con playa incluida que corría por la propiedad de mis tíos.  Era el lugar más seguro, y allí llegaban también otros niños -entre primos y parientes- que vacacionaban en predios vecinos.  Nos juntábamos un grupo grande.  Mi padre se asomaba recurrentemente a vigilarnos montado a caballo con chupalla de paja, de ala grande.  Guardo una imagen casi fotográfica: yo en la ribera del río y él en la altura, montado en Capitán observando lo que hacíamos.  Se veía tan imponente, como un actor de cine del “far west”.   

Sólo en dos ocasiones estuve ausente en el río.  Cuando fui a conocer la casa natal de mi padre,  y el 20 de Enero cuando fuimos a Yumbel a la    fiesta de San Sebastián.  

Según la historia, San Sebastián fue un joven soldado mártir, de origen romano, que murió atravesado por flechas en el año 288 por defender su fe cristiana.  Es venerado en muchos países.  La imagen del santo, que está hecha de madera de cedro y mide 73 centímetros, la trajeron los españoles y la instalaron en una capilla de Chillán.  Cuando los mapuches atacaron Chillán, la trasladaron a Yumbel para evitar que fuera profanada.  Luego vino una larga disputa entre los fieles de ambas localidades, hasta que un juez eclesiástico tomó la determinación final.  Ganó Yumbel.  Las peregrinaciones a este santo tan milagroso, datan desde 1878.

La casa natal de mi padre quedaba bastante lejos, en una colina, y al otro lado del río.  Nos fuimos a caballo con mi tía y sin mis primos.  Sólo algunas vigas en pie y escombros entre la vegetación delataban que allí hubo, alguna vez, una vivienda.  El devastador terremoto de Chillán de 1939, que cobró una cifra estimada de 24.000 vidas, también se hizo sentir en la zona y destruyó buena parte de la casa de adobe.  El resto, lo hizo el tiempo.  Mi tía recordó el momento justo cuando la tierra se movió y todo se empezó a desmoronar.  Fue  una noche de Enero.  

Para esa fecha, mi padre se encontraba realizando el servicio militar en Chillán y vivió la cara más brutal de la catástrofe.  Con más de la mitad de la ciudad derrumbada y muertos por todas partes, las Fuerzas Armadas tomaron el control: se dispuso toque de queda y pena de muerte para quien no acate.  Los soldados de aquella generación tuvieron la pesarosa misión de limpiar la ciudad de escombros y cadáveres, en extensas y agotadoras jornadas.  Las altas temperaturas comenzaron a descomponer los cuerpos bajo los escombros y la orden era actuar con rapidez.  Los muertos fueron depositados en una gran fosa común y se procedió a vacunar a la población contra la fiebre tifoidea.  Aunque se sentía orgulloso de haber colaborado en esa desgracia, habían dos cosas que no podía olvidar: el impacto de encontrar pequeños niños muertos bajo los escombros, y el hedor de los cuerpos en descomposición.  Sin saber qué decir, nos quedamos un largo rato en silencio.   

Luego vinieron los alegres recuerdos de infancia, de sus juegos, cuando iban juntos a la escuela seguidos por sus perros y etc. etc.  Recordaron que mi bisabuelo había donado el terreno para levantar la escuela y capilla, preocupado por dar a su descendencia la educación que él no pudo tener.  La tierra había pertenecido a la familia desde mucho tiempo, pero ignoraban la línea de sangre, del primero de nuestros ancestros con este apellido.  El árbol genealógico sólo llegaba hasta mi tatarabuelo.  Sin registros familiares ni estudios genealógicos, sólo quedaba confabular.  Mi tía dijo que nuestro apellido llegó con un apuesto, valiente y aventurero joven procedente del norte de España, que un día se embarcó rumbo a América, y sin saber cómo, llegó a la zona y se adueñó de todo lo que pudo.  Nos reímos.  Mi padre advirtió la posibilidad que hubiese sido un forajido, enviado como muchos otros desalmados, por la corona española a conquistar y poblar las nuevas tierras.  Eso no gustó.  Se miraron y ambos  negaron admitir algo así, menos ante mi presencia.  Debía quedarme muy claro, que no descendíamos de malhechores ni delincuentes.  Nuestro apellido era honorable. 

Fue un reencuentro con el pasado.  Emotivo y necesario.  Cerramos la visita al lugar con la petición de mi tía de rezar un padre nuestro y tres ave marías dedicados a mis abuelos, bisabuelos y todos nuestros antepasados. 

El viaje a Yumbel fue distinto.  Fue también, la primera vez que vi a mi tía sin los delantales sueltos tipo pintora y chancletas viejas.  Soltó su ondulado cabello que siempre llevaba tomado, eligió un vestido celeste con cinturón negro que marcaba su diminuta cintura, zapatos de tacones y labios pintados.  Era otra tía.  Mi prima se peinó, se puso sus zapatos nuevos de charol negro y calcetines blancos, y yo,  también me apituqué.   

En Yumbel, todo era un caos.  Fieles y comerciantes se habían tomado la plaza y todo el pueblo.  Mi tía logró colocar su aporte de dinero en la vistosa alcancía de la iglesia, encender las velas que compró, e hincada en una banca con toda su devoción, dio gracias al santo por los favores concedidos.  Mi prima y yo, sólo queríamos alejarnos de la gente y que nos compre los helados prometidos. 

Antes de regresar, una vuelta para ver las ofertas de los devotos comerciantes de otras ciudades y comprar: parches curita, un mantel, una olla enlozada y otros artículos de cocina.  Para nosotras, unos pinches de colores. Una pelota y un pito para mi primo que se había quedado en casa.  Pito que después de unos días se lo robé y lo pisé con enojo hasta hacerlo añicos.  Fue la única batalla que emprendí en nuestra guerra declarada.

En la vida, todo tiene un comienzo y un final.  Las vacaciones terminaron, regresamos a casa, mi padre al trabajo, mi madre a organizar y administrar el hogar, y yo al colegio.    

Han pasado décadas.  Muchas, muchas cosas han cambiado.  La tierra de mis antepasados se fue fraccionando de forma paulatina, y aceleradamente con el Decreto Ley 701 de 1974, que bonifica con un 75% las plantaciones de pino y eucalipto.  Las empresas forestales aprovecharon la legislación y comenzaron a adquirir tierras para el desarrollo de su industria.  Por desconocimiento de este incentivo u obnubilados por las luces de las grandes ciudades, los herederos fueron sucumbiendo a las tentadoras ofertas económicas de compra.   Ya no se ven los grandes trigales, maizales, ni bosque nativo, o extensiones de melones y sandías.  Sólo pinos y eucaliptos conforman el actual paisaje.  El estero Los Sapos se ha secado.  Enormes camiones con acoplado transitan con madera, por caminos ahora pavimentados.

Tampoco están mis padres, tíos y abuelos.  Sólo queda el refugio de los recuerdos, y a través de ellos, resucitar lo vivido.  Si hago el ejercicio de  cerrar los ojos, los veo: estamos desayunando todos juntos bajo el parrón; bebo leche en el jarrito verde enlozado con saltaduras en el  borde; luego estoy empinándome para sacar duraznos del árbol; camino bajo el sol con una enorme sandía preocupada que no se me caiga; o voy corriendo hacia el estero en competencia de quien llega primero. 

Me invade un sentimiento de nostalgia, plácido y dichoso. 

¡Bendita memoria! Eres sin duda, la fuente de nuestras vidas, de lo que somos y sentimos.  Es un privilegio poder recordar aquel feliz verano del 60.