sábado, 20 de mayo de 2023

Una misteriosa experiencia


El año escolar 1963 se inauguró con alegría y satisfacción.  Los diecisiete alumnos que iniciábamos el tercer año de humanidades en el Liceo San Felipe Benicio de Coyhaique habíamos aprobado -el año anterior- los exámenes de la comisión examinadora externa proveniente de Puerto Montt.  Era entonces, un Liceo particular que aún no tenía reconocimiento oficial de notas. 

Estar expuestos a exámenes -cada fin de año- aplicados por profesores desconocidos, que determinaban aprobar o reprobar curso, era muy estresante.  Algunos sufrían de ansiedad y pánico con esos señores tan serios y circunspectos, que nos entregaban una hoja con preguntas para resolver.  Se medía nuestro conocimiento, pero también era una inspección pedagógica del establecimiento.  Si no aprobábamos el examen escrito, venía un examen oral e individual.  Y ése, era temido por todos.  El año anterior, y por primera vez en la corta vida del liceo, ocho alumnos debimos dar examen oral de Historia.  No olvido aquel rostro cuadrado, severo e intimidante del examinador que, junto al resto de la comisión, me interrogó. 

Pero un contratiempo de esa magnitud, aunque fuese por vez primera, trae consecuencias.  Al joven profesor de Historia, recién titulado y de quien casi todas nos enamoramos, no lo volvimos a ver nunca más.

Mi curso estaba integrado por seis mujeres y once varones.  Los varones vivían su propio mundo de empujones, zancadillas, canicas, básquetbol y apodos o sobrenombres.  Teníamos en el curso una gran fauna: un gato, por los ojos claros; un pato, que se llamaba Patricio; un chancho Pancho, porque rimaba; un conejo, no supe por qué; un toro, ese era su apellido y a Segovia a quien llamaban cebolla.  Ellos se reconocían y convivían con sus apodos sin problema, aunque de pronto se producía un cortocircuito, saltaba una chispa, se iban de manotazos y unas cuantas patadas.  Dicen que defendían el honor de la hermana o de la madre, o de ellos mismos, por algún empujón pasado de revoluciones.  Pero a los cinco minutos, todo estaba superado, no había rencor, y seguían tan amigos como antes.

Nosotras vivíamos en un universo diferente, de buenas maneras y buen trato.  Queríamos ser princesas y construir nuestro propio castillo.  Cuidábamos los modales.  Nada de empujones ni gritos, menos decir groserías; nos enroscábamos las pestañas con una cuchara y nos teñíamos los párpados de color verde o azul.  Todas éramos amigas, pero cuando se trataba de trabajos escolares, siempre nos juntábamos tres: Marta, Eugenia y yo.  

En aquel tiempo, el plan de estudio contemplaba las asignaturas del idioma inglés y francés.  El padre Bruno era nuestro profesor de inglés, y el padre Anastasio el de francés.  Las clases de francés se iniciaban rezando el Padre Nuestro en dicho idioma: “Notre Père, qui est aux cieux…” que aún recuerdo. 

El padre Anastasio era amable, divertido y teatral.  Llegaba haciendo gala de su buena voz, cantando canciones de Edith Piaf.  Siempre era una sorpresa su llegada a la sala.  Si no cantaba, escribía en la pizarra frases de poemas que debíamos repetir en coro.  No olvido: “L’ amour est assis sur le crâne de l`humanité”.  Una vez aprendida y pronunciada correctamente, nos daba el significado que muchas veces ya intuíamos. 

El padre Bruno era diferente.  Tenía poca paciencia, y se inclinaba por la traducción de textos al español para luego leerlos en clase, en inglés y en voz alta.  Era su método para afinar y corregir la pronunciación.  En las lecturas en voz alta, Eugenia era quien lo hacía mejor en el curso.  Leía con soltura y fluidez.  Tenía elegancia y una voz tan particular -como las actrices en las películas- que todo el curso quedaba maravillado escuchándola y más de alguno la envidiaba.  Era la única que no recibía correcciones con uno o más varillazos en la mesa, de parte del padre Bruno.  

La última vez que estuvimos juntas, en casa de Marta, fue para traducir al español el famoso discurso de Gettysburg que pronunció Abraham Lincoln y que contiene esa frase tan conocida: “and that govermment of the people, by the people, for the people…”  que cuando Eugenia lo leyó en clases, lo hizo perfecto.  Ningún error en la pronunciación y leído con todo el énfasis que requiere un discurso. El padre Bruno la felicitó una y otra vez, y de paso, nos regañó para que aprendiéramos a modular como ella.  No hay que martillar las palabras, nos dijo.  

Mientras hacíamos la traducción, Eugenia nos contó que viajaría a Santiago unos días antes de las vacaciones de invierno -que ya se acercaban- para una intervención quirúrgica, pero no recuerdo de qué se trataba.  En todo caso, no debía ser algo grave pues ella se encontraba bien.

Cada fecha del calendario guarda una historia personal, familiar o un gran hito de la humanidad.  La que contaré, ocurrió el lunes 17 de junio de ese año y dejó huellas en mi vida.  

Era una mañana helada, y como siempre, me dirigí al liceo caminando las diez cuadras que lo separaban de mi casa.  Los charcos de las calles tenían una gruesa capa de escarcha, que disfrutaba ir rompiendo en vez de esquivarlos.  Cuando llegué a la puerta de ingreso del liceo, no había nadie.  Los sacerdotes que nos recibían cada mañana no estaban, y tampoco se veían en el patio.  Alguien nos avisó que el acto de todos los lunes estaba suspendido.  Teníamos que pasar a las salas y esperar a nuestros profesores que se encontraban reunidos con el rector.  Nadie sabía lo que estaba ocurriendo, nunca había pasado algo así, pero en nuestro jolgorio de volver a encontrarnos, poco importaba.  Recuerdo que estuvimos solos por largo tiempo, hasta que llegó el padre Anastasio, con el rostro muy serio.  Nos informó que se suspenderían las clases de la tarde porque la congregación estaba viviendo un momento muy difícil y doloroso.

El día anterior, el avión que trasladaba al obispo, monseñor Cesar Gerardo Vielmo, junto a otros pasajeros, había sufrido un accidente.  Quedamos consternados ya que el obispo, más de una vez, nos había visitado.  Nos señaló que en circunstancias tan penosas, no se debía perder la esperanza y nos invitó a elevar una oración pidiendo que todos los pasajeros estuviesen bien y pronto fuesen rescatados sanos y salvos.  

El más afectado con la noticia fue Toro.  Después de unos minutos se dirigió al padre, con los ojos llorosos, y señaló que Eugenia también viajaba en ese avión.  Quedamos en shock.  Eugenia no estaba en la sala y no había llegado a clases.  El padre no sabía quiénes eran los otros pasajeros y le preguntó si estaba seguro.  Sin dejar de sollozar, contestó que sí.  Toro era vecino de Eugenia y dijo que el día anterior la había saludado y había alcanzado a despedirse cuando la fueron a buscar para tomar el avión. 

Nos desbordamos de angustia, llanto, zozobra y aflicción.  Una nube de tristeza entró a la sala y nos envolvió a todos.  El padre, atónito ante aquel desborde de emociones, llamó a la calma y nos habló con el corazón en la mano: que la esperanza no se pierda y que confiáramos en que pronto todos serían rescatados.  Nos informó la formación de varios equipos de rescate con sacerdotes, policías, militares y autoridades.  Dijo estar seguro que a Eugenia la tendríamos de vuelta en clases. 

No olvido la cara de Marta, y seguramente ella no olvida la mía.  Nos abrazamos y lloramos pidiendo a Dios que Eugenia tuviera la fuerza para resistir hasta el rescate.  Nos sentíamos desorientados y, como zombies, íbamos de un lugar a otro de la sala. Nos sentábamos, nos poníamos de pie, nos abrazábamos, e implorábamos a Dios que ella estuviese bien, con comida y abrigo.  Eugenia era nuestra compañera desde los cursos de primaria, en el colegio de las monjas. 

No recuerdo qué más pasó en el liceo, ni cómo llegué a casa.  Mi madre ya sabía del accidente, pero desconocía que Eugenia iba como pasajera.  

Esa noche me acosté muy temprano.  Era una noche demasiado helada, y de tanto llorar mi cuerpo había perdido energía.  

Estaba sentada en mi cama, con la lámpara del velador aún encendida, cuando sin causa aparente, ni fuerza o energía alguna que lo provocara, el crucifijo que tenía colgado en la pared de la cabecera de mi cama se movió de lado a lado, en movimiento pendular, por unos segundos. 

De inmediato supe que era Eugenia, y que había muerto.  No hubo otro pensamiento que aflorara en mi mente.  Me quedé quieta, esperando otra señal, pero nada más ocurrió.  Como si ella estuviese ahí, le expresé mi cariño y la conmoción del curso.

El crucifijo era un regalo que nos hizo el colegio cuando terminamos la enseñanza primaria.  Medía unos treinta centímetros, y después de inspeccionarlo una y otra vez, no pude descifrar el origen de su oscilación.  Tampoco he podido comprender que se haya metido en mi cabeza la idea de que el corazón de Eugenia había dejado de latir, y que su alma había abandonado su cuerpo en ese preciso momento.  Fue como una revelación que venía de lo más profundo de mi ser y de mi conciencia.

Pasaron varios minutos, me negaba a admitir que ya no estaría con nosotros y que pasara a ser un recuerdo.  Desconcertada aún por la extraña experiencia, me acomodé en la cama y recordé tantas jornadas de amistad, risas y complicidades.  Como una película, fluían sus imágenes: leyendo frente al curso con su innata elegancia y encantadora sonrisa; repartiendo las calugas que su madre le hacía; o cuando se sorprendió al encontrar en su pupitre un papel con un corazón dibujado que decía “te amo” sin descubrir al autor.  Así estuve por largo rato, hasta que me dormí.

Fue la primera y única experiencia misteriosa e inexplicable que he tenido en mi vida.  Conocer, a través de un hecho que no tiene explicación, una verdad aún no descubierta me dejó por mucho tiempo haciéndome mil preguntas sobre qué ocurre en ese tránsito entre vida y muerte, y qué pasa con el alma. 

Tiempo después -siendo adulta- me he encontrado con libros que buscan esa respuesta, pero ningún autor ha vivido la muerte.  Hasta ahora, las explicaciones se pueden encontrar en la fe religiosa.  Al fin y al cabo, la vida misma es una experiencia religiosa. 

En los días siguientes, la comunidad liceana siguió abrigando la esperanza de encontrarlos con vida, reuniéndose para celebrar misas y oraciones.  Como yo tenía la certeza absoluta que Eugenia ya no estaba en este mundo, me mantuve a cierta distancia.  

No recuerdo los días que pasaron hasta que los encontraron.  El avión se estrelló, para luego incendiarse, dentro de un sector de bosque espeso.  Aquellos que no murieron calcinados, cayeron lejos de la aeronave, y murieron heridos y congelados.  

Aunque oficialmente nunca se pudo determinar el día que fallecieron aquellos pasajeros que resultaron heridos, estoy convencida que Eugenia murió esa noche, cerca de las 21 horas, del 17 de junio de 1963.  

Ha pasado mucho tiempo.  Pero aquí estoy, sesenta años después, contando esta enigmática historia y recordando a Eugenia, porque los amigos nunca olvidamos.  Además, y después de todo, ha sido la única persona -en este largo camino de mi vida- que ha tenido la gentileza de pasar por mi casa para despedirse de ese modo, antes de ingresar al coro celestial de ángeles dónde seguramente habita en la eternidad. 


viernes, 3 de febrero de 2023

El espejo ovalado


Lorenzo abrió la “Peluquería Loren” -como todos los días- a las nueve de la mañana. El salón se ubicaba en el primer piso de su vivienda, por lo que antes de desayunar, bajaba a abrir las cortinas y dar vuelta el letrero que señalaba “abierto”. Ese día, apenas abrió, el joven Francisco -apodado el marciano- ya había llegado.

Empezaba a llover, por lo que entró rápidamente, saludó, se quitó la boina negra, soltó su pelo aún mojado y se sentó en el sillón frente al espejo.

Lorenzo comenzó a cortarle su abundante cabellera, recordando que la atención anterior había ocurrido un día antes del trágico fallecimiento de su amigo de infancia, y ya habían transcurrido casi cinco meses. 

Estaban hablando del funeral, cuando se abrió la puerta interior del salón y entró Valeria con un mate en una mano y un termo en la otra. 

Francisco la miró con curiosidad a través del espejo ovalado que tenía enfrente y la siguió con la mirada en todos sus movimientos. Ella dejó el mate sobre una pequeña mesa y cuando giró su cuerpo, sus miradas se cruzaron a través del espejo del salón. Se saludaron cordialmente sin retirar las miradas que se detuvieron allí, por una eternidad. Valeria se sonrojó como sintiéndose culpable de algo y Francisco sintió acelerar su corazón.

No supo que más pasó. Cuando Lorenzo le volvió a hablar, Valeria ya se había retirado.  

Valeria era la hija menor de Lorenzo y tenía diecisiete años recién cumplidos. Era una joven muy bonita, dulce, cariñosa, de suaves modales y hogareña. Era la única hija que aún vivía con sus padres. Su hermano y una hermana ya habían dejado el nido para formar sus propias familias lejos del pueblo, cosa que ella había prometido jamás hacer. Nunca los dejaré solos, le decía a sus padres. Cuando tenía trece años, avisó a todo su círculo familiar que quería ser monja, pero cuando supo que debía estudiar para aquello, en la ciudad capital, cambió de idea. Un día quería ser profesora, otro día enfermera, pero jamás contadora como su hermana mayor. Lo que más le gustaba y disfrutaba, era adueñarse de la cocina e inventar recetas de todo tipo, aunque se inclinaba más por la repostería, siendo las galletas con calafate, sus favoritas. Cuando tenía quince años, una gitana le predijo que se casaría con un hombre extranjero que conocería en un viaje. Lo tomó tan en serio que deliró como tres días preguntándose si sería tan guapo como el actor James Dean, a quien amaba locamente, o como Paul Newman. En su desvarío, declaraba que tendría que garantizarle vivir en el pueblo, cerca de sus padres, porque nunca se iría a vivir a otro país, tendría cuatro hijos, todos seguidos para que no ocurra lo que a ella, que llegó tan atrasada a la familia que creció como hija única. Eso sí, ella misma criaría a sus niños, no como su hermana que delegaba la crianza de los suyos, en una mujer extraña que lo hacía por dinero, sin ternura y poca paciencia. No le gustaba aquello. No era justo crecer así.

Francisco había llegado a Chile en 1939, con siete años de edad, junto a sus padres y dos hermanos. Llegaron como refugiados de la guerra civil española, y ese mismo año se asentaron en el pueblo. Ahora, bordeaba los veintisiete y se había convertido en un soltero muy codiciado, de buena figura con recia y viril voz.  En el juego del deporte de los chismes, se tejían historias de amores y desamores con él, como protagonista. Le atribuían romances con señoritas decentes, otras no tanto, y hasta con la monja superiora. Verdad o mentira, poco importaba, había que entretenerse en algo porque en el pueblo ocurrían pocas cosas interesantes.

Pero la única verdad -porque así lo contaría años después el mismo Francisco- es que aquel día salió confundido de la peluquería. Algo raro le había ocurrido en el cruce de miradas en el espejo. Se sintió cautivado de tal modo, que pensó era ella -y sólo ella- la mujer que había estado esperando. Un apacible regocijo lo invadió. Luego, vino un estallido de emociones e ideas que iban y venían a gran velocidad, junto al deseo de gritar a los cuatro vientos que Valeria había cautivado su corazón, con sólo una mirada. Cuando volvió a su casa, buscó a Romeo. Romeo era su gato regalón y fiel confidente. Conocia de todas sus andanzas. Jamás lo había traicionado, porque con una lata de sardinas compraba siempre su silencio. Le contó que había conocido a Valeria: una chica hermosa, trigueña, de rostro angelical pero con mirada embrujadora, con grandes atributos físicos, cuerpo de guitarra, divina, divina. Romeo, que ya conocía esa avalancha de caricias en el lomo, mientras hablaba y hablaba, sólo esperaba por las sardinas.

Un corte de pelo cambia la fisonomía de una persona, pero el cambio de Francisco fue total. Se levantaba con energías desconocidas; trabajaba hablando a si mismo; modificó el nombre  de la canción “La Malagueña” y cantaba a todo pulmón: “ que bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas… besar tus labios quisiera, Valeria salerosa ”. Cuando se dio cuenta que sólo él podría estar viviendo todas esas emociones, recurrió a su amigo de infancia. Lo visitó en el cementerio para pedirle ayuda del más allá.  Recordó -junto a la tumba- los tiempos en que se consideraban  invencibles, guitarreaban y cantaban la canción “El Aventurero”, que habían adoptado como  himno porque los identificaba: “yo soy el aventurero, el mundo me importa poco. Cuando una mujer me gusta, me gusta a pesar de todo. Me gustan las altas y las chaparritas… ” Y le contaba que nunca más la había vuelto a cantar, porque eso de que “el mundo me importa poco”, podría tener algo que ver con su accidente mortal. Rememoró también, las largas conversaciones, en que se auto-convencían que el amor a primera vista o el amor romántico, no existía. Sólo se trataba de la atracción bioquímica natural de todas las especies y además, pasajera. Cuando salían en plan de conquista y apostaban quién sería el elegido, tenían un lema: será pasajero y jamás nos enojaremos. Pero ahora -le decía- ocurre que tengo comprometido mi alma, mi corazón, mis pensamientos y todo mi ser. Creo estar verdaderamente enamorado. Necesito que por favor me ayudes a ser correspondido. Te prometo que si mi primer hijo es varón, llevará tu nombre. Será un homenaje a nuestra sincera amistad. Estoy seguro que nunca volveré a tener un amigo como tú. 

De la euforia de los primeros días, pasó a un estado de angustia. No sabía cómo debía abordar a Valeria. Nunca la había visto en la plaza donde se juntaban las jóvenes en el atardecer. Después de devanarse los sesos inventando escenarios -como hacer guardia afuera de su casa- decidió que si la quería como esposa, debía partir haciendo todo bien. Tenía que pedirle permiso a Lorenzo para cortejarla, lo que no era una tarea fácil. 

Lorenzo era un militar en retiro que había aprendido el oficio de peluquero en sus años de servicio. Cuando se jubiló, tenía claro que debía hacer algo más que arranarse en un sillón. Barajó la posibilidad de emprender varios negocios que entonces le ofrecieron, pero pensó que lo más apropiado, era hacer lo que sabía hacer. Además, tener un espacio propio en su misma casa donde pudiese escuchar los tangos de Gardel, la música que le gustaba sin contrariar a nadie, atender a sus amigos y vecinos, jugar unas partidas de cartas, escuchar por radio los partidos de fútbol, tener a la vista las Playboys que debía esconder  para no ser tratado de viejo pervertido, era la mejor idea para vivir los años que Dios le regalaría. Remodeló su casa, compró el mobiliario y los artículos necesarios, y se instaló. El nombre que eligió, nada tenía que ver con una abreviación del suyo, como algunos creyeron. La llamó “Loren” por el amor platónico y los sueños eróticos que de vez en cuando tenía con la actriz italiana Sofía Loren. Buscó la colección de fotos que de ella guardaba en un baúl -porque su esposa nunca las permitió en el dormitorio- y armó un collage que colgó en la peluquería, que resultó en todo un éxito porque no sólo él amaba así a Sofía. 

Francisco llegó a la peluquería calculando la hora de cierre con una plática aprendida en horas de insomnio. Lorenzo quedó desconcertado, creyó que era una broma y se puso a reír. Su hija era aún una nena y así se lo hizo saber severamente. La conversación se volvió áspera. Lorenzo le enrostró los chismes de sus amoríos y le pidió que jurara por la memoria de su amigo, que no tenía hijos. 

Pasaban las horas y Francisco no lograba la aprobación que esperaba. Argumentaba una y otra vez que era un hombre trabajador, sin vicios -ni cigarros ni alcohol-, que su única pero natural debilidad -como todo joven varón- era la atracción que sentía por las mujeres bonitas, pero que a todas respetaba y a ninguna forzaba hacer algo que no deseaba hacer. Le explicó reiteradamente que el sentimiento por Valeria jamás lo había experimentado, era un sentimiento nuevo, noble y bueno, y prometía respeto. Se hizo un largo silencio. Lorenzo recordó la conquista de su propia mujer, el enojo de sus suegros que tanto los hizo sufrir, y se rindió. Lo invitó a almorzar el domingo siguiente para que Valeria tomara la decisión. Tenía plena certeza de que Valeria sería indiferente, porque era una ingenua nena que aún vestía a sus muñecas, no le atraía salir a fiestas, menos pensar en esas cosas, y siempre había dicho que se casaría cuando fuera mayor de edad. Estaba seguro de eso. Además, pensó que era mejor tenerlo bajo control, a que se las rebusque para acosarla en otros lugares, porque conocía su fama de conquistador. 

La madre de Valeria dedicaba su tiempo libre a tejer para sus nietos, bordar ropa de cama y algunas costuras. Valeria la acompañaba y ayudaba. Estaban juntas bordando un mantel blanco de granité -cada una en un extremo- cuando su madre le comentó que Francisco estaba invitado a almorzar; que la invitación correspondía a las pretensiones de conocerla con fines amorosos y le preguntó qué opinaba. 

Valeria se sorprendió, dio una larga y falsa puntada que pinchó su dedo. 

-La madre esperaba una respuesta pero Valeria no dejaba de chuparse el dedo y quejarse del pinchón de la aguja.

-Te hice una pregunta, le dijo.

Sin despegar la vista del mantel, respondió que le parecía bien. 

-¿Nada más me dices? Según tu padre, él tiene pretensiones serias y podría pedirte matrimonio. No creo que estés pensando en casarte tan joven.  

Valeria soltó el mantel y se enderezó, puso sus manos tras el cuello, bajo su largo cabello, para levantarlas al cielo y estirarse mientras su columna se arqueaba, y con una mueca -entre risa contenida y sonrisa- le respondió:    

-¿Por qué no? 

Su madre -que no esperaba esa respuesta- la quedó mirando detenidamente mientras Valeria se estiraba, advirtiendo cómo el cuerpo de su niñita se había transformado con tanta velocidad.  Observó incrédula cómo le había aumentado el busto,  y hasta ahora ni cuenta se había dado. Fue como si el tiempo -ese compañero inseparable de día y noche- que a todos persigue sin permiso y nos transforman tan sigilosa y lentamente, le estuviese dando una gran bofetada diciéndole: ya la hice mujer y la sigues mirando como nena. Fue un latigazo.  Se sintió avergonzada y la madre más tonta del mundo. Enojada consigo mismo, le arrojó en tono molesto y fuerte, la siguiente advertencia:

-Espero recuerdes lo que conversamos tiempo atrás. Al matrimonio se debe llegar virgen. De lo contrario te pueden devolver como una cajetilla de cigarrillos que no está completa. Nada de pruebas de amor porque estoy segura te las pedirá. Es un engaño que todos los hombres utilizan para después: si te he visto, no me acuerdo. Y éste, tiene fama de mujeriego. 

Valeria la miró extrañada. Nunca le había hablado en ese tono, pero su madre reaccionó de inmediato y le dijo que olvidara lo dicho, porque confiaba en ella. 

Valeria que ya no sabía cómo disimular la alegría que la desbordaba, se perdió del lugar. Tenía secretos que no estaba dispuesta a compartir.  A Francisco  lo  había visto jugar un partido de fútbol en la cancha del pueblo y desde ese día había estado averiguando de él.  A sus padres les contó el  curioso nombre del arquero. Le gritaban: ataja Marciano.  Su padre le aclaró que era un apodo, que se llamaba Francisco y otros detalles. No había sido casualidad llevar el mate aquel día. Ella había visto estacionar frente a su casa la inconfundible camioneta Opel azul que él conducía y rápidamente se arregló el pelo, el vestido, y salió con el mate y el termo. Cuando cruzaron sus miradas a través del espejo, sintió mariposas en el estómago y estuvo a un punto de desmayarse de emoción. Cuando Francisco se retiró, ella volvió para recoger un mechón de cabello que aún estaba en el piso. Se arrancó un mechón propio y junto al de Francisco, los envolvió en un pañuelo blanco que colocó bajo su almohada. Era un hechizo para enamorar. Se lo había enseñado su abuela cuando le contó que le gustaba un compañero de curso y no era correspondida, sólo que esa vez, nunca pudo quitarle ni una hebra de pelo. Ahora, estaba sorprendida y feliz que el hechizo funcionara. Francisco se presentaría, nada menos, que en su propia casa. 

El domingo llegó y Francisco se presentó muy elegante y perfumado con un obsequio para Valeria y otro para su futura suegra.

Lorenzo, sentado en la cabecera de la mesa rectangular, se dispuso a observar el comportamiento de su hija ante aquel galán, disfrutar de la indiferencia que le iba a propinar y el rotundo NO que le daría a sus tontas pretensiones. Pero no pasaron muchos minutos para darse cuenta de que había cometido un gravísimo error. Era cosa de ver el rostro radiante de Valeria. Para ella, sólo Francisco estaba en la mesa. Lorenzo habló muy poco. Su esposa llenó los silencios con acotaciones sobre la comida, las zanahorias del huerto, las gallinas, el tiempo y otras trivialidades. Apenas terminado el almuerzo se retiró amargado y con un gran peso encima. Debe ser el peso de la derrota, pensó. Nunca antes la había experimentado, al menos, no así. 

El retiro de Lorenzo le produjo a su esposa un alivio. Quería preguntarle a Francisco muchas cosas, pero su marido le había advertido que no fastidiara de ese modo porque ya habían tenido una larga conversación de hombre a hombre. Le puso más yerba al mate de la sobremesa y se dispuso a interrogar: 

-Dígame Francisco: ¿Por qué lo apodan “marciano”?

Francisco se puso a reír.  

-Ese apodo me lo gané en mi primer día de escuela cuando la profesora me presentó ante mis compañeros de curso. Me presentó como el compañero español y yo agregué en voz alta, que también era murciano.  

Todos me miraron con una risita escondida bajo sus manos. Pero así era, nací en Murcia, ciudad de España. Sin embargo, mis compañeros entendieron que dije “marciano” y así me llamaron y así me quedé.  No me molesta. 

Después de contar lo poco que recordaba de Murcia, pues vivían en Valencia cuando se desató la guerra civil, relató la tragedia que envenenó el alma del pueblo español y lo dividió en dos bandos. Fue un veneno que se esparció por todos los rincones, que llegó a muchas familias, también a la mía, sostuvo. Produjo una rivalidad irreconciliable con el hermano de mi padre, por eso decidió huir a Francia con todos nosotros. Empezaban a surgir en Valencia las denominadas “sacas” que eran grupos desquiciados que procedían al registro y saqueo de viviendas. Varios de los amigos y conocidos de mi padre terminaron prisioneros o fusilados en plena calle. Lo peor, es que mi padre sospechaba de su hermano. No confiaba en él, era un fanático insoportable.  En el ultimo encuentro que ellos tuvieron, se produjo una discusion tan fuerte, que si no llegaron a los golpes, fue  por la intervencion de su cuñada. Estando en Francia, se enteró de un barco que zarparía con refugiados a Chile y no lo pensó dos veces. Movió todos los hilos que tenía que mover hasta lograr los cupos para embarcarse. España se convertía en un horror, en una catástrofe humanitaria que se advertía muy difícil de reconciliar y reconstruir. Sólo había que marcharse, olvidar todo, rehacer la vida y el fin del mundo planteaba esa oportunidad.

La madre de Valeria -que poco entendía de los dolores de una guerra- siguió con el interrogatorio:    

-¿A qué se dedica?

-Usted sabe que mis padres empezaron con un pequeño almacén y luego instalaron el aserradero que hoy trabajan. Yo trabajo con mi padre y me encargo de repartir la madera que se vende. También tengo afición por la carpintería. Este afán empezó cuando tenía doce años y con restos de madera, hice un pequeño camión que mis compañeros elogiaron y lo cambié por canicas. Después hice otros, que vendí por algunas monedas. La monja superiora se enteró de mis habilidades y un día me preguntó si podía hacer un estante muy sencillo para ordenar libros. Después me pidió otros estantes y cuando tenía como veinte años, se le ocurrió que yo podía hacer una sala de clases. Eso me asustó, pero ella se comprometió ser la jefa de la obra y todo resultó muy bien. Buena jefa y buen aprendizaje. Me gusta mucho la carpintería,

-No es que crea en chismes, pero cuando el río suena… Dicen que tiene amores con hijos que se niega a reconocer, y que la monja lo besó, ¿qué hay de verdad….? 

- No tengo ninguna relación amorosa, ni hijos. Le doy mi palabra. Lo de la monja es verdad. Me dio un beso pero en la frente, no en la boca como han calumniado.  Ocurrió hace poco, cuando le entregué la puerta tallada de un mueble que me pidió. Ella hizo el diseño -un cáliz con una hostia- y nunca pensé lo iba a lograr tan bien. Quedó como si lo hubiese hecho un artista experimentado y era mi primer tallado en madera. Cuando lo vio terminado, ella dio un salto de alegría, me tomó la cabeza y besó mi frente. Mi frente. Estaba demasiado contenta. 

Pero no quiero seguir hablando de rumores mal intencionados. Quiero decir que hablé con su marido porque me interesa conocer a Valeria, le pedí permiso -y ahora se lo pido a usted- para invitarla a salir. Tengo buenas intenciones, se lo prometo.

-Es Valeria quien debe dar la respuesta. Tiene mi permiso y el de su padre, sostuvo.

Valeria que no había abierto su boca y parecía extasiada sobre una nube de algodón, en realidad no dejaba de observar cada detalle de Francisco. Estaba imaginando cómo acariciarían esas manos que movía al hablar, cuando escuchó que su madre le habló y sólo dijo: estoy de acuerdo. 

Seis meses después, anunciaban matrimonio. Un matrimonio sencillo, con la bendición de ambos padres y un almuerzo familiar en casa de los padres del novio.  

Antes del año, llegó el primer hijo a quien llamaron Juan Francisco, cumpliendo la promesa hecha a su amigo en el cementerio. Lo que entonces no sabían ni se imaginaban, era que en el firmamento había una fila de bebés deseando llegar a sus vidas. Se presume que Juan Francisco envió alguna señal de lo bien que lo recibieron sus padres y abuelos, porque se produjo tal alboroto de los bebés no repartidos, que la cigüeña encargada del sector, debió poner orden y formarlos. Los formó en fila india y elegió a quince bebés para el hogar de Valeria, calculando los años de fertilidad y reposo. Determinó que los llevaría uno a uno -no por partida doble o triple como ellos pedían- y que el criterio del reparto sería, cada vez que el último bebé entregado estuviese caminando con plena seguridad.  Para ello, cada cierto tiempo -en completo sigilo- pasaba a espiar si se cumplía el requisito, para entregar al siguiente.  Alcanzó a entregar nueve bebés, todos sanos y robustos: 6 varones y 3 niñas. Y cuentan que no pudo llevar al resto, porque cuando murió Romeo, a Francisco le regalaron un perro pastor alemán que -una noche que la cigüeña pasó a espiar- la enfrentó a ladridos, le dió un mordisco en una de sus flacas patas y la persiguió por todo el gran patio de la casa antes que pudiera emprender vuelo y escapar. Tanto se asustó, que no se atrevió a volver nunca más.

Si alguien piensa que Valeria vivió amargada, malhumorada o abatida criando tanto chiquillo, se equivoca. Era una madre dedicada, siempre alegre, organizada y preocupada de cada detalle de sus niños. Francisco era un apoyo entusiasta e incondicional en las tareas del hogar y de crianza. Por las tardes, tocaba la guitarra para que todos cantaran y bailaran, los hacia dormir leyendo o inventando cuentos y les enseñaba a rezar el “angel de mi guarda” para dormir protegidos. Formaban una pareja de aquellas que se dice: almas predestinadas para ser muy felices. Las condiciones materiales siempre fueron adversas, pero salvadas con ingenio y voluntad.

Era un gusto ver a todos los niños sentados en la larga mesa dando gracias a Dios por el alimento recibido; pidiendo permiso para retirarse a jugar cuando terminaban de comer; o salir con su padre tomaditos de la mano formando una escalera. Cada mañana, se detenía en su casa el carretón repartidor para entregar leche fresca. Las gallinas y los pavos se criaban en casa, igual que la huerta con zanahorias, lechugas y otras verduras. La vestimenta no constituía un problema porque se heredaba y reparaba: a los zapatos se les cambiaba la suela y los pañales se lavaban hasta que terminaban en hilachas.  

Los padres de Francisco acogieron a su nuera como a una verdadera hija. En las reuniones familiares, Valeria fue descubriendo el dolor de sus suegros lejos de su patria y la profundidad de la tragedia que los llevó a escapar. En cada encuentro su suegro les contaba cómo se estaba desarrollando la vida en su amada tierra y mostraba una carpeta con los últimos recortes de diarios y revistas que coleccionaba con noticias de España. Decía que lo único que podría salvar a Franco del infierno, era su neutralidad durante la guerra de Hitler. Respecto a su hermano, daba por hecho que se había alistado en la División Azul, para ir a morir congelado. Así lo había soñado: con uniforme y tirado en tierra nevada. Contaba los días esperando que Franco fuera derrotado para celebrar en grande. De pronto, la nostalgia lo invadía.  Necesitaba volver a recorrer las calles de Murcia, recordar su niñez y depositar un hermoso ramo de flores en la tumba de sus padres. Recitaba en voz alta “La cogida y la muerte” que sabía de memoria: “A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde…”   Era el poema que más le gustaba de García Lorca, porque señalaba un tiempo preciso, una hora determinada , ese instante o aquella hora que nunca se olvida.  Porque él, no olvidaba que, no fue a las cinco de la tarde sino a las cuatro de la mañana, cuando habían logrado cruzar la frontera. Estaba consciente de que a esa hora, podría haber encontrado la muerte, aunque ningún niño llevaría una sábana blanca, como señalaba el poema. En cada celebración de un nuevo año, y junto al brindis de champaña, repetía: éste año cae Franco.  Esa noticia no logró llegar porque cuatro meses antes de la muerte del dictador, él también partió de este mundo.

Tras la muerte de su padre, Francisco empezó a retomar la idea de volver a su tierra natal y cumplir el deseo de su padre que también era su deseo. Pensó que sería un merecido regalo para su amada Valeria que sólo había viajado lejos en pocas ocasiones: para visitar a su hermana y para despedir a su hermano cuando inició el viaje de instrucción como marino. Entonces, empezó a urdir un plan financiero y de negocios que ya tenía en vista, para concretar a largo plazo dicho propósito.

Cuando faltaba poco para que cumplieran treinta años de matrimonio, Francisco anunció a Valeria que celebrarían dicha ocasión con un viaje a Europa.

¿Primer destino? Sí... Murcia. La desdibujada Murcia en la memoria de Francisco, los recibió con todo su esplendor arquitectónico de pasados ​​siglos y gran modernidad. Luego visitaron Venecia, Florencia y no podía faltar Paris, la ciudad del amor. Fue en un crucero por el Sena, cuando Francisco, abrazado a Valeria, reconocería en voz alta -casi gritando al cielo para que lo escuche su amigo- que existía el amor a primera vista,  era romántico y lo había vivido por treinta años con igual intensidad.  Empieza con una mirada que trastorna el juicio.  Y si no me creen tengo un testigo cómplice:  un antiguo espejo ovalado, de marco dorado.