sábado, 26 de diciembre de 2020

El Diablo de Segovia

Leyendo El País, me encontré con una noticia curiosa que me ha hecho gracia e inspirado a escribir sobre ella. 

La noticia da cuenta del fallo adverso del Tribunal Superior de Justicia (TSJ) a la demanda interpuesta por vecinos de Segovia en España, que solicitaban retirar una estatua instalada en la ciudad.  

La estatua de la discordia no hace homenaje a algún héroe o personaje destacado, es una escultura del mismísimo diablo.  Sí, como lo leyó.

Desde que el ayuntamiento la instaló en Segovia,  las aguas están agitadas para alegría del demonio y el pesar de sus ciudadanos.  La población se dividió en dos bandos: a favor y en contra de su permanencia.  No es de extrañarse.  Eso es lo que hace el demonio: dividir. 

Los ciudadanos que están en contra de la escultura se movilizaron, juntaron más de diez mil firmas, presentaron una demanda al juzgado local, aduciendo que dicha estatua ofende sus sentimientos religiosos. 

Los vecinos que aceptan al diablo -la escultura-, argumentan que no se trata de aceptar una alegoría al mal, sino una obra que representa la leyenda del Acueducto de la ciudad.  Por ello, están de acuerdo con que se quede y señalan que, además, ha potenciado el turismo y el comercio.

Como no conozco Segovia, y para poder comprender los motivos que llevaron a levantar un monumento a este vil personaje, y entender los argumentos de sus partidarios y detractores, me puse a investigar.

En Segovia se encuentra el Acueducto más grande y mejor conservado de la época romana.  Se estima que fue construido en la segunda mitad del siglo I y comienzos del siglo II.  Tiene una longitud de 15 kilómetros.

En 1985, tanto la ciudad vieja de Segovia como el Acueducto, fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. 

Si bien la construcción del Acueducto se le atribuye al emperador romano Marco Ulpio Trajano, la leyenda dice otra cosa.

La leyenda cuenta que una niña subía todos los días hasta lo más alto de la montaña y bajaba con un cántaro lleno de agua.  Harta de aquello, le pidió al demonio que construyera algún medio para que no tuviera que subir y bajar todos los días con el cántaro.  Entonces, por la noche se le apareció el diablo y le concedió el deseo a cambio de que si conseguía terminar el acueducto antes de que cantara el gallo, ella  tendría que darle su alma.  La niña accedió, y el diablo comenzó a construir el acueducto.  Pero, arrepentida comenzó a rezar y para cuando el gallo cantó, faltaba colocar la última piedra.  El diablo fracasó, no lo terminó, y la niña salvó su alma.

Inspirado en esta leyenda, nace la idea de hacer una escultura del diablo.  Tiene sentido.  Las creencias son siempre más potentes que las evidencias. 

La obra es el aporte de un empresario y del artista escultor José Antonio Abella, a la ciudad.  La escultura fue donada en 2018, está hecha de bronce y mide 1,7 metros de altura.  Es un diablo moderno, está representado de modo sonriente, obeso, sentado pierna arriba, tomándose una selfie con un teléfono móvil.  No asusta a nadie.  Los turistas se fotografían sin problemas con este despreciable personaje. 

Después que el juzgado local rechazara la demanda para retirar la estatua, los vecinos insistieron ante el Tribunal Superior de Justicia, como última instancia. 

Pero el TSJ igual la desestimó argumentando que la escultura no ofende ningún credo religioso y no rompe la estructura urbana y arquitectónica de la zona. 

Los vecinos que entablaron la demanda están decepcionados de la justicia, no dan crédito a la decisión judicial, pero los que aceptan al demonio están contentos.  Ellos señalan que el TSJ no podía más que rechazar la demanda porque no ofende ni a Dios ni a la religión.  Queda claro -dicen ellos- que el poder de la oración de la niña, no permitió que el diablo se llevara su alma, y que Dios ganó esa batalla. 

Pero en términos legales, que son los que permitirán que la escultura permanezca en la ciudad, es evidente que ahora es el diablo  quien ganó.  Se quedará en Segovia, sentado pierna arriba, tomándose selfies con las almas incautas que se le acerquen para fotografiarse con él y todas esas fotos recorrerán el mundo entero alimentando su vanidad y soberbia.

Yo creo que el diablo metió su cola en los tribunales, como tantas veces lo ha hecho en el transcurso de la historia.  Usando su astucia y verborrea barata convenció a los jueces que ahora es un buen tipo; que lo hicieron de bronce y no se puede mover; que está obeso y permanecerá allí sentado y tranquilo adicto al celular; y que los segovianos no tienen nada que temer.  Debe haber prometido -una y mil veces- que no hará las maldades que le hemos visto hacer en otras ciudades del mundo.  Nosotros -en este lado del planeta- conocemos muy bien sus fechorías.  Lo hemos visto desplazarse en el estado de exaltación de la violencia,  quemando lo que encuentra en su desatada furia: iglesias, buses, todo, todo.

También ha metido su cola en nuestros tribunales permitiendo dejar libre a violadores y asesinos; se ha burlado con sentencias de clases de ética; con su cola enreda expedientes; se pierden evidencias y coletazo tras coletazo demora y atrasa los procesos judiciales.  Este tipo no es de fiar, pero si los jueces se dejaron engañar y no lo expulsaron de Segovia, allá ellos.  Es su problema.

Yo, le doy vueltas y vueltas a este caso.  Saber que está allí –aunque a miles de kilómetros- sentadito inocentemente, sonriéndole a todos, me tiene intranquila.  Y no es porque esté gordo, la comida chatarra tiene a la mitad de la población con obesidad; ni porque se presente con rostro sonriente, porque es sabido que con  amplia sonrisa se miente y estafa.

He descubierto que lo que me inquieta, es que haya cambiado el tridente por un celular.  Es eso, lo que no me gusta.  Desde la creación del mundo, miles de siglos, este personaje se ha paseado por la historia con un tridente en su mano.  Me resulta sospechoso el cambio, justo ahora que la humanidad transita peligrosamente por un destino incierto.  Todos sabemos lo que se puede hacer con ese aparato conectado a internet, y en manos del diablo mejor ni pensar. 

Se imaginan si llegara a vulnerar el sistema de seguridad de alguna gran potencia -ya ha ocurrido- no sería para robar datos.  La bomba atómica sería su objetivo, porque le gusta el fuego, grandes llamaradas destruyendo todo.  No olvidemos que su hábitat natural es el infierno.

También me preocupa la decisión de los jueces del máximo tribunal.  Igual como ocurre en todas partes, cuando entregan un fallo polémico, explican que han jurado fallar en justicia aplicando la ley y sólo la ley o como ellos la interpretan.  Y allí está el problema.  La interpretación.  Es cierto que no constituye delito tener un celular.  Pero un juez con más visión de futuro, más sagaz y con perspectiva se habría dado cuenta de la diferencia.  No es lo mismo un celular conectado a internet en manos de un ciudadano normal, decente y con valores, que en manos del diablo.  En manos de éste personaje, el celular pasa a tener la condición de arma tecnológica.  Y según la ley, las armas están prohibidas para la población civil.  Una sentencia justa habría permitido que el sujeto se quedara en Segovia, con el tridente que siempre lo ha acompañado, pero le hubieran incautando el celular.  Lamentablemente, eso no ocurrió.  Los demandantes tienen motivos para estar decepcionados de la justicia.

Como también es un artista del camuflaje y el engaño, les sugiero no confiarse de los mensajes que reciban por redes sociales.  No vaya a ser cosa que este diablo les mande mensajes seductores, ustedes se confundan con una conquista amorosa o novio virtual y entreguen su alma, sus claves y quizás que más.  

Ya es muy tarde, está sonando mi teléfono.  Es número desconocido.  ¡Dios mío!  ¿Y si es el diablo de Segovia que se enojó por ponerlos sobre aviso y quiere desatar su furia conmigo?  No contestaré.  ¡Ándate al diablo guatón  maligno!  En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo...  


sábado, 12 de diciembre de 2020

El Misterio del Níspero

No hay duda de que estamos llenos de misterios.  Misterios pequeños, y misterios grandes.  Cosas y situaciones que no tienen explicación.

El origen del universo –aunque existen teorías- sigue siendo el gran misterio que desvela y fascina a los científicos.  Nuestro planeta tierra, no se queda atrás con misterios sin resolver.  Así, el cine, la televisión y la literatura se inspiran en todo tipo de relatos para realizar obras de ciencia ficción. 

Hay misterios de todo tipo.  Misterios que se asumen con la alegría de un milagro, otros que preocupan e intimidan.

Misterios como el reciente vaciamiento completo en 36 horas del Lago Cachet II, en la región de Aysén o la aparición de un monolito metálico en las rocas rojas al sur del estado de Utah.

Misteriosas desapariciones de personas.  El teniente Luis Alejandro Bello, piloto que se esfumó en el aire en 1914, y que dio origen a la expresión popular “más perdido que el teniente Bello”; o nuestra alumna Hasper del Río, que en abril del 2008 salió de su casa rumbo al liceo, nunca llegó y hasta hoy nadie sabe qué pasó con ella.  

También los sueños son un misterio, más aún si anticipan sucesos que ocurren posteriormente.  Y he tenido sueños así. 

Objetos que surcan los cielos sin explicación, agujeros negros en el espacio, colapso de antiguas civilizaciones, misterios de vida extraterrestre, origen del Covid-19 y hasta alienígenas en el estallido social.

Misterios del amor.  Ese encuentro inesperado e inexplicable, en el lugar y el día menos pensado, que todo lo cambió.

También hay misterios financieros.  El caso de los Panama Papers; las misteriosas fortunas en paraísos fiscales; y el caso del pequeño comerciante de abarrotes de un diminuto pueblo, que llegó a tener una cadena de supermercados, casino y holding inmobiliario.  Mejor no sigo... 

Pero seguiré, porque todo este preámbulo, es para contarles el misterioso misterio que me ha ocurrido.  No piensen que es una historia de ciencia ficción.  Es real.  Aunque antes, un poco de contexto.

Cuando cursaba la enseñanza preparatoria, mi profesora Rossy MacKay –no olvido su nombre por la marca de galletas- nos enseñó la vida de las plantas en una clase de botánica.  La comparó con la vida animal, y cuando afirmó que también se alimentan pero sin boca ni estómago y respiran sin nariz ni pulmones, yo quedé desconcertada.  Eso, no lo sabía y no lo había advertido.  Empecé a observarlas con detención.  Dentro de mi casa había una begonia que poco me había interesado.  Se la habían regalado a mi madre, haciendo alarde de sus hojas de dos colores: verde el haz y rojizo el envés.  En el patio, una huerta, con acelgas, zanahorias, lechugas y hasta una melga de frutillas.  Era el mundo de mi padre, que mantenía cercado, lejos del trajín nuestro y de Rex, el pastor alemán que nos custodiaba. 

Comprender que las plantas también son seres vivos, cambió mi mirada hacia el mundo vegetal.  Desarrollé una relación cercana, de simpatía y protección.  Me ofrecí para regar la begonia y cuando la profesora nos dio la tarea de confeccionar un herbario, a cada planta que le arranqué una hoja, le solicité su permiso.  Logré recolectar y clasificar casi todas las diferentes formas de hojas: lanceoladas, elípticas, lobuladas, acorazonadas.  Un herbario muy completo, según mi profesora, que conservé hasta cuando me vine a estudiar al norte.

Pero hubo una tarea de la clase de botánica, que terminó por sellar mi fascinación por la naturaleza y vida de las plantas, que perdura hasta el día de hoy.  Consistía en hacer germinar un grano de trigo, observar su desarrollo en el tiempo y registrarlo.  La instrucción era: colocarlo en un algodón humedecido -que no debía secarse- dentro de un vaso transparente y cerca de una ventana. 

Recuerdo ese experimento con especial cariño.  La inquietante espera de la germinación y aparición del brote me tuvo ansiosa, pero disfrutando la experiencia.  El trigo germinó y creció.

Una mezcla de fascinación y embrujo por las plantas y la naturaleza se apoderó de mí.

Me entusiasmé, y con la venia de mi madre, llené la ventana de la cocina de tarros conserveros con semillas de manzanas, guindas, cerezas, y cuanto fruto llegó a mi boca.

Era mágico.  De un día para otro, las pepitas enterradas decidían  asomarse a la vida.  Unas, lo hacían con timidez y recato; otras, con total desparpajo.  Cuando alcanzaban los 20 centímetros, recurría a mi padre.  Era difícil sacarlas por los bordes filosos y dentados del tarro.  Él, con su tijera de cortar latas, los abría y me ayudaba a trasladarlas cuidadosamente a una nueva cama.  Las que no se atrevían a salir, quedaban sumergidas en la oscuridad, mientras les rogaba que se atrevieran sin miedo, porque me comprometía a cuidarlas.  Mi madre, a modo de consuelo, me señaló que la germinación de las semillas era una cuestión del milagro de la vida, de la voluntad de Dios, y de una cuota de misterio que existe en todo el universo.

Esa afición -para alivio de mi madre con tanto tarro en la ventana- me duró hasta que otros intereses llegaron a ocupar mi tiempo.

Pero con satisfacción, puedo decir que le di existencia a guindos, manzanos y cerezos que habitaron en mi patio y en patios vecinos. 

Como la vida es cíclica -los viejos volvemos a ser niños-, ahora que estoy jubilada y con el tiempo a mi favor me dedico con entusiasmo a cuidar las plantas de mi jardín y retomé el afán, costumbre o manía, de sembrar pepitas de frutales.

Tengo casi una obsesión con ello.  Observo diariamente la tierra en la maceta y disfruto el momento que germinan.  Las acompaño mientras crecen y van acomodando sus hojas en busca de luz y rayos de sol.  No me deja de asombrar y maravillar el sutil movimiento que realizan -casi imperceptible- para recibir la energía del universo.  Para mí, es el poder de la vida y la expresión misma de Dios. 

Por ello, no me sorprenden los estudios de más de veinte años de Stefano Mancuso -neurobiólogo vegetal- que concluyeron que las plantas sienten, observan y escuchan con todo el cuerpo, resuelven desafíos, memorizan y se comunican.  Y, comparto con Ricardo Rozzi -biólogo y filósofo- que parte de la soledad y carencia existencial del ser humano, se debe a que rompimos nuestra relación con la naturaleza.  Para mantener nuestra salud sicológica, mental y física, como para no perder la alegría de la vida, nos recomienda dialogar con ella.  Entonces pienso: ¿cómo hemos construido las ciudades, poblaciones completas sin áreas verdes, y con tanto cemento? pero no es lo que deseo contar ahora.

Cuando mis semillas germinan y se asoman al escenario de la vida, las felicito, les transmito mi compromiso de cuidado, buena tierra y suficiente agua.  Aquellos diminutos árboles saben que cuando grandes, irán a vivir a campo abierto, protegidos de vacas y ovejas, porque tengo claro que no pueden huir, y vivirán quietos y en silencio imperturbable las inclemencias del clima.

Volviendo al misterio que quiero compartir, sucedió en el verano del 2015.  Compré –en la feria de Rahue- unas deliciosas ciruelas amarillas de la zona.  La  reacción instantánea que tuve al probarlas fue: quiero tener este ciruelo, sembraré las pepas. 

Busqué el macetero apropiado, compré tierra de hoja desinfectada y las sembré.

Brotó sólo una, de las seis pepitas.  Contenta de tener otra variedad de ciruelo, lo acompañé en su crecimiento.  Dos cosas me llamaron la atención: la estructura de sus hojas -grandes en comparación con otros ciruelos- y que no las perdiera con la llegada del invierno.  Un jardinero opinó que esa planta era un palto.  Busqué la morfología del palto y no.  No era un palto.  Pasé varios días investigando variedades de ciruelos y sus características, hasta que la razón me dijo: si sembraste una semilla de ciruela, brotó un ciruelo.  Caso cerrado.

Después de cinco años, el ciruelo lucía hermoso con unas enormes hojas largas y onduladas y, una copa redondeada.  Una planta muy bonita, digna de ornamentar un jardín y tan alta que ya era tiempo de llevarla a su hogar definitivo.

Llegado el otoño, le dije: misterioso ciruelo, que te vistes de modo extravagante, ha llegado la hora de salir de la maceta que te aprisiona.  Irás a vivir tu propia vida en libertad y en el lugar prometido.  Te dejaré junto a manzanos, guindos y hermosas plantas nacidas igual que tú, de éstas, mis manos.  Ellos te acompañarán y alegrarán tus días.  Yo, a pesar de mis años, confío que llegaré a degustar tus frutos.

Elegí llevarlo un día nublado que prometía lluvia.  Estaba preparando la tierra cuando   llegó a saludarme el vecino.  

-Que lindo está el níspero, me dijo.

¿Es un níspero, está seguro? Le pregunté.

-Claro que estoy seguro.  Mi cuñado tiene varios en su parcela del norte.

Rápidamente busqué en Wikipedia; todo indicaba que era un níspero.

Sin aceptar aún el bochornoso descubrimiento, decidí cambiar el lugar y dejarlo más cerca de un ciruelo.  No quería perder la ilusión que se reconociera con su especie y asumiera de una vez por todas, la identidad que debía tener según las reglas de la lógica elemental. 

Lo trasladé y miré nuevamente a cierta distancia.  Mientras yo lo examinaba vacilante y perpleja, se levantó una leve brisa.  Hizo gala de su descollante majestuosidad cimbrando lentamente sus grandes hojas.  Era como si se inclinaran para pedirme perdón y dijera: no estés triste, disfruta mi belleza, y no tengas dudas que vivirás la alegría de gozar de mis frutos. 

Éste es, el misterio que quería compartir.

Porque les confieso que, en pleno uso de mis facultades mentales y con certeza absoluta, sembré seis pepas de ciruelas amarillas, grandes y carnosas en tierra limpia y no logro comprender que haya brotado -nada menos- que un níspero. 

Y, como no encuentro respuesta razonable, ni quiero vivir con la duda permanente de este enigma, me he convencido que el espíritu de todos los frutales, arbustos y plantas a quienes les he dado nueva vida, se confabularon para gastarme esta broma y pudiese así, escribir esta historia.



viernes, 26 de junio de 2020

Reflexiones de Charlie

En el transcurso de la historia muchos de mis congéneres se han destacado, ocupando páginas noticiosas de algún diario o revista.  Se han hecho famosos ya sea como actores, por fortunas que han heredado, como líderes políticos, o por los personajes que los criaron y mimaron.

No sé si han oído o conocen la historia de Bob.  Él fue  un gato callejero que vivió en Londres.  Un día, un joven músico llamado James Bowen lo encontró herido al llegar a su hogar.  Lo atendió, lo adoptó y pronto se convirtieron en una sorprendente pareja artística e inseparables compañeros.  Vivieron tantas y extraordinarias anécdotas, que James decidió escribir una saga de libros, inspirados en Bob.  “A Street Cat Named Bob”, fue éxito de ventas, traducido a varios idiomas, y llevado al cine, donde el mismísimo Bob participó como actor. 

Les cuento esto, porque esta mañana me enteré que Bob falleció.  La noticia recorrió el mundo, y emol.cl la publicó en nuestro país.  Si bien nunca nos conocimos -lo vi una vez en internet- teníamos cosas en común: al igual que él, fui rescatado de la calle y también  inspiré a mi mamiau.  Ella tiene un blog donde escribe historias, y tituló una: “Mi gato es un político”, donde yo soy el personaje principal.

Aunque no quedé del todo contento con el título -pues ya nadie quiere que lo tilden de político- me conformé pensando en la posibilidad de que, al igual que Bob, pudiese llegar al cine y lograr fama internacional.  Pero hasta ahora, nada de eso ha ocurrido.  Los lectores de su blog, aunque han traspasado las fronteras, no se han interesado por traducir la historia a otros idiomas, y ni pensar en que Pablo Larraín o Quentin Tarantino quisieran convertirla en un film o un cortometraje. 

He perdido toda esperanza de protagonizar una película.  Sé que tengo buena facha para ser actor; actuaría con mis propios atributos.  Soy diferente a Bob: no tengo ese horrible color zanahoria y no presumo de colocarme bufandas.  Mi estilo es otro.  Soy un gato mestizo, con características de la raza American Wirehaire, pero con un suave y semi-largo pelo.  Mi cuerpo es atigrado y mis patitas son blancas, como si usara guantes y botas.  Mi pecho y la punta de mi cola también son blancos.  Soy un gato muy hermoso, y mucho mejor que Bob.  Mamiau dice que la conquisté con la mirada de mis hermosos ojos verdes, por los que tiene una debilidad emocional, pues su primer amor así los tenía. 

La muerte de Bob me tiene inquieto porque se produjo antes de los catorce años de edad, y yo ya tengo doce.  Me refugié en mi lugar favorito a dialogar conmigo mismo y reflexionar.  Hasta ahora, nunca me había planteado la idea de la muerte.  Siendo un gato tan listo, no entiendo cómo había ignorado algo tan obvio.  Soy heredero de las pertenencias de Sarita, la gata que me antecedió en este hogar y que está sepultada bajo la azalea del jardín; es decir: la cama de mimbre, el plato de comida, la caja de arena, los juguetes y las sábanas.  No me creerán, pero después de más de once años viviendo en esta casa aún no me compran sábanas nuevas y debo dormir con unas de color rosado: toda una humillación para un gato macho como yo; porque aunque castrado estoy, clara y firme tengo mi identidad.

Tengo un buen vivir y el buen vivir no da lugar a pensar cosas tristes.  La muerte no está en el horizonte si tienes una vida placentera.  Nadie conversa de eso, siempre es un tema tabú porque nadie sabe qué ocurre después.  Los humanos piensan que su alma viaja al cielo si se han portado bien, de lo contrario desciende a los infiernos.  Pero los gatos no tenemos alma, según ellos…  Es probable que Bob, lleno de gloria y fama, tampoco pensara que un día iba a morir. 

He estado enfermo, pero nunca de gravedad.  Llegué a esta casa, no herido como Bob, pero con una condición complicada: gingivitis.  Esto ha significado que en los últimos años deban hacerme limpiezas dentales, con ultrasonido y qué se yo, porque me anestesian y no sé de mi vida.  Pero siempre ocurre en el mismo lugar, con la misma bruja con cara de sapo a quien me gustaría darle unos zarpazos en el rostro, de no ser que me inmovilizan entre dos. Y así me duermo para despertar con un diente menos en cada ocasión.  Ya van cuatro menos. 

Averiguando cuantos años vive un gato, me enteré que en promedio viven doce.  Se me erizó la cola.  Pero, que bien cuidados, pueden llegar hasta quince y hasta se han reportado casos en que han llegado a los veinte años. 

Confieso que estoy muy bien cuidado.  Mamiau me regalonea tanto que a veces abuso de su cariño.  Con cuatro dientes menos ha cambiado mi alimentación.  Todo debe ser blando, paté de pescado con atún y galletas remojadas.  A veces, no quiero comer hasta que mamiau me toma en brazos y me da la comida como a un bebé.  Sé que me quiere y yo la quiero.  Los gatos también tenemos sentimientos y sabemos retribuir el cariño recibido, y por eso esquivamos a los humanos de malos sentimientos.  Ronronear es nuestra manera de decir: te quiero…y yo le ronroneo todos los días acurrucado a su lado o sobre sus piernas. 

Si ese día llega, como a Bob le llegó, escribo estas líneas para dejar testimonio y decirle que es la mejor mamiau que pude tener.  Ya sé que me sepultará bajo el Dafne del jardín, y que siempre me recordará como el gato más hermoso que pudo tener…




miércoles, 15 de enero de 2020

Rebelión adolescente

Los estudiantes que quieren postular a una carrera universitaria deben enfrentarse a una selección que les permita acceder a ella.  Se trata de la Prueba de Selección Universitaria, conocida como PSU. 

Pero, la PSU tiene varios detractores que consideran -entre varias falencias-, que acentúa la brecha entre grupos socio-económicos.  Así lo señala el Informe Pearson del año 2013, y las opiniones del rector de la Universidad Central (en carta al Diario La Tercera el año 2014), del rector de la Universidad Diego Portales (en su columna de este Domingo en el Diario El Mercurio) y del rector de la Universidad de Los Lagos (hoy en el Diario Austral).  

Para los estudiantes secundarios, el fin de la PSU ha sido una demanda histórica.  Desde el 2006, en que iniciaron movilizaciones para mejorar la educación pública, vienen pidiendo un cambio al sistema de ingreso a las universidades, sin resultado alguno.

Este año, y producto del estallido social y la violencia no controlada, la autoridad postergó la PSU en dos ocasiones hasta que definió como fecha final este 6 y 7 de Enero.

Las organizaciones de estudiantes secundarios consideraron que era el momento oportuno para medir fuerza y protestar nuevamente.  Llamaron a suspender la PSU, denunciando que la autoridad quería mostrar una normalidad que no existe en el país.  De lo contrario, hacían un llamado a boicotearla; y lo hicieron.

Lo que ocurrió fue un lamentable, triste y bochornoso espectáculo: los estudiantes intentando impedir el derecho de sus pares a rendirla, y las autoridades endosándose públicamente la responsabilidad por la evidente falta de seguridad.

Esto me hizo recordar un episodio vivido cuando era profesora del tercero B el año 1985, y que les quiero contar.

Eran tiempos de recurrentes manifestaciones callejeras contra la dictadura militar.  En mayo de 1983 los trabajadores del Cobre llamaron al primer  paro y protesta en dictadura, a los que en forma espontánea se sumaron amplios sectores de la sociedad.  Desde esa fecha, las manifestaciones no pararon.  El año 1985 fue trágico, intenso y también esperanzador: un terremoto  dejaba en ruinas la zona central; un integrante de la Junta Militar debió renunciar por la investigación del caso de los degollados en Quilicura; los profesores volvíamos a elegir a los dirigentes -hasta entonces designados- del Colegio de Profesores; reaparecían las peñas folclóricas; a gimnasio lleno se presentaba Quelentaro en el Colegio San Mateo; la sociedad civil se organizaba; y la televisión comenzaba a informar… mejor. 

Sin embargo, los alumnos de secundaria estaban ajenos e ignoraban  la contingencia política y social.  Eso creíamos.  Después de todo, era una generación que había crecido  bajo la dictadura: que en sus años de escuela básica habían desfilado  orgullosos cada 11 de Septiembre celebrando la liberación de la  patria; seguían cantando cada lunes la tercera estrofa del himno nacional; nada sabían de educación cívica; se decía que no estaban ni ahí; y los profesores que deslizaban  algunas críticas al sistema, lo hacían como en el desierto, sin feedback.

Pero en el tercero B de 1985, la situación era algo diferente.  En mi calidad de profesora jefe conocía información familiar, económica y social de mis alumnos.  Los primos Javier y Hernán, que pertenecían al curso, tenían sus vidas marcadas por la dictadura: sus padres eran exonerados políticos.  Y como experimentaron la desesperanza de sus padres, al perder su trabajo sin oficio ni profesión, competían por ser los mejores alumnos del curso.  Se distinguían por su curiosidad intelectual y amor por la lectura.  Mientras sus cuerpos manifestaban los primeros signos de la madurez biológica, las emociones se columpiaban al vaivén de las olas del mar,  el intelecto, con recia voluntad, se alimentaba de todo conocimiento e información a su alcance.  Hoy son  destacados profesionales universitarios.  

La cuestión es que, en una de esas llamadas a protesta nacional del año 1985, Javier y Hernán decidieron que debían actuar y lograron convencer a todo el curso que los apoyara.  El modo elegido fue atrincherarse en la sala después de un recreo, sin dejar salir o entrar a nadie. 

Recuerdo que cuando llegué a la sala, tenían la puerta cerrada y afirmada con bancos, sillas y nadie respondía.  Después de unos minutos -por debajo de la puerta- apareció un papel donde comunicaban que se quedarían allí, que era una toma de la sala en adhesión a la protesta nacional para poner fin a la dictadura militar; y comenzaron a tirar panfletos por la ventana -hechos por ellos mismos-, gritando consignas  contra el régimen.

La voz corrió por todo el establecimiento y se armó una increíble batahola.  Hasta entonces, no había antecedentes de una acción similar en liceos de la  comuna.  El director, después de intentar sin éxito ingresar a la sala, llamó a reunión a su  equipo, yo incluida  en calidad de profesora jefe, y seguramente principal sospechosa.  Escuché de todo: buscar los adultos responsables –porque seguro alguien incitó esa acción-, llamar a los apoderados, suspensión con pena máxima, ubicar los cabecillas y separarlos de curso etc, etc, etc.  El director, que era un hombre sensato, decidió esperar.  Conversaría con los alumnos al día siguiente porque yo garantizaba que la toma sería sólo por ese día.  Aún pienso por qué lo hice... 

Terminada la jornada de clases y pasadas unas horas, los alumnos entregaron la sala sin problemas y sin daños.  Todo en orden, como que aquí nada ha pasado.  Pero, pasó… 

A la siguiente convocatoria de protesta nacional de 1985, el Liceo completo no volvió a las salas después del recreo.  Los gritos de “y va a caer” retumbaban por todos los rincones.  Javier y Hernán se habían elevado a la categoría de ídolos,  algo así como el ché Guevara o Martin Luther King.  Y aunque ellos ya no eran responsables de la protesta, se desplazaban con una aureola de respeto y admiración, principalmente de las jóvenes.  Violeta Parra y Víctor Jara resucitaron en espontáneos guitarreos; conocí las canciones de Los Prisioneros, y el patio se inundó de música y jolgorio.

La más compungida fue la inspectora general.  Su principal preocupación: que se enteraran las autoridades superiores.  Era información que no debía salir del Liceo.  Nada anormal ocurría.  Y si el alcalde o el DAEM se enteraron, no fue por el canal oficial.  Después de todo, ella era la responsable del orden y la disciplina escolar, y dato no menor: se jugaba el cargo designado.  

Pero en ese tiempo, los alumnos querían a su Liceo y aunque no obedecían nuestras órdenes para ingresar a la sala, sí nos respetaban.  Y la protesta, o más bien la jornada de cantos y de sacar la vuelta, terminaba cuando las puertas se abrían para regresar a sus hogares.  Los inspectores de pasillo o los profesores, porque no tenían autoridad sobre los alumnos, eran señalados como responsables, y así la recriminación caía en punto muerto.  Pero, al día siguiente, las clases continuaban con normalidad.  Olvidábamos lo ocurrido, re-calendarizábamos las pruebas y más de alguno aprovechaba la instancia de entablar un diálogo con sus alumnos, intentando educarlos para una democracia, que sentíamos que más temprano que tarde, llegaría.  Ningún daño que lamentar.  Nada de nada.  Perdón, en el baño no quedaba rincón sin  garabatos para el General, curiosamente, similares a los que hoy veo escritos en las  calles de mi ciudad….

¿Similitudes?  Adolescentes en masa desafiando la autoridad y haciendo uso de su incipiente autonomía. 

¿Las diferencias?  Varias y ya expuestas.  Además, no teníamos como Liceo un petitorio que atender, ni ellos años que esperar…

lunes, 18 de noviembre de 2019

Mi alumno Jorge

Corría el año 1973.  Eran tiempos de efervescencia política.  Había ganado  la presidencia del  país –años antes- un socialista, y por vía democrática.  Algo inédito e imperdonable para un mundo polarizado por la guerra fría.  Los chilenos estaban divididos entre upelientos (partidarios del gobierno de la Unidad Popular) y momios (los contrarios).  Los periódicos tomaban partido.  El Clarín sacaba portadas extravagantes.  El Mercurio miente, decía un cartel colgado en el frontis de la Universidad Católica.  En los liceos, los centros de alumnos se elegían por listas políticas. Todo un caos social, político y económico.

Yo tenía 25 años y trabajaba en un liceo técnico profesional que funcionaba en tres jornadas: mañana, tarde y vespertino.  La matrícula del liceo era alta, con más de mil alumnos, y la jornada vespertina tenía cada vez más demanda.  Si bien la sociedad estaba convulsionada  y la economía era un desastre, había un genuino despertar cultural que se manifestaba en el creciente interés de la población más postergada por la educación y la cultura en todas sus dimensiones.  Cuando el gobierno tomó la  determinación de poner el libro al alcance de todos, y creó la Editora Nacional Quimantú, los profesores -en general- valoramos esa política cultural.  Clásicos de la literatura universal llegaron a los kioscos de periódicos y revistas, a precios módicos. 

Mi jornada era parcial, sólo doce horas pedagógicas.  Atendía tres cursos de secundaria: dos en la mañana y uno en la jornada vespertina.  Mis alumnos de la jornada vespertina –mayoritariamente de sexo masculino- oscilaban entre los 20 y 50 años de edad.  En general, trabajadores dispuestos a terminar la enseñanza secundaria con un título técnico que les permitiera mejorar sus condiciones  laborales.  Eran choferes, artesanos, cantores populares, empleados del comercio, carpinteros, dueñas de casa, electricistas, obreros y dirigentes sindicales.  Mujeres y hombres  sacrificados, de trabajo duro, afirmando la esperanza de un mejor vivir y un país mejor.

Mi falta de experiencia con alumnos adultos desarrolló en mí tal inseguridad que me volví obsesiva-compulsiva en la preparación de mis clases.  Cuidaba cada detalle y cronometraba el tiempo.  No debían quedar tiempos muertos.  Deseaba entrar a la sala, hacer la síntesis de la clase anterior en diez minutos, desarrollar el contenido y las actividades programadas para esa instancia, que todos entendieran, no quedaran dudas y que la campana sonara justo en el minuto final.

Entre los alumnos de la jornada vespertina -del año escolar 1973- se encontraba Jorge.  Tenía algo así como treinta y dos años, muy buen físico, pelo oscuro, nariz aguileña, cejas gruesas y tupidas,  un bigote al estilo Chaplín y un deseo ferviente por ser mi amigo.

Cuando llegaba el recreo, Jorge me seguía al pabellón principal como si fuese mi escolta.  Allí funcionaba la inspectoría general, donde debía quedar el libro de clases, que ocuparía el siguiente profesor.  La distancia entre la sala de clases y el pabellón principal, eran alrededor de cien metros.  Recorría esa distancia con Jorge a mi lado, preguntando algo que no entendió, halagando mi clase, pero siempre hablando y hablando y yo, tratando de avanzar con mis tacos altos que me impedían acelerar el tranco en un piso de baldosas brillantes. 

Esa escena, con él a mi lado hablando, murmurando cerca de mi oído, ocurrió por largo tiempo.  Yo diría que desde que se incorporó al curso, que no fue en Marzo, como el común de los alumnos, sino a mediados de Mayo. 

Tan repetitiva y agobiante se volvió esa rutina, que un día decidí conocerlo y saber qué pasaba por su loca cabeza.  Para ello, me quedaba en la sala todo el recreo y enviaba el libro de clases con el inspector del pasillo.

Alrededor de la mesa del profesor, con Jorge, Eliana y otros alumnos que se acercaban nos quedábamos conversando los veinte minutos de recreo y a veces más tiempo, si el siguiente profesor no llegaba.  Pronto pasamos de hablar de los temas de la clase, a hablar de otros.  Compartíamos ideas, íntimas aspiraciones, y por supuesto, discusiones de la contingencia política sin que faltara el cigarrillo  conseguido en el mercado negro, por uno u otro varón del curso.

Descubrí que Jorge -hasta entonces mi odioso escolta-  tenía una simpatía arrebatadora, era carismático, divertido, contaba buenos chistes e increíbles historias.  Nos contó que era buzo de profesión, se había formado y vivía en Iquique, y ahora se desempeñaba como instructor en Bahía Mansa.  Por eso –me explicó- llegaba generalmente atrasado y se ausentaba con frecuencia.  Pero que no me preocupara, porque Eliana, su compañera de pupitre le prestaba los apuntes y se ponía al día.  Su esposa y dos hijas –cuyas fotos lo acompañaban en su billetera- seguían en el norte, donde pretendía retornar a fin de año. 

Nos describía las profundidades del mar con pasión y poesía.  Tenía un afán por conocer gente porque se sentía muy solo en este lugar del mundo.  Quería saber todo de sus compañeros de curso y de los otros cursos.  Le intrigaba el inspector de pasillo con su pelo largo colorín, figura de quijote, y su andar pausado y vigilante por las salas.  Me preguntó varias veces por  él, pero yo sólo sabía que en el día, era un estudiante de la sede de la Universidad de Chile. 

Tanta curiosidad tenía por todo, que al poco tiempo de conocernos ya sabía de mi, más de lo que yo conocía de él.  Sabía dónde vivía; quién era mi novio y dónde trabajaba; quiénes eran mis padres, y otras cosas similares con las que gustaba de sorprenderme.  Con la vanidad propia de mi juventud, llegué a pensar que estaba interesado en mí, y por eso se empeñaba en investigar mi vida.  Una idea que inflaba mi ego femenino y que disfrutaba secretamente. 

No recuerdo el día preciso que Jorge –muy serio- me pidió conversar en privado; y tenía que ser ese día.  Solo recuerdo que fue a fines de Agosto.  Hacía poco habíamos estado polemizando de la “funa” que le hicieron las mujeres del escalafón de oficiales al general Prats.  Como en todo el país, las opiniones a dos bandas: entre que eran viejas ociosas, momias y pitucas; y otros señalando que había sido una buena acción para que se ponga los pantalones.  Prats renunció días después y el presidente nombró al general Pinochet en su reemplazo.  Todo eso había ocurrido sólo días antes que Jorge me pidiera hablar en privado. 

Pedí al inspector del pasillo que me cediera su minúscula oficina para conversar con Jorge.  Estaba intrigada, asustada y curiosa por saber de qué se trataba.  Si me declaraba su amor, como creía que iba a suceder, no sabía cómo debía responder.  Jorge era encantador, pero no me gustaba.  Lo quería sólo como amigo.  Estaba segura de aquello.  Además, odiaba sus bigotes de cepillo dental.  Le tenía cariño y no quería herir sus sentimientos.  Mi cerebro funcionaba a mil y buscaba las palabras adecuadas como respuesta.  Entré a ese cuchitril, pensando y pensando cómo salir airosa sin que Jorge sufriera, que hasta llegué a sentir vértigo.

Era viernes. Nos sentamos frente a frente en una pequeña mesa con sillas escolares.  Él habló primero.  Me dijo que el domingo regresaba definitivamente a Iquique; que estaba contento de haberme conocido; que era muy buena profesora y que por todo eso, me quería hacer un regalo.  Me entregó una caja cuadrada envuelta en papel color rosa, que portaba en su bolso. 

Quedé aturdida.  Me había pasado una escena romántica increíble y allí estaba, sentada como una idiota sin saber qué decir.  Me miraba de modo extraño y por segundos sentí que estaba leyendo mis pensamientos con esa intensa mirada.  Rápidamente reaccioné y le pregunté por qué no esperar hasta el término del año escolar.

Siempre me llamaba con el nombre de profesora.  Pero esta vez, respondió llamándome por mi nombre y acercándose por sobre la mesa dijo: ya no cuidaré mi secreto.  Y, en voz baja pronunció: soy militar.

No entendí de inmediato.  Más bien dicho no entendí, hasta como diez años después.

Con cara de incredulidad y con una risita tonta –para liberar el peso de mi estupidez- le pregunté por qué me decía eso.  Se río.  Es que soy buzo, pero buzo táctico del ejército, sostuvo.  Pensé que me tomaba el pelo y le dije: los buzos son de la Armada, estás mintiendo.  Estás equivocada, el ejército también los tiene.  Soy buzo táctico del ejército y regreso a Iquique.

Convencida que sólo trataba de impresionarme con esa historia y para reponerme de tan gran chasco,   decidí abrir el regalo.  Era una estrella de mar disecada de cinco brazos,  textura granulada, y color naranja.  Nunca había tenido en mis manos algo así.  Me contó que no tenían sangre ni cerebro (yo tampoco, pensé) y que sus ojos eran una mancha roja ubicada al final de cada brazo.  Entre avergonzada y emocionada, por la noticia de su partida, agradecí el regalo.  Nos despedimos con un abrazo lleno de cariño.  Lo vi salir con paso firme por el largo pasillo y nunca más nos vimos.

No tuve tiempo de echarlo de menos.  El golpe militar se produjo días después y las clases estuvieron suspendidas por un breve tiempo.  Regresar a clases fue complicado.  Experimentaba una montaña rusa de sentimientos y emociones por el desenlace político  del país.  El pupitre de Jorge y Eliana estaba vacío, otros también.  La sala olía a desconfianza.  Yo estaba en funciones.  Otros fueron despedidos.  Del inspector colorín, nunca más supe.  Sólo quedó en su cuchitril un banderín de su equipo de futbol favorito colgado en la pared, que Jorge advirtió con entusiasmo el día que estuvimos allí. 

Años más tarde –como diez- cuando ya no existía la jornada vespertina y estaba sentada en el hall del liceo, vi pasar a  Eliana a la oficina del Director.  La esperé a la salida.  Después de saludarnos, pusimos al día nuestras vidas: no volvió a estudiar por razones personales; su hija menor era ahora mi alumna; y sí tenía noticias de Jorge. 

Jorge no volvió a  Iquique en la fecha que me dijo.  Efectivamente era militar.  Eliana lo vio patrullar su población después del golpe: conducía un vehículo con soldados armados.  Ella mantenía aún decepción y enojo, y también culpa.  Le había contado secretos que conocía de sus compañeros que –coincidencia o no- fueron detenidos.  Era un mentiroso, un espía infiltrado, me dijo.

Retrocedí en el tiempo.  Até cabos.  Era muy probable que hubiese sido un agente de inteligencia.  El ejército los tiene.  Aunque no puedo afirmarlo.  Lo que sí puedo afirmar, es que después del golpe militar y por algunas semanas, hubo personal del ejército infiltrado en algunas salas de clases de la jornada vespertina.  En mi clase, hubo un joven teniente. 

viernes, 1 de noviembre de 2019

Octubre

Octubre es un mes que me agrada.  En latín significa “ocho meses” pero es el décimo mes de nuestro actual calendario.  Me gusta Octubre porque, en este lugar del planeta, estamos iniciando la primavera y el intenso frío del invierno inicia lentamente su retirada.  Florece la camelia de mi jardín, los pensamientos, cardenales, azaleas, y las lilas de color blanco y lila.  La naturaleza comienza a expresar su generosa belleza bajo un sol tibio y prolongado.  Llegan a los mercados las frutillas, duraznos, espárragos,  papas nuevas y habas. 

Fue un día de Octubre el elegido para casarme.  Se celebra en este mes el día mundial de los animales; día del profesor en mi país; y tres de mis buenas amigas tienen cumpleaños en Octubre. Todas ellas del signo zodiacal Libra,  que aman el equilibrio y la belleza, igual que la Virgo que yo soy. 

En Octubre también ocurrieron hechos registrados en la historia universal: en Chile, con un lápiz y un papel derrotamos la dictadura de Pinochet; en Portugal derrocaron al rey y establecieron la República; en Paris, los ciudadanos marcharon hasta Versalles para protestar ante el rey por falta de alimentos; y en Rusia se produjo la revolución bolchevique, llamada Revolución de Octubre, por desabastecimiento de combustibles y alimentos.

Pareciera que algo tiene este mes asociado al deseo de justicia y libertad.  Porque ahora –el 17 de Octubre- mi país se remeció.  De tanto caminar con un saco a cuestas lleno de deudas, angustias, burlas, problemas y malos tratos, los ciudadanos se cansaron y dijeron ¡Basta!.  El alza de $30 en el Metro de Santiago produjo una rebelión, un estallido social nunca visto, que se ha extendido a todo el país con marchas multitudinarias pidiendo transformaciones al modelo político y económico.

El poder político quedó descolocado.  Como si nunca hubiesen conocido los estudios e informes que la academia venía publicando desde hace tiempo: hay problemas urgentes que solucionar porque se está incubando descontento social. 

También la televisión venía realizando programas de denuncia: de abusos, desfalcos, impunidad, colusión, fraudes y justicia desigual.

Sabíamos de las penas de cárcel para unos y clases de ética para otros.  Todas las instituciones desprestigiadas: iglesias, policía, fuerzas armadas, congreso, poder judicial, registro civil, sociedades de todo tipo para evadir impuestos, empresas coludidas, empresas privadas dueñas del agua, y suma y sigue…

El gobierno quedó aturdido; la clase política también; la primera dama pensó en una invasión alienígena; y no hubo   conducción por largas horas.  El presidente era fotografiado en una pizzería, mientras vándalos  destruían y quemaban estaciones del Metro de Santiago. 

Luego, reuniones urgentes en La Moneda.  La delincuencia se había desatado.  La televisión mostraba los saqueos a tiendas y comercio en general.  Los militares a la calle, y toque de queda para la población. 

Pero la ciudadanía siguió en las calles en marchas familiares y pacíficas pidiendo lo negado por tanto tiempo.  Un millón doscientas mil personas en la marcha más multitudinaria de la historia de Santiago.  ¡Impresionante! También impresionantes las manifestaciones en todas las regiones del país.

Después de un cambio de gabinete ministerial, la ciudadanía sigue aún en las calles pidiendo nueva Constitución, mejor salud, jubilaciones dignas, educación de calidad, recuperar el agua,  no más TAG, no más AFP, entre tanta demanda no atendida.

Se cancelaron dos cumbres internacionales agendadas en Santiago para estos días: APEC y COP25.

Nadie sabe qué pasará y cómo terminará esta protesta social. Las élites empresariales están preocupadas y asustadas. Prometen mejorar salarios y también se reúnen. Los políticos cambian el discurso. Ya han transcurrido quince días y la ciudadanía no cesa de manifestarse.

Yo –como todos los ciudadanos- quiero una pronta definición gubernamental para responder a las justas demandas.  Todos  entendemos que las soluciones no son inmediatas.  Pero queremos ver, sentir y apreciar verdadera voluntad de cambio, ese que  hasta ahora no se vislumbra con claridad. 

¿Quién diría que Octubre sería el mes de la rebelión incubada por tanto tiempo?

domingo, 6 de octubre de 2019

Frida

Hay historias difíciles de contar.  Esta es una, y la viví muy de cerca.  Mientras me detengo a pensar cómo iniciar este relato y cómo hilvanar la historia, miro hacia el jardín.  El dafne ha florecido.  Me sorprende cuánto ha crecido.  Hasta no hace mucho, era sólo una pequeña patilla que enterré en la mullida tierra y que cuidé con dedicación y esmero. ¡Cuánta fragancia despliega hoy! Segura estoy que ha superado en follaje, belleza y aroma a la planta matriz.  Debería pasar algo así con nuestros hijos.  Ellos son nuestra inmortalidad y como leí alguna vez “nosotros entregamos de mejor grado el emborronado manuscrito de nuestras vidas a las llamas, cuando vemos que el texto inmortal ha aumentado una mitad, en una copia más hermosa”.

No fue así para Frida con su hijo Joel.  Llevaba casada cuatro años y tenía una hija de tres, llamada Analía.  Como matrimonio habían decidido postergar la llegada de otros hijos, hasta terminar la construcción -a punta de esfuerzo y ahorro- de su primera casa.  Por eso, cuando Frida se percató del atraso menstrual de dos semanas, se asustó.  Recurrió a cuanta hierba con propiedades abortivas le sugirieron.  Las tomó por una semana –mañana, tarde y noche-  sin éxito, hasta que decidió suspenderlas y aceptar la voluntad de Dios, porque en ella también nacía el deseo de ser madre otra vez.  Cuando nació Joel, bello y sano con todas sus partes como correspondía, terminaron los miedos que acompañaron la gestación y dio gracias al Cielo.  Sin embargo, el primer llanto de Joel la descolocó y la remeció emocionalmente.  Fue tan potente y desgarrador que creyó era el reclamo por lo que pretendió hacer.  Desde ese momento, una culpa inmensa –de la que nunca se pudo liberar- se instaló como una espina en el inconsciente de Frida.  Joel  nunca más lloraría, allí estaría ella para mitigar cualquier sufrimiento, y jamás le daría un no por respuesta.

Conocí a Frida más que nadie.  Fui su mejor amiga y confidente.  Supe de sus secretos, anhelos, amores y dolores.  Era  encantadora, con un alto sentido del orden y la limpieza, y muy  preocupada por la educación de sus hijos.  Pero tenía un defecto que siempre me molestó.  Nunca iba de frente.  Si me quería decir algo medio complicado, lo ponía en boca de otro o daba mil vueltas.  Cualquier conflicto o discrepancia la amedrentaba, y la dejaba desvalida y temerosa.  No los sabía enfrentar.

Con todos sus exámenes médicos al día,  una molestia en el bajo vientre la llevó al médico una tarde de marzo.  Frida tenía un cáncer muy avanzado y no había nada más que hacer.  Cerró sus ojos una mañana de mayo del mismo año.  Todo fue vertiginoso.

Aunque Frida lucía bien físicamente, yo sabía que desde la muerte de su marido, su vida se había convertido en un caos.  Había cometido tantos errores y ya no tenía la fuerza ni el coraje de rectificar y detener lo que no supo parar a tiempo.  Me siento acorralada y sin salida, me dijo una vez.

Todo empezó con la adolescencia de Joel.  Un joven atractivo y con mucho potencial, que así de repente entró en rebeldía con todo.  Le ahogaban las normas,  no quería seguir estudiando.  Decidió abandonar su hogar para vivir de vagabundo, recorrer el país sin un centavo en los bolsillos, recurrir a la caridad de la gente y embriagar su conciencia con marihuana.  

Fue el primer gran golpe al corazón de Frida y la primera vez que la vi llorar por él, de tantas otras. Pasó noches desvelada pensando en las necesidades que podría estar pasando y los peligros que le acechaban.  Soñaba recurrentemente con él, pero   ningún contacto, ni carta, ni telegrama. ¿Qué hice mal? Se preguntaba.  Y ambos esposos se culpaban: que eres muy duro y lo criticas mucho; no, es que tú lo malcrías y mimas demasiado.  Y así era, ella le ocultaba a su marido todas las granujadas de Joel. 

Cuando Joel dio por terminada sus andanzas se presentó una mañana en casa de sus padres con doce kilos menos, el pelo sucio y enmarañado hasta más abajo de los hombros y una larga barba que lo hacía ver mayor, pidiendo que lo recibieran porque estaba muy arrepentido.  El corazón de Frida se descongeló y disparó mil melodías de amor en un abrazo eterno. Son errores de juventud le dijo a su marido.  Pero éste puso condiciones.  Lo recibía sólo si seguía  estudiando, y sin que Frida lo supiera, hizo gestiones para que ingresara al servicio militar, en el programa especial del ejército para estudiantes.

Terminado el servicio militar, Joel ingresó a la universidad a estudiar pedagogía.  Todo iba bien. Faltaba sólo un semestre para finalizar la carrera y Frida ya pensaba en la ceremonia de titulación –en qué le regalaría, cómo la celebraría y las fotos que quería tomar para el álbum familiar- cuando Joel dio un gran golpe: anunció que abandonaba sus estudios. Se lo dijo primero a ella.  Frida quedó desconcertada y le pidió los motivos.  Lo que dijo rayaba en la inmadurez e infantilismo.  Frida se preocupó entonces por la salud mental de su retoño, pero él se veía bien, saludable y contento.  Su marido no se sorprendió.  Hacía tiempo que observaba la inmadurez de su hijo y temía que fuera uno de esos hombres incapaz de gestionar su propia vida.  Tampoco le gustaban las reacciones iracundas frente a cualquier problema o dificultad, situación que él llamaba cobardía y su mujer sensibilidad.  Pero Frida lo convenció que había que apoyarlo.  Le ofrecieron costear un cambio de universidad, gestionar el ingreso a las fuerzas armadas, empezar otra carrera y hasta compraron un automóvil para que lo trabajara de taxi.  Nada.  Era como hablar con una piedra.  Su padre volvió a poner condiciones.  Tendría que trabajar.

Por sus conocimientos y pasión por la música -aunque sin saber tocar instrumento alguno- consiguió trabajo como programador musical en una incipiente radioemisora de música selecta.  Pasado un tiempo, le propuso matrimonio a su polola y ex compañera de carrera. 

Frida, se resignó.  Su amado hijo formaría su hogar y sus expectativas de verlo convertido en un importante catedrático, habían sido sólo una quimera. 

Los dolores del alma se apaciguaron con el tiempo y  la llegada de los nietos.  Primero un varón que le dio su hija, y luego la hermosa hija de Joel.  Fue un periodo muy feliz para Frida.  Casi todos los domingos y fiestas especiales, reunía a sus hijos con sus nietos en largos almuerzos con mate incluido.  Ella siempre contenta y dispuesta a disfrutar cada momento, de reír con el ingenio de sus nietos, y darles y recibir su cariño.

El trabajo tenía contento a Joel.  Había encontrado su vocación.  Programaba y escuchaba la mejor música, y además le pagaban.  A la empresa también le iba bien.  Más auspiciadores, más publicidad.  Todo sobre ruedas. ¿Qué más pedir? Pero transcurridos unos años, un nuevo directorio reestructuró la emisora.  Contrataron un nuevo programador y a Joel le asignaron otras funciones.  No aceptó y renunció.  Frida quedó helada con la noticia.  Se preguntaba qué pasaría.  Tenía una hija que educar y si bien su mujer trabajaba, el presupuesto familiar obviamente se iba a resentir.  No te preocupes, le dijo Joel.  Ya encontraré algo.

Pero su amado hijo, nunca más volvió a trabajar.  Cada vez que nos juntábamos, Frida no hacía otra cosa que quejarse de la flojera de Joel.  Pero yo sabía que eso era sólo un decir, porque le encantaba que Joel la visitara todas las tardes.  Disfrutaban las películas que ella arrendaba como si fuesen dos adolescentes.  Además, Joel era su chofer para ir de compras y salir a pasear.

Sin aportar al presupuesto familiar, la relación matrimonial de Joel empezó a naufragar.  No por las quejas de su esposa, sino por las de su hija que empezaba a transitar hacia la adolescencia, y se avergonzaba que su padre fuera un holgazán.  Ya no era grato llegar a casa.  Su hija no le hablaba y su mujer muy poco.   

Pero Joel tenía una carta bajo la manga.  Un nuevo amor llegaba a su vida.  Una antigua amiga lo  ilusionó con una vida llena de bienestar y comodidades como él soñaba, y sin pensarlo mucho  se fue a vivir con ella.  La nueva nuera le prometió a Frida hacer feliz a Joel, levantar su espíritu de superación ya que la infelicidad matrimonial  lo tenía deprimido, sin ilusión ni esperanza.  Ese fue su diagnóstico y Frida lo compartió.  Pero se equivocó.  Antes del año, su nueva nuera se presentó una tarde con dos maletas conteniendo las pertenencias de Joel y comunicó a Frida que no podía seguir viviendo con un hombre así.  La relación había terminado.  Joel volvía ahora a vivir en casa de sus padres.

Joel vestía siempre impecable y tenía buena estampa. Muy preocupado de proyectar una imagen de persona perfecta y admirable, exhibía una amabilidad y afectividad exagerada, pero carecía de todo compromiso.  Para mí, era sólo un monstruo de finos modales.  Pero la familia y los amigos no lo veían así, y hacían notar la diferencia entre sus hijos: Analía era demasiado seria, y por el contrario Joel era pura simpatía.  

De regreso en casa de sus padres -ahora mayores- Joel se mostró diferente.  Frida creyó que estaría avergonzado y abatido por el fracaso de su relación amorosa.  Después de dormir hasta pasado el medio día -por sus largas veladas televisivas hasta la madrugada- Joel solía invitar a caminar a su anciano padre.  Eran largas caminatas que tenían una doble intención.  La rutina se prolongó por tiempo, hasta que el marido de Frida se fastidió por las incesantes peticiones de Joel: quería le traspasara a su nombre, una propiedad habitacional.

Frida quedó desconcertada.  Su marido, aunque de avanzada edad, estaba lúcido.  Si se molestaba con las demandas de Joel, habría que poner atención.  Ya había notado el malhumor en Joel, pero lo atribuyó a su orgullo herido.  También había advertido que alguien hurgaba en sus cosas personales. La invadió la duda. No quería que Joel conociera de sus ahorros: la libreta bancaria la guardó en casa de su hija y devolvió la tarjeta de crédito que Analía tenía a su nombre, ya que Joel conocía su clave y ella no sabía cambiarla.

Con esa preocupación en mente, despertó de súbito en su cabeza una pregunta que anteriormente le habría hecho su nueva nuera, la cual no supo responder: ¿por qué Joel no soportaba al hijo de Analía? Su nieto era un joven estudioso, extrovertido y muy cariñoso con sus abuelos.  Recientemente había ingresado a la universidad a estudiar ingeniería.  Frida comenzó a observar,  recordar, y con dolor se percató que Joel estaba celoso de su sobrino.  Su marido y su nieto tenían una hermosa relación, con largas pláticas, y no exenta de complicidades.  Su marido veía con enorme satisfacción como su nieto se convertía en el hombre con los atributos que él soñó desde que lo vio nacer.  Con orgullo contaba los pequeños logros del joven a quien quisiera  escucharlo.  Eso indignaba a Joel.  Nunca había hablado así de él.  Ni con tanto entusiasmo o devoción.  Nunca escuchó que su padre se sintiera orgulloso de él.

Frida era once años menor que su marido, quien ya había cumplido los ochenta y dos.  Seguramente partiría antes que ella, y no estaba dispuesta a asumir la responsabilidad de administrar los bienes que habían adquirido.  Buscaba ser ecuánime.  Consideró conveniente repartir los bienes en vida, y así lo propuso a su marido.  Se haría bajo la modalidad de venta, de un modo justo y equitativo.  Se quedarían sólo con el inmueble que habitaban.  Su marido estuvo de acuerdo, y puso una condición.  Traspasaría directamente a su nieto su propiedad más querida: la que había heredado de sus padres.  No tiene sentido, dijo Frida.  Es hijo único e igual llegará a sus manos. El insistió: es mi regalo para el primer ingeniero de la familia.  Encargaron a Analía arreglar los trámites, pero Frida exigió que Joel no se enterara.  Si la repartición es justa y él va a recibir lo suyo, no tiene sentido que lo mío sea secreto, dijo Analía.  Frida respondió: cuando tu padre o yo no estemos en este mundo, ahí se enterará Joel.  No quiero que suceda antes.  Así, Joel creyó que sólo él recibió bajo esa figura legal dos inmuebles, y que los otros tres -incluida la casa de sus padres- formarían  parte  de los bienes de la sucesión.

Frida enviudó tres años más tarde.  Cuando Analía observó que Joel tenía proyectos para con los inmuebles que suponía como masa hereditaria, le recordó a Frida que debía sincerar la realidad.  Debes contarle la verdad o lo haré yo.  Frida entró en pánico y le pidió tiempo.  Si decía la verdad, Joel se disgustaría, y eso la afligía.  Si Joel  tenía proyectos con esas propiedades, igual lo iba a saber.  Estaba aterrada y angustiada.  No sabía cómo salir airosa, sin que Joel se enojara con ella.  En su desesperación encontró la peor salida: mentir.

Le dijo a Joel, que su hermana había llevado a su padre engañado a una Notaría para que le traspasara por venta ciertas propiedades, y que ella nunca estuvo de acuerdo.  Joel no pudo haber creído esa versión, porque en un matrimonio de sociedad conyugal la esposa debe dar su consentimiento y firmar.  Joel se enfadó, y mucho; y como hacía siempre, le dejó de hablar.  Aún en duelo, vulnerable y desesperada por la soledad, Frida resolvió entregar a Joel, bajo la figura de venta, sus derechos de cónyuge, de la propiedad que se habían reservado.  Pocos días después, Joel era dueño de esos derechos y Frida ya nada tenía. Nada. Porque Joel hizo inventario de los bienes muebles que también recibió por venta.

Frida omitió esta parte de la historia.  La supe tiempo después y por casualidad.  Iba a retirar unos exámenes médicos cuando me encontré con Analía, quien venía saliendo de una consulta médica.  No la veía desde el funeral de su madre.  La invité a tomar un café para conversar.  Me contó que estaba en terapia psicológica.  

Aunque Analía, siempre fue muy reservada, ese día estaba dispuesta a desahogarse conmigo.  Sabía de mi amistad con Frida  y que conocía la historia de Joel.  Así empezó el relato:

-Son tantas cosas incomprensibles que ocurrieron desde la muerte de mi padre, sostuvo.  Seguramente sabes que Joel me echó de la casa de mis padres.  Y lo hizo en una escena estudiada y premeditada delante de mi madre, quien no movió un músculo ni dijo palabra para detenerlo.  Fue terrible.  Al día siguiente y a escondidas de Joel, llegó mi  madre a mi casa llorando desconsolada, pidiéndome perdón, que Joel estaba loco.  Tuvimos una fuerte discusión.  Le advertí que mi hermano estaba tomándose atribuciones que no le correspondían y que lo echara, antes que sea demasiado tarde.  Joel la manipulaba emocionalmente y ella estaba consciente de aquello, pero no entiendo por qué lo permitía.  No me gustaba verla llorar y la perdoné.  Puesto que se me impedía llegar a su casa, ella me visitaba frecuentemente en mi trabajo.  Se quedaba largo rato conmigo, yo le mostraba en el computador las fotos y correos que mandaba mi hijo y conversábamos de todo un poco. Intentaba hacerla reír.  Pero era evidente su sufrimiento.  No sé cómo Joel no lo advertía.  Ninguna madre es feliz así.  Yo la veía a veces como un zombi.  Tenía miedo le fallara el corazón. Nunca pensé en un cáncer. 

Le expresé que Frida me había contado muy afectada que sus hijos se habían peleado, pero nada más.  Y que me llamó la atención, porque siempre me contaba todo con lujo de detalles.  Ella continuó:

-Los celos de Joel son enfermizos.  Pero no es conmigo, es con mi hijo.  Eso creo.  El psicólogo me ha dado algunas pistas y pienso que es así.  Cuando no hay realización personal, los celos y la envidia son frecuentes.  Me  duele mucho que a toda la familia y amigos les contara que yo había engañado a mi padre para quedarme con sus bienes.  A otros les dijo que  yo estaba loca y andaba hablando tonteras.  Y eso no se hace, me dijo. 

Yo la escuchaba estupefacta, sabía cuan flojo era Joel y cómo manipulaba a Frida, pero llegar tan lejos, me parecía increíble. Pero había más:

-¿Supiste que me quiso golpear? Afortunadamente estaba mi hijo en casa, quien lo empujó.  Perdió equilibrio, cayó al suelo y se esguinzó la muñeca. Puso una demanda contra él, y a todos les dijo que lo agredió.  Eso fue muy fuerte para mi madre.  La puso entre él y su nieto.  Pero lo peor, ocurrió cuando mi madre estaba hospitalizada.

En ese momento ambas estábamos emocionadas.  Sólo yo me había servido el café y Analía continuó: 

-Joel ha entrado en un estado tan carente de valores que cuando mi madre estaba hospitalizada, la utilizó para engañarme.  Ella me llamó desde el hospital, para pedirme una alta suma de dinero para un procedimiento hospitalario.  Según me dijo, el dinero debía depositarlo en la cuenta de Joel.  Como tuve dudas, me fui al hospital muy temprano a verificar si ese pago se debía hacer.  Era mentira.  Cuando iba saliendo de la oficina con los documentos solicitados en la mano, que acreditaban la farsa, Joel iba llegando al hospital y me vio.  Apuró el tranco y se fue a la sala hospitalaria donde estaba mi madre.  Cuando llegué, había una visita y Joel tenía el rostro desencajado. Sabía que mi madre se iba a enterar del engaño.  Rápidamente llamó a la enfermera.  Apenas alcancé a saludar a mi madre, cuando la enfermera ya estaba en la sala.  Con los ojos desorbitados se atrevió decir a la enfermera que mi madre no quería mi presencia, que era una extraña, que le hacía daño y que debía retirarme.  Yo quedé atónita.  No pude articular palabra.  Sentí que el corazón se me detuvo.  Que se vaya esa mujer, que se vaya, decía desenfrenado y en voz alta.    

Pero Frida ¿Qué hizo, qué dijo? Le pregunté.  Analia continuó:

-Sentada en la cama hospitalaria, miró a Joel.  Estaba blanca como un papel, la mandíbula le temblaba, los ojos vacíos sin expresión.  La enfermera le preguntó si eso quería.  Ella asintió con la cabeza y bajó la vista. Me quise morir.  Era mi madre.  Me estaba negando.  Otra vez me fallaba.  Estaba consciente y en sano juicio.  Le quedaba tan poca vida y se volvía cómplice de una acción tan miserable.  No podía entenderlo.  Me emocioné, di media vuelta y me retiré decidida a no volver a ver -a ninguno de los dos- nunca más en mi vida.

Tomé sus manos y guardamos un largo silencio.  Le conté que la última vez que fui a ver a su madre después que estuvo hospitalizada, Joel no se movió de la sala y no nos dejó a solas ni por un minuto.  Eso me llamó la atención.  Parecía que Joel hubiese tomado el control de la casa y de ella.  Fue todo muy raro.  Analia continuó:

-Tú sabes cómo mi madre amó y consintió a mi hermano.  Ella me quería, pero Joel eran sus ojos.  Era un amor a prueba de todo, pero no correspondido. No era recíproco.  Si la hubiese amado no le habría dado esa pena: tener a sus hijos enemistados.  En toda su vida, no le dio más que dolores de cabeza.  Por no ver sufrir a mi madre, intenté dialogar con mi hermano, pero se burlaba de mí.  Nunca supe y hasta hoy aún no sé, el por qué de su enojo.  Hasta pienso que los celos también son conmigo.  Una vez el psicólogo me dijo que la historia de la humanidad comienza cuando Caín mata a Abel por celos.  Pero ahora, con el intento de estafa ya no más.  Traspasó todos los límites.  Lamentablemente mi hermano es un sinvergüenza.  Si hasta tuvo la desfachatez de  acogerse a la ley de reparación económica para exonerados políticos de la dictadura.  Engañó nada menos que al fisco y consiguió ese beneficio.  Es una remuneración mensual de por vida.  Es de no creer.

Pero estuviste en el funeral, eso quiere decir que la perdonaste, le dije.  Cogió la taza de café, ya fría, y continuó:

-Cinco días antes de su muerte –y a escondidas de Joel- mi madre me mandó a buscar con su empleada.  Yo estaba decidida a no volver a verla.  Había empezado mi terapia y tenía claro que Joel era un perverso manipulador y ella su víctima.  Pero la empleada estaba decidida a no volver sola: ya no le queda mucho tiempo en este mundo y no deja de llorar, me dijo.  La fui a ver.  Estaba en cama.  Su rostro lucía demacrado.  Levantó sus brazos cuando me vio y empezó a llorar.  Me acerqué, la abracé y me acosté a su lado.  Perdóname hija, por favor, me repetía.  También lloré.  Lloré por mí, lloré por ella, lloré mucho.  No la recriminé por su actuar en el hospital.  Tampoco le dije del engaño de su hijo.  Se fue sin saberlo.  Nos despedimos.  Sin rencor, sin nada que reprochar.  En paz con lo vivido.  No la volví a ver con vida. 

Quedamos en silencio.  Analía terminó el café y  continuó:

-Muchos años atrás había comprado una sepultura familiar, pensando en mis padres.  Allí están los dos.  El día de su muerte, su empleada llamó a mi oficina para avisarme, mi hermano ni siquiera tuvo ese gesto.  Suspendí una reunión que tenía esa mañana y me fui al baño.  Allí me encerré.  No quería salir, no quería ver su cuerpo inerte y una fuerza extraña me detenía.  Me miré al espejo y no me vi llorando como estaba, sino que el rostro apacible de mi madre se deslizó fugazmente de derecha a izquierda por el ancho espejo.  Quedé esperando se repitiera, pero nada pasó.  Dejé de llorar, me lavé la cara y mojé mi pelo.  Entonces decidí ir a verla.  Me sentía conmovida pero muy confundida.  Joel estaba con ella y me preocupaba cómo iba a recibirme, ya me había intentado  agredir.  Me demoré en llegar.  La empleada abrió la puerta.  Pasé directo al dormitorio donde yacía su cuerpo.  Mi hermano estaba en la sala.  Después de unos minutos, llegó al dormitorio.  Pensé que me abrazaría, necesitaba ese abrazo.  No.  No hubo ni saludo.  Nada.  Indiferencia total con mi pesar. También era mi madre. Con arrogancia y por sobre su cuerpo muerto, Joel estiró el brazo derecho para entregarme el carné de identidad, para los trámites funerarios.  Quedé tiesa, petrificada.  Su mirada fría me provocó inquietud y quise arrancar a toda velocidad.  No quería estar allí.  Sólo quería desaparecer y no hacerme cargo de nada, dejarlo solo.  La sepultura es mía.  Sería mi venganza.  Es un ser despreciable; lo merecía.  Pero… allí estaba el cuerpo de mi madre y no lo hice.  Mientras yo escogía la urna y contrataba el servicio funerario, él estaba en un cajero automático sacando el dinero de mi madre y no para pagar el servicio funerario.  Eso también lo pagué.  Desde ese día nunca más hemos hablado.  Lo he visto en la calle pero no me da la cara.  La esposa de Joel llegó ese día a acompañarlo y nunca más se fue.  Se reconciliaron y ahora viven juntos.  Cuando los veo me pregunto si ella sabe realmente quién es su marido y  todo lo que hizo.

Empezaba a oscurecer.  Quise decirle que estaba segura que a su madre la traicionó un sentimiento de culpa respecto de Joel; que inconscientemente fue prisionera de esa emoción; que por eso lo sobreprotegió sin límites convirtiéndolo en un ser egocéntrico, tirano y despiadado. Pero no correspondía.  Analía estaba en terapia y debía recuperarse.  Era una buena mujer. 

Las culpas son sentimientos dolorosos, destructivos y muchas veces falsos e infundados.  Estoy segura que a Frida eso le ocurrió, y así se desató esta tragedia.