miércoles, 20 de octubre de 2021

Verano de 1960

Cuando mi padre llegó a casa aquella tarde jugando al misterio y me pidió los mapas que se guardaban arriba del ropero, no pensé que estaba a punto de cumplir mi sueño.

Eligió el mapa de Chile.  Lo desenrolló sobre la mesa de la cocina y me dijo: la próxima semana zarparemos desde este punto -señalado en el mapa- y llegaremos a este otro, a la casa de tu tía Clara. 

Mi padre era oriundo de la actual región del Bío-Bío y tenía prometido, desde hacía tiempo, llevarme a conocer el lugar donde él nació, creció y donde aún vivía su hermana mayor.

En el mapa todo se veía fácil.  Recorría una línea con su dedo y como si fuese magia, en menos de un segundo, llegábamos a destino.  Pero vivíamos en Coyhaique, a más de mil kilómetros de distancia y la promesa consistía en hacer el viaje en barco.

Mi madre lo quedó mirando con incredulidad, pero rápidamente agregó: está todo organizado, nos iremos en barco, haremos escala en Osorno, en casa de tus abuelos.  Sólo falta enviar telegrama y preparar el equipaje.

Para mi madre, que llevaba tres años sin ver a la suya, fue la mejor noticia que pudo recibir.  Para mí, un sueño que se hacía realidad.

Nunca había viajado en barco, ni siquiera en bote.  Tampoco conocía el mar.  No había respirado la brisa marina, ni pisado la arena de una playa.  Llegué a Coyhaique en avión, de la mano de mi tía Isaura, en las vacaciones de mi primer año escolar, un año después que mis padres se establecieran en ese austral lugar.  Cuando mi padre fue trasladado a ese pueblo, vivíamos en Santiago y sólo sabía que su nuevo destino se localizaba muy al sur.  No tenía idea de la ubicación geográfica ni cómo sería su nueva vida.  Fue entonces cuando tomó dos decisiones: comprar varios mapas para ubicarse en el mundo y aceptar dejarme por un año en Osorno, con mis abuelos maternos, para que inicie mi etapa escolar.

Tanto me alboroté con la noticia del viaje, que la imaginación se fue volando a ese universo paralelo de fantasía que me gustaba construir.  Lo hacía para entretenerme y soñar despierta mis propias películas, con fantásticas historias.  En segundos, ya estaba arriba del barco rodeada de  marineros que me protegían de malvados piratas; pulpos gigantes se encaramaban a cubierta con sus enormes tentáculos, y grandes ballenas enfilaban detrás del barco.  De vuelta a la cocina de mi casa, me dije: no debes olvidar llevar tu diario de vida.

Iniciamos el viaje por el hermoso camino de natural belleza escénica que conduce a Puerto Aysén, para embarcarnos en el único navío de carga y pasajeros que en ese entonces, hacía el trayecto hacia Puerto Montt. 

Mi primera gran sorpresa fue que el capitán del barco, no tenía cicatriz en el rostro, ni pata de palo como el capitán Ahab, en la novela Moby Dick.  Por el contrario, un risueño capitán nos recibió con amabilidad y un joven marino  nos condujo al camarote por unas angostas escaleras metálicas. 

El camarote era estrecho y tenía un ojo de buey justo en el medio de las dos literas.  Por esa ventanilla observé detenidamente la inmensidad del mar, mientras mis padres acomodaban las maletas y el barco anunciaba la partida.  

La tierra comenzó a desaparecer lentamente.  Todo era mar.  El incesante movimiento de las olas jugando con los rayos del sol, que a la vez jugaban escondiéndose detrás de las nubes, me mantuvo hipnotizada hasta que me avisaron que saldríamos a recorrer el barco. 

Los pasajeros no sumaban más de diez, y yo era la única niña en ese viaje.  Todos muy amables, me saludaban, preguntaban mi nombre, y en qué curso iba.  Me hicieron sentir como si fuese una princesa.  A mi  padre le entró el bichito de la curiosidad.  Quería averiguar cómo se comandaba un buque, conocer el puente de mando, y el funcionamiento de cada instrumento de navegación.  Mi madre se preguntaba dónde funcionaba la cocina y cómo se cocinaba en medio del mar.

Recorrimos todo el barco, de proa a popa, y cuando el capitán vio a mi padre observando -sin ningún disimulo- hacia el interior de su cabina, salió amablemente y nos invitó a entrar.  Mi padre, algo avergonzado por fisgonear de ese modo, argumentó que tenía un gran interés por conocer las tareas que él ejecutaba.  En segundos, el bochorno había pasado, y entablaban una cordial conversación como grandes amigos. 

Entre los controles de navegación había brújulas, radares, piloto de velocidad, uno que medía la profundidad del mar, un compás magnético y otros más.  Todos perfectamente empotrados en un bonito panel de madera barnizada.  Aunque parecía que el barco no avanzaba, el medidor de velocidad decía otra cosa.  Pero la más importante e inolvidable experiencia de aquella travesía, fue que el capitán me permitió sostener el timón y dirigir el barco en mar abierto por algunos minutos.  ¡Fue una vivencia maravillosa! 

Cuando encontramos la cocina, estaban preparando la cena y todo era vapor con diversos aromas.  Mi madre se asomó por la puerta que se encontraba abierta y con su mejor sonrisa saludó a los cocineros, todos vestidos de blanco.  Un hombre chico y panzón, le contestó con cortesía y sonriente la invitó a entrar.  Pero el calor era sofocante, así es que  desde el umbral de la puerta mi madre preguntó qué preparaban para la cena.  El panzón resultó ser un parlanchín -algo coquetón- que hizo buenas migas con ella.  Le contó que era oriundo de Chiloé y llevaba varios años trabajando en el buque, que se había ganado el puesto de cocinero jefe, encargado del menú y del aprovisionamiento, y bla, bla, bla.  Al darse cuenta que yo estaba aburrida, el panzón me regaló una manzana que me comí de inmediato porque ya tenía hambre y aún faltaba tiempo para que sirvieran la cena. 

Mientras me disponía a dormir como un bebé mecido en su cuna, la luz de la luna iluminaba el camarote.  El viaje fue tranquilo, con mar en calma.  Aunque había lugares prohibidos de acceder, conocimos todos los otros rincones y vericuetos del barco.

Como en otras ocasiones, mis fantasías no se materializaron, no nos persiguieron ballenas, tampoco vi pulpos gigantes y no nos asaltaron piratas.  Sólo mar y cielo en toda su majestuosa enormidad.

En Osorno, los planes cambiaron.  Mi abuela se encontraba recuperándose de un tratamiento experimental contra el cáncer, al que se había sometido voluntariamente en Santiago.  El tratamiento había sido tan exitoso, que los médicos tratantes y mi abuela fueron filmados para el noticiero que se exhibía en los cines, antes de la proyección de las películas.  Así, mi abuela que no había perdido el sentido del humor, se vanagloriaba contando a todos que era una estrella más del cine, toda una diva, a lo Greta Garbo.  Pero mi madre, al verla tan delgada, desconfió del éxito del tratamiento y decidió no continuar viaje porque necesitaba   acompañarla y regalonearla.

Mi padre estuvo de acuerdo y continuamos solos nuestro itinerario.  Llegamos en tren a San Rosendo para seguir viaje en el único y estropeado bus que existía, por un camino de tierra y polvo.  El paisaje era diferente,  extensas zonas de trigales se observaban a ambos lados del camino.  Me preocupaba el recibimiento de mi tía y mis dos primos porque si las cosas no salían bien, mi mamá me haría mucha falta.

Nos bajamos del bus a medio camino, en el lugar indicado: un poco más allá de la escuela rural y la capilla, pasado el puente, donde había una hilera de grandes álamos y una tranca celeste.  La casa no estaba a orilla del camino, ni siquiera se veía.  Debimos caminar un largo trecho bajo un sol ardiente, hasta que cuatro amenazantes perros alertaron a mi tía y primos a salir a nuestro encuentro.

No pasó mucho tiempo para sentirme parte de aquella familia.  Mi madre -en el sermón de despedida- me había pedido que ayudara a mi tía en las tareas de la casa, que hiciera mi cama, lavara mi ropa y siempre pidiera permiso antes de sacar o tomar algo.  Por eso, cuando descubrí la quinta de frutales, con duraznos, peras, manzanas, brevas y otras frutas, le pedí permiso para entrar a sacarlas.  

Me respondió que podía tomar toda la fruta que quisiera y recorrer todos los lugares del predio. Sólo tendría prohibido entrar al bosque que se divisaba a lo lejos, ir sola al río, entrar a su dormitorio y tocar las plantas de litre.  Luego, me explicó por qué: en el bosque andaban duendes transparentes poco amistosos que raptaban niñas; en el río me podía ahogar como le había ocurrido a otros niños; su dormitorio era un lugar sagrado; y el litre me dejaría llena de ronchas y tendrían que llevarme a un hospital. 

La tía Clara y su marido Samuel, se levantaban de madrugada y no paraban de trabajar.  Ella preocupada de alimentar sus gallinas, preparar el desayuno con pan recién horneado -que acompañaba de queso fresco y mermelada que ella misma hacía- y un buen jarro de leche recién hervida.  Mi tío Samuel, acompañado de mi entusiasta padre, salían temprano a ordeñar las vacas, alimentar los cerdos, regar las siembras, atender los caballos y recorrer el terreno.  

La mañana pasaba rápido.  Me gustaba ayudar  en la cocina a desgranar arvejas, habas, choclos y sobretodo conversar con mi tía.  Me contaba  divertidas y amenas historias de mi padre cuando era niño, de sus maldades y anécdotas de sus hermanos; yo le contaba cosas de Coyhaique: de la piedra del indio tallada por la naturaleza que se observaba desde el puente colgante; la plaza de armas con forma pentagonal; las excursiones al campo lleno de frutillas silvestres y calafate; la pesca de grandes salmones  en el río Simpson; la escalada de fin de semana al cerro Mackay y la larga temporada invernal de hielo y nieve. Ella conocía muy bien su región, de cordillera al mar, pero nada más al norte, ni nada más al sur.  Las preocupaciones del campo ya no  permitían ausentarse.  

Un día me contó lo que consideraba su más íntimo secreto: que si no fuese por la crianza de caballos de su padre, aún estaría soltera.  Samuel, a quien conocía desde la escuela pero que no veía muchos años, se presentó un día con la intención de comprar unos potrillos.  Fue entonces, cuando cupido lanzó la flecha con punta de oro, se encendió la chispa del amor, y meses después ya eran marido y mujer.  De los nueve hijos de mis abuelos paternos -a quienes no alcancé a conocer- sólo ella se quedó en esas tierras para trabajarlas y cuidar a sus padres.   

Después del almuerzo, cuando el sol abrasaba la tierra, la tía Clara y su marido se retiraban a descansar y dormir una corta siesta. 

La puerta trasera de la cocina daba a un  corredor exterior que se unía a un parrón.  Bajo el parrón, una mesa grande y rectangular con dos bancas a los lados: era el comedor de verano.  Cien metros más allá, un bonito estero denominado Los Sapos, corría cristalino para desembocar más abajo, en el río Claro.

Casi nada había que comprar en esa casa.  Todo estaba allí.  Sólo había que ir al huerto: tomates, arvejas, cebollas, albahaca, etc. etc.  En otro sector, cientos de melones y sandías terminaban su proceso de maduración para ser comercializados.  Más allá, un gran trigal, mucho trigo.  En las faldas del cerro, un pequeño viñedo de tiempos inmemoriales, les permitía elaborar vino y aguardiente.  

Mi prima era una niña muy bonita, un año menor, algunos centímetros más alta,  rezongona y siempre chascona.  Montada en su potranca llamada Reina, salía a cabalgar todas las mañanas y aunque tenía prohibido saltar obstáculos, era lo que más disfrutaba como si fuese una amazona profesional.  Me instalaron en su pieza.  Una noche, intrigada por los duendes transparentes del bosque, tuve la mala ocurrencia de preguntarle si eran fantasmas.  Argumentó que eran familia de los fantasmas, pero más pequeños y armó una historia con espíritus y otros duendes de colores que también habitaban el bosque, jurando que la habían  perseguido más de una vez.  No le creí, pero igual se instaló la duda.  Mientras se durmió plácidamente, yo no logré conciliar el sueño sino hasta muy tarde.

Mi primo bordeaba los nueve años.  No miraba de frente, sino por el rabillo del ojo y casi no hablaba.  Llevaba colgado al cuello unos binoculares infantiles que le habían regalado recientemente y todo lo miraba a través de los prismáticos.  Así me auscultó.  Algo huraño, esquivo, pero también burlón.  Se presentaba ante sus padres como un dulce ángel, acurrucándose a su mamá.  Sin embargo, no pasaron muchos días para descubrir su verdadera naturaleza: experto en maldades y delitos menores.  

Ocurrió una tarde mientras mis tíos descansaban.  Entré a la cocina y lo vi encaramado en una silla con una caja metálica en sus manos, con billetes y monedas. Asustado, comenzó a rogarme que no lo acuse.  Era la caja donde mi tía guardaba el dinero proveniente de la venta de huevos.  La caja se guardaba arriba de un mueble de la cocina y no se veía a simple vista.  Como no guardé silencio, pensando que me podían culpar por el robo, se generó en él una tirria que duró muchos años y que desencadenó una guerra fría que me hizo detestarlo.

Días después, tomó venganza.  Violó el pequeño candado de mi diario de vida para arrugar las hojas; cortó la correa de mi carterita rosada; arrojó al chiquero mi pulsera con chiches de fantasía e hizo desaparecer todos los lápices que tenía en mi estuche.  No me dejó otra opción que volver a acusarlo con mi padre, quien le dio un buen sermón y santo remedio.   

Pero cuando descubrió que la gata Pelusa me seguía a todas partes, que permitía la abrazara y acariciara su panza, comenzó a maltratarla sólo con la intención de provocarme.  La tiraba de la cola y la chuteaba como a una pelota, esperando mi reacción.  Aunque me dolía el alma, nunca me metí ni le dije nada.  Pobre gata, no le quedaba otra cosa que desaparecer. 

Todas las tardes nos permitían ir al río.  Partíamos chapoteando por el estero, recogiendo insectos, buscando sapos, grillos, hormigas, lagartijas, corriendo y jugando de mil maneras.  En el verano, bajaba el caudal del río y había una parte muy bonita con playa incluida que corría por la propiedad de mis tíos.  Era el lugar más seguro, y allí llegaban también otros niños -entre primos y parientes- que vacacionaban en predios vecinos.  Nos juntábamos un grupo grande.  Mi padre se asomaba recurrentemente a vigilarnos montado a caballo con chupalla de paja, de ala grande.  Guardo una imagen casi fotográfica: yo en la ribera del río y él en la altura, montado en Capitán observando lo que hacíamos.  Se veía tan imponente, como un actor de cine del “far west”.   

Sólo en dos ocasiones estuve ausente en el río.  Cuando fui a conocer la casa natal de mi padre,  y el 20 de Enero cuando fuimos a Yumbel a la    fiesta de San Sebastián.  

Según la historia, San Sebastián fue un joven soldado mártir, de origen romano, que murió atravesado por flechas en el año 288 por defender su fe cristiana.  Es venerado en muchos países.  La imagen del santo, que está hecha de madera de cedro y mide 73 centímetros, la trajeron los españoles y la instalaron en una capilla de Chillán.  Cuando los mapuches atacaron Chillán, la trasladaron a Yumbel para evitar que fuera profanada.  Luego vino una larga disputa entre los fieles de ambas localidades, hasta que un juez eclesiástico tomó la determinación final.  Ganó Yumbel.  Las peregrinaciones a este santo tan milagroso, datan desde 1878.

La casa natal de mi padre quedaba bastante lejos, en una colina, y al otro lado del río.  Nos fuimos a caballo con mi tía y sin mis primos.  Sólo algunas vigas en pie y escombros entre la vegetación delataban que allí hubo, alguna vez, una vivienda.  El devastador terremoto de Chillán de 1939, que cobró una cifra estimada de 24.000 vidas, también se hizo sentir en la zona y destruyó buena parte de la casa de adobe.  El resto, lo hizo el tiempo.  Mi tía recordó el momento justo cuando la tierra se movió y todo se empezó a desmoronar.  Fue  una noche de Enero.  

Para esa fecha, mi padre se encontraba realizando el servicio militar en Chillán y vivió la cara más brutal de la catástrofe.  Con más de la mitad de la ciudad derrumbada y muertos por todas partes, las Fuerzas Armadas tomaron el control: se dispuso toque de queda y pena de muerte para quien no acate.  Los soldados de aquella generación tuvieron la pesarosa misión de limpiar la ciudad de escombros y cadáveres, en extensas y agotadoras jornadas.  Las altas temperaturas comenzaron a descomponer los cuerpos bajo los escombros y la orden era actuar con rapidez.  Los muertos fueron depositados en una gran fosa común y se procedió a vacunar a la población contra la fiebre tifoidea.  Aunque se sentía orgulloso de haber colaborado en esa desgracia, habían dos cosas que no podía olvidar: el impacto de encontrar pequeños niños muertos bajo los escombros, y el hedor de los cuerpos en descomposición.  Sin saber qué decir, nos quedamos un largo rato en silencio.   

Luego vinieron los alegres recuerdos de infancia, de sus juegos, cuando iban juntos a la escuela seguidos por sus perros y etc. etc.  Recordaron que mi bisabuelo había donado el terreno para levantar la escuela y capilla, preocupado por dar a su descendencia la educación que él no pudo tener.  La tierra había pertenecido a la familia desde mucho tiempo, pero ignoraban la línea de sangre, del primero de nuestros ancestros con este apellido.  El árbol genealógico sólo llegaba hasta mi tatarabuelo.  Sin registros familiares ni estudios genealógicos, sólo quedaba confabular.  Mi tía dijo que nuestro apellido llegó con un apuesto, valiente y aventurero joven procedente del norte de España, que un día se embarcó rumbo a América, y sin saber cómo, llegó a la zona y se adueñó de todo lo que pudo.  Nos reímos.  Mi padre advirtió la posibilidad que hubiese sido un forajido, enviado como muchos otros desalmados, por la corona española a conquistar y poblar las nuevas tierras.  Eso no gustó.  Se miraron y ambos  negaron admitir algo así, menos ante mi presencia.  Debía quedarme muy claro, que no descendíamos de malhechores ni delincuentes.  Nuestro apellido era honorable. 

Fue un reencuentro con el pasado.  Emotivo y necesario.  Cerramos la visita al lugar con la petición de mi tía de rezar un padre nuestro y tres ave marías dedicados a mis abuelos, bisabuelos y todos nuestros antepasados. 

El viaje a Yumbel fue distinto.  Fue también, la primera vez que vi a mi tía sin los delantales sueltos tipo pintora y chancletas viejas.  Soltó su ondulado cabello que siempre llevaba tomado, eligió un vestido celeste con cinturón negro que marcaba su diminuta cintura, zapatos de tacones y labios pintados.  Era otra tía.  Mi prima se peinó, se puso sus zapatos nuevos de charol negro y calcetines blancos, y yo,  también me apituqué.   

En Yumbel, todo era un caos.  Fieles y comerciantes se habían tomado la plaza y todo el pueblo.  Mi tía logró colocar su aporte de dinero en la vistosa alcancía de la iglesia, encender las velas que compró, e hincada en una banca con toda su devoción, dio gracias al santo por los favores concedidos.  Mi prima y yo, sólo queríamos alejarnos de la gente y que nos compre los helados prometidos. 

Antes de regresar, una vuelta para ver las ofertas de los devotos comerciantes de otras ciudades y comprar: parches curita, un mantel, una olla enlozada y otros artículos de cocina.  Para nosotras, unos pinches de colores. Una pelota y un pito para mi primo que se había quedado en casa.  Pito que después de unos días se lo robé y lo pisé con enojo hasta hacerlo añicos.  Fue la única batalla que emprendí en nuestra guerra declarada.

En la vida, todo tiene un comienzo y un final.  Las vacaciones terminaron, regresamos a casa, mi padre al trabajo, mi madre a organizar y administrar el hogar, y yo al colegio.    

Han pasado décadas.  Muchas, muchas cosas han cambiado.  La tierra de mis antepasados se fue fraccionando de forma paulatina, y aceleradamente con el Decreto Ley 701 de 1974, que bonifica con un 75% las plantaciones de pino y eucalipto.  Las empresas forestales aprovecharon la legislación y comenzaron a adquirir tierras para el desarrollo de su industria.  Por desconocimiento de este incentivo u obnubilados por las luces de las grandes ciudades, los herederos fueron sucumbiendo a las tentadoras ofertas económicas de compra.   Ya no se ven los grandes trigales, maizales, ni bosque nativo, o extensiones de melones y sandías.  Sólo pinos y eucaliptos conforman el actual paisaje.  El estero Los Sapos se ha secado.  Enormes camiones con acoplado transitan con madera, por caminos ahora pavimentados.

Tampoco están mis padres, tíos y abuelos.  Sólo queda el refugio de los recuerdos, y a través de ellos, resucitar lo vivido.  Si hago el ejercicio de  cerrar los ojos, los veo: estamos desayunando todos juntos bajo el parrón; bebo leche en el jarrito verde enlozado con saltaduras en el  borde; luego estoy empinándome para sacar duraznos del árbol; camino bajo el sol con una enorme sandía preocupada que no se me caiga; o voy corriendo hacia el estero en competencia de quien llega primero. 

Me invade un sentimiento de nostalgia, plácido y dichoso. 

¡Bendita memoria! Eres sin duda, la fuente de nuestras vidas, de lo que somos y sentimos.  Es un privilegio poder recordar aquel feliz verano del 60. 







sábado, 26 de diciembre de 2020

El Diablo de Segovia

Leyendo El País, me encontré con una noticia curiosa que me ha hecho gracia e inspirado a escribir sobre ella. 

La noticia da cuenta del fallo adverso del Tribunal Superior de Justicia (TSJ) a la demanda interpuesta por vecinos de Segovia en España, que solicitaban retirar una estatua instalada en la ciudad.  

La estatua de la discordia no hace homenaje a algún héroe o personaje destacado, es una escultura del mismísimo diablo.  Sí, como lo leyó.

Desde que el ayuntamiento la instaló en Segovia,  las aguas están agitadas para alegría del demonio y el pesar de sus ciudadanos.  La población se dividió en dos bandos: a favor y en contra de su permanencia.  No es de extrañarse.  Eso es lo que hace el demonio: dividir. 

Los ciudadanos que están en contra de la escultura se movilizaron, juntaron más de diez mil firmas, presentaron una demanda al juzgado local, aduciendo que dicha estatua ofende sus sentimientos religiosos. 

Los vecinos que aceptan al diablo -la escultura-, argumentan que no se trata de aceptar una alegoría al mal, sino una obra que representa la leyenda del Acueducto de la ciudad.  Por ello, están de acuerdo con que se quede y señalan que, además, ha potenciado el turismo y el comercio.

Como no conozco Segovia, y para poder comprender los motivos que llevaron a levantar un monumento a este vil personaje, y entender los argumentos de sus partidarios y detractores, me puse a investigar.

En Segovia se encuentra el Acueducto más grande y mejor conservado de la época romana.  Se estima que fue construido en la segunda mitad del siglo I y comienzos del siglo II.  Tiene una longitud de 15 kilómetros.

En 1985, tanto la ciudad vieja de Segovia como el Acueducto, fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. 

Si bien la construcción del Acueducto se le atribuye al emperador romano Marco Ulpio Trajano, la leyenda dice otra cosa.

La leyenda cuenta que una niña subía todos los días hasta lo más alto de la montaña y bajaba con un cántaro lleno de agua.  Harta de aquello, le pidió al demonio que construyera algún medio para que no tuviera que subir y bajar todos los días con el cántaro.  Entonces, por la noche se le apareció el diablo y le concedió el deseo a cambio de que si conseguía terminar el acueducto antes de que cantara el gallo, ella  tendría que darle su alma.  La niña accedió, y el diablo comenzó a construir el acueducto.  Pero, arrepentida comenzó a rezar y para cuando el gallo cantó, faltaba colocar la última piedra.  El diablo fracasó, no lo terminó, y la niña salvó su alma.

Inspirado en esta leyenda, nace la idea de hacer una escultura del diablo.  Tiene sentido.  Las creencias son siempre más potentes que las evidencias. 

La obra es el aporte de un empresario y del artista escultor José Antonio Abella, a la ciudad.  La escultura fue donada en 2018, está hecha de bronce y mide 1,7 metros de altura.  Es un diablo moderno, está representado de modo sonriente, obeso, sentado pierna arriba, tomándose una selfie con un teléfono móvil.  No asusta a nadie.  Los turistas se fotografían sin problemas con este despreciable personaje. 

Después que el juzgado local rechazara la demanda para retirar la estatua, los vecinos insistieron ante el Tribunal Superior de Justicia, como última instancia. 

Pero el TSJ igual la desestimó argumentando que la escultura no ofende ningún credo religioso y no rompe la estructura urbana y arquitectónica de la zona. 

Los vecinos que entablaron la demanda están decepcionados de la justicia, no dan crédito a la decisión judicial, pero los que aceptan al demonio están contentos.  Ellos señalan que el TSJ no podía más que rechazar la demanda porque no ofende ni a Dios ni a la religión.  Queda claro -dicen ellos- que el poder de la oración de la niña, no permitió que el diablo se llevara su alma, y que Dios ganó esa batalla. 

Pero en términos legales, que son los que permitirán que la escultura permanezca en la ciudad, es evidente que ahora es el diablo  quien ganó.  Se quedará en Segovia, sentado pierna arriba, tomándose selfies con las almas incautas que se le acerquen para fotografiarse con él y todas esas fotos recorrerán el mundo entero alimentando su vanidad y soberbia.

Yo creo que el diablo metió su cola en los tribunales, como tantas veces lo ha hecho en el transcurso de la historia.  Usando su astucia y verborrea barata convenció a los jueces que ahora es un buen tipo; que lo hicieron de bronce y no se puede mover; que está obeso y permanecerá allí sentado y tranquilo adicto al celular; y que los segovianos no tienen nada que temer.  Debe haber prometido -una y mil veces- que no hará las maldades que le hemos visto hacer en otras ciudades del mundo.  Nosotros -en este lado del planeta- conocemos muy bien sus fechorías.  Lo hemos visto desplazarse en el estado de exaltación de la violencia,  quemando lo que encuentra en su desatada furia: iglesias, buses, todo, todo.

También ha metido su cola en nuestros tribunales permitiendo dejar libre a violadores y asesinos; se ha burlado con sentencias de clases de ética; con su cola enreda expedientes; se pierden evidencias y coletazo tras coletazo demora y atrasa los procesos judiciales.  Este tipo no es de fiar, pero si los jueces se dejaron engañar y no lo expulsaron de Segovia, allá ellos.  Es su problema.

Yo, le doy vueltas y vueltas a este caso.  Saber que está allí –aunque a miles de kilómetros- sentadito inocentemente, sonriéndole a todos, me tiene intranquila.  Y no es porque esté gordo, la comida chatarra tiene a la mitad de la población con obesidad; ni porque se presente con rostro sonriente, porque es sabido que con  amplia sonrisa se miente y estafa.

He descubierto que lo que me inquieta, es que haya cambiado el tridente por un celular.  Es eso, lo que no me gusta.  Desde la creación del mundo, miles de siglos, este personaje se ha paseado por la historia con un tridente en su mano.  Me resulta sospechoso el cambio, justo ahora que la humanidad transita peligrosamente por un destino incierto.  Todos sabemos lo que se puede hacer con ese aparato conectado a internet, y en manos del diablo mejor ni pensar. 

Se imaginan si llegara a vulnerar el sistema de seguridad de alguna gran potencia -ya ha ocurrido- no sería para robar datos.  La bomba atómica sería su objetivo, porque le gusta el fuego, grandes llamaradas destruyendo todo.  No olvidemos que su hábitat natural es el infierno.

También me preocupa la decisión de los jueces del máximo tribunal.  Igual como ocurre en todas partes, cuando entregan un fallo polémico, explican que han jurado fallar en justicia aplicando la ley y sólo la ley o como ellos la interpretan.  Y allí está el problema.  La interpretación.  Es cierto que no constituye delito tener un celular.  Pero un juez con más visión de futuro, más sagaz y con perspectiva se habría dado cuenta de la diferencia.  No es lo mismo un celular conectado a internet en manos de un ciudadano normal, decente y con valores, que en manos del diablo.  En manos de éste personaje, el celular pasa a tener la condición de arma tecnológica.  Y según la ley, las armas están prohibidas para la población civil.  Una sentencia justa habría permitido que el sujeto se quedara en Segovia, con el tridente que siempre lo ha acompañado, pero le hubieran incautando el celular.  Lamentablemente, eso no ocurrió.  Los demandantes tienen motivos para estar decepcionados de la justicia.

Como también es un artista del camuflaje y el engaño, les sugiero no confiarse de los mensajes que reciban por redes sociales.  No vaya a ser cosa que este diablo les mande mensajes seductores, ustedes se confundan con una conquista amorosa o novio virtual y entreguen su alma, sus claves y quizás que más.  

Ya es muy tarde, está sonando mi teléfono.  Es número desconocido.  ¡Dios mío!  ¿Y si es el diablo de Segovia que se enojó por ponerlos sobre aviso y quiere desatar su furia conmigo?  No contestaré.  ¡Ándate al diablo guatón  maligno!  En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo...  


sábado, 12 de diciembre de 2020

El Misterio del Níspero

No hay duda de que estamos llenos de misterios.  Misterios pequeños, y misterios grandes.  Cosas y situaciones que no tienen explicación.

El origen del universo –aunque existen teorías- sigue siendo el gran misterio que desvela y fascina a los científicos.  Nuestro planeta tierra, no se queda atrás con misterios sin resolver.  Así, el cine, la televisión y la literatura se inspiran en todo tipo de relatos para realizar obras de ciencia ficción. 

Hay misterios de todo tipo.  Misterios que se asumen con la alegría de un milagro, otros que preocupan e intimidan.

Misterios como el reciente vaciamiento completo en 36 horas del Lago Cachet II, en la región de Aysén o la aparición de un monolito metálico en las rocas rojas al sur del estado de Utah.

Misteriosas desapariciones de personas.  El teniente Luis Alejandro Bello, piloto que se esfumó en el aire en 1914, y que dio origen a la expresión popular “más perdido que el teniente Bello”; o nuestra alumna Hasper del Río, que en abril del 2008 salió de su casa rumbo al liceo, nunca llegó y hasta hoy nadie sabe qué pasó con ella.  

También los sueños son un misterio, más aún si anticipan sucesos que ocurren posteriormente.  Y he tenido sueños así. 

Objetos que surcan los cielos sin explicación, agujeros negros en el espacio, colapso de antiguas civilizaciones, misterios de vida extraterrestre, origen del Covid-19 y hasta alienígenas en el estallido social.

Misterios del amor.  Ese encuentro inesperado e inexplicable, en el lugar y el día menos pensado, que todo lo cambió.

También hay misterios financieros.  El caso de los Panama Papers; las misteriosas fortunas en paraísos fiscales; y el caso del pequeño comerciante de abarrotes de un diminuto pueblo, que llegó a tener una cadena de supermercados, casino y holding inmobiliario.  Mejor no sigo... 

Pero seguiré, porque todo este preámbulo, es para contarles el misterioso misterio que me ha ocurrido.  No piensen que es una historia de ciencia ficción.  Es real.  Aunque antes, un poco de contexto.

Cuando cursaba la enseñanza preparatoria, mi profesora Rossy MacKay –no olvido su nombre por la marca de galletas- nos enseñó la vida de las plantas en una clase de botánica.  La comparó con la vida animal, y cuando afirmó que también se alimentan pero sin boca ni estómago y respiran sin nariz ni pulmones, yo quedé desconcertada.  Eso, no lo sabía y no lo había advertido.  Empecé a observarlas con detención.  Dentro de mi casa había una begonia que poco me había interesado.  Se la habían regalado a mi madre, haciendo alarde de sus hojas de dos colores: verde el haz y rojizo el envés.  En el patio, una huerta, con acelgas, zanahorias, lechugas y hasta una melga de frutillas.  Era el mundo de mi padre, que mantenía cercado, lejos del trajín nuestro y de Rex, el pastor alemán que nos custodiaba. 

Comprender que las plantas también son seres vivos, cambió mi mirada hacia el mundo vegetal.  Desarrollé una relación cercana, de simpatía y protección.  Me ofrecí para regar la begonia y cuando la profesora nos dio la tarea de confeccionar un herbario, a cada planta que le arranqué una hoja, le solicité su permiso.  Logré recolectar y clasificar casi todas las diferentes formas de hojas: lanceoladas, elípticas, lobuladas, acorazonadas.  Un herbario muy completo, según mi profesora, que conservé hasta cuando me vine a estudiar al norte.

Pero hubo una tarea de la clase de botánica, que terminó por sellar mi fascinación por la naturaleza y vida de las plantas, que perdura hasta el día de hoy.  Consistía en hacer germinar un grano de trigo, observar su desarrollo en el tiempo y registrarlo.  La instrucción era: colocarlo en un algodón humedecido -que no debía secarse- dentro de un vaso transparente y cerca de una ventana. 

Recuerdo ese experimento con especial cariño.  La inquietante espera de la germinación y aparición del brote me tuvo ansiosa, pero disfrutando la experiencia.  El trigo germinó y creció.

Una mezcla de fascinación y embrujo por las plantas y la naturaleza se apoderó de mí.

Me entusiasmé, y con la venia de mi madre, llené la ventana de la cocina de tarros conserveros con semillas de manzanas, guindas, cerezas, y cuanto fruto llegó a mi boca.

Era mágico.  De un día para otro, las pepitas enterradas decidían  asomarse a la vida.  Unas, lo hacían con timidez y recato; otras, con total desparpajo.  Cuando alcanzaban los 20 centímetros, recurría a mi padre.  Era difícil sacarlas por los bordes filosos y dentados del tarro.  Él, con su tijera de cortar latas, los abría y me ayudaba a trasladarlas cuidadosamente a una nueva cama.  Las que no se atrevían a salir, quedaban sumergidas en la oscuridad, mientras les rogaba que se atrevieran sin miedo, porque me comprometía a cuidarlas.  Mi madre, a modo de consuelo, me señaló que la germinación de las semillas era una cuestión del milagro de la vida, de la voluntad de Dios, y de una cuota de misterio que existe en todo el universo.

Esa afición -para alivio de mi madre con tanto tarro en la ventana- me duró hasta que otros intereses llegaron a ocupar mi tiempo.

Pero con satisfacción, puedo decir que le di existencia a guindos, manzanos y cerezos que habitaron en mi patio y en patios vecinos. 

Como la vida es cíclica -los viejos volvemos a ser niños-, ahora que estoy jubilada y con el tiempo a mi favor me dedico con entusiasmo a cuidar las plantas de mi jardín y retomé el afán, costumbre o manía, de sembrar pepitas de frutales.

Tengo casi una obsesión con ello.  Observo diariamente la tierra en la maceta y disfruto el momento que germinan.  Las acompaño mientras crecen y van acomodando sus hojas en busca de luz y rayos de sol.  No me deja de asombrar y maravillar el sutil movimiento que realizan -casi imperceptible- para recibir la energía del universo.  Para mí, es el poder de la vida y la expresión misma de Dios. 

Por ello, no me sorprenden los estudios de más de veinte años de Stefano Mancuso -neurobiólogo vegetal- que concluyeron que las plantas sienten, observan y escuchan con todo el cuerpo, resuelven desafíos, memorizan y se comunican.  Y, comparto con Ricardo Rozzi -biólogo y filósofo- que parte de la soledad y carencia existencial del ser humano, se debe a que rompimos nuestra relación con la naturaleza.  Para mantener nuestra salud sicológica, mental y física, como para no perder la alegría de la vida, nos recomienda dialogar con ella.  Entonces pienso: ¿cómo hemos construido las ciudades, poblaciones completas sin áreas verdes, y con tanto cemento? pero no es lo que deseo contar ahora.

Cuando mis semillas germinan y se asoman al escenario de la vida, las felicito, les transmito mi compromiso de cuidado, buena tierra y suficiente agua.  Aquellos diminutos árboles saben que cuando grandes, irán a vivir a campo abierto, protegidos de vacas y ovejas, porque tengo claro que no pueden huir, y vivirán quietos y en silencio imperturbable las inclemencias del clima.

Volviendo al misterio que quiero compartir, sucedió en el verano del 2015.  Compré –en la feria de Rahue- unas deliciosas ciruelas amarillas de la zona.  La  reacción instantánea que tuve al probarlas fue: quiero tener este ciruelo, sembraré las pepas. 

Busqué el macetero apropiado, compré tierra de hoja desinfectada y las sembré.

Brotó sólo una, de las seis pepitas.  Contenta de tener otra variedad de ciruelo, lo acompañé en su crecimiento.  Dos cosas me llamaron la atención: la estructura de sus hojas -grandes en comparación con otros ciruelos- y que no las perdiera con la llegada del invierno.  Un jardinero opinó que esa planta era un palto.  Busqué la morfología del palto y no.  No era un palto.  Pasé varios días investigando variedades de ciruelos y sus características, hasta que la razón me dijo: si sembraste una semilla de ciruela, brotó un ciruelo.  Caso cerrado.

Después de cinco años, el ciruelo lucía hermoso con unas enormes hojas largas y onduladas y, una copa redondeada.  Una planta muy bonita, digna de ornamentar un jardín y tan alta que ya era tiempo de llevarla a su hogar definitivo.

Llegado el otoño, le dije: misterioso ciruelo, que te vistes de modo extravagante, ha llegado la hora de salir de la maceta que te aprisiona.  Irás a vivir tu propia vida en libertad y en el lugar prometido.  Te dejaré junto a manzanos, guindos y hermosas plantas nacidas igual que tú, de éstas, mis manos.  Ellos te acompañarán y alegrarán tus días.  Yo, a pesar de mis años, confío que llegaré a degustar tus frutos.

Elegí llevarlo un día nublado que prometía lluvia.  Estaba preparando la tierra cuando   llegó a saludarme el vecino.  

-Que lindo está el níspero, me dijo.

¿Es un níspero, está seguro? Le pregunté.

-Claro que estoy seguro.  Mi cuñado tiene varios en su parcela del norte.

Rápidamente busqué en Wikipedia; todo indicaba que era un níspero.

Sin aceptar aún el bochornoso descubrimiento, decidí cambiar el lugar y dejarlo más cerca de un ciruelo.  No quería perder la ilusión que se reconociera con su especie y asumiera de una vez por todas, la identidad que debía tener según las reglas de la lógica elemental. 

Lo trasladé y miré nuevamente a cierta distancia.  Mientras yo lo examinaba vacilante y perpleja, se levantó una leve brisa.  Hizo gala de su descollante majestuosidad cimbrando lentamente sus grandes hojas.  Era como si se inclinaran para pedirme perdón y dijera: no estés triste, disfruta mi belleza, y no tengas dudas que vivirás la alegría de gozar de mis frutos. 

Éste es, el misterio que quería compartir.

Porque les confieso que, en pleno uso de mis facultades mentales y con certeza absoluta, sembré seis pepas de ciruelas amarillas, grandes y carnosas en tierra limpia y no logro comprender que haya brotado -nada menos- que un níspero. 

Y, como no encuentro respuesta razonable, ni quiero vivir con la duda permanente de este enigma, me he convencido que el espíritu de todos los frutales, arbustos y plantas a quienes les he dado nueva vida, se confabularon para gastarme esta broma y pudiese así, escribir esta historia.



viernes, 26 de junio de 2020

Reflexiones de Charlie

En el transcurso de la historia muchos de mis congéneres se han destacado, ocupando páginas noticiosas de algún diario o revista.  Se han hecho famosos ya sea como actores, por fortunas que han heredado, como líderes políticos, o por los personajes que los criaron y mimaron.

No sé si han oído o conocen la historia de Bob.  Él fue  un gato callejero que vivió en Londres.  Un día, un joven músico llamado James Bowen lo encontró herido al llegar a su hogar.  Lo atendió, lo adoptó y pronto se convirtieron en una sorprendente pareja artística e inseparables compañeros.  Vivieron tantas y extraordinarias anécdotas, que James decidió escribir una saga de libros, inspirados en Bob.  “A Street Cat Named Bob”, fue éxito de ventas, traducido a varios idiomas, y llevado al cine, donde el mismísimo Bob participó como actor. 

Les cuento esto, porque esta mañana me enteré que Bob falleció.  La noticia recorrió el mundo, y emol.cl la publicó en nuestro país.  Si bien nunca nos conocimos -lo vi una vez en internet- teníamos cosas en común: al igual que él, fui rescatado de la calle y también  inspiré a mi mamiau.  Ella tiene un blog donde escribe historias, y tituló una: “Mi gato es un político”, donde yo soy el personaje principal.

Aunque no quedé del todo contento con el título -pues ya nadie quiere que lo tilden de político- me conformé pensando en la posibilidad de que, al igual que Bob, pudiese llegar al cine y lograr fama internacional.  Pero hasta ahora, nada de eso ha ocurrido.  Los lectores de su blog, aunque han traspasado las fronteras, no se han interesado por traducir la historia a otros idiomas, y ni pensar en que Pablo Larraín o Quentin Tarantino quisieran convertirla en un film o un cortometraje. 

He perdido toda esperanza de protagonizar una película.  Sé que tengo buena facha para ser actor; actuaría con mis propios atributos.  Soy diferente a Bob: no tengo ese horrible color zanahoria y no presumo de colocarme bufandas.  Mi estilo es otro.  Soy un gato mestizo, con características de la raza American Wirehaire, pero con un suave y semi-largo pelo.  Mi cuerpo es atigrado y mis patitas son blancas, como si usara guantes y botas.  Mi pecho y la punta de mi cola también son blancos.  Soy un gato muy hermoso, y mucho mejor que Bob.  Mamiau dice que la conquisté con la mirada de mis hermosos ojos verdes, por los que tiene una debilidad emocional, pues su primer amor así los tenía. 

La muerte de Bob me tiene inquieto porque se produjo antes de los catorce años de edad, y yo ya tengo doce.  Me refugié en mi lugar favorito a dialogar conmigo mismo y reflexionar.  Hasta ahora, nunca me había planteado la idea de la muerte.  Siendo un gato tan listo, no entiendo cómo había ignorado algo tan obvio.  Soy heredero de las pertenencias de Sarita, la gata que me antecedió en este hogar y que está sepultada bajo la azalea del jardín; es decir: la cama de mimbre, el plato de comida, la caja de arena, los juguetes y las sábanas.  No me creerán, pero después de más de once años viviendo en esta casa aún no me compran sábanas nuevas y debo dormir con unas de color rosado: toda una humillación para un gato macho como yo; porque aunque castrado estoy, clara y firme tengo mi identidad.

Tengo un buen vivir y el buen vivir no da lugar a pensar cosas tristes.  La muerte no está en el horizonte si tienes una vida placentera.  Nadie conversa de eso, siempre es un tema tabú porque nadie sabe qué ocurre después.  Los humanos piensan que su alma viaja al cielo si se han portado bien, de lo contrario desciende a los infiernos.  Pero los gatos no tenemos alma, según ellos…  Es probable que Bob, lleno de gloria y fama, tampoco pensara que un día iba a morir. 

He estado enfermo, pero nunca de gravedad.  Llegué a esta casa, no herido como Bob, pero con una condición complicada: gingivitis.  Esto ha significado que en los últimos años deban hacerme limpiezas dentales, con ultrasonido y qué se yo, porque me anestesian y no sé de mi vida.  Pero siempre ocurre en el mismo lugar, con la misma bruja con cara de sapo a quien me gustaría darle unos zarpazos en el rostro, de no ser que me inmovilizan entre dos. Y así me duermo para despertar con un diente menos en cada ocasión.  Ya van cuatro menos. 

Averiguando cuantos años vive un gato, me enteré que en promedio viven doce.  Se me erizó la cola.  Pero, que bien cuidados, pueden llegar hasta quince y hasta se han reportado casos en que han llegado a los veinte años. 

Confieso que estoy muy bien cuidado.  Mamiau me regalonea tanto que a veces abuso de su cariño.  Con cuatro dientes menos ha cambiado mi alimentación.  Todo debe ser blando, paté de pescado con atún y galletas remojadas.  A veces, no quiero comer hasta que mamiau me toma en brazos y me da la comida como a un bebé.  Sé que me quiere y yo la quiero.  Los gatos también tenemos sentimientos y sabemos retribuir el cariño recibido, y por eso esquivamos a los humanos de malos sentimientos.  Ronronear es nuestra manera de decir: te quiero…y yo le ronroneo todos los días acurrucado a su lado o sobre sus piernas. 

Si ese día llega, como a Bob le llegó, escribo estas líneas para dejar testimonio y decirle que es la mejor mamiau que pude tener.  Ya sé que me sepultará bajo el Dafne del jardín, y que siempre me recordará como el gato más hermoso que pudo tener…




miércoles, 15 de enero de 2020

Rebelión adolescente

Los estudiantes que quieren postular a una carrera universitaria deben enfrentarse a una selección que les permita acceder a ella.  Se trata de la Prueba de Selección Universitaria, conocida como PSU. 

Pero, la PSU tiene varios detractores que consideran -entre varias falencias-, que acentúa la brecha entre grupos socio-económicos.  Así lo señala el Informe Pearson del año 2013, y las opiniones del rector de la Universidad Central (en carta al Diario La Tercera el año 2014), del rector de la Universidad Diego Portales (en su columna de este Domingo en el Diario El Mercurio) y del rector de la Universidad de Los Lagos (hoy en el Diario Austral).  

Para los estudiantes secundarios, el fin de la PSU ha sido una demanda histórica.  Desde el 2006, en que iniciaron movilizaciones para mejorar la educación pública, vienen pidiendo un cambio al sistema de ingreso a las universidades, sin resultado alguno.

Este año, y producto del estallido social y la violencia no controlada, la autoridad postergó la PSU en dos ocasiones hasta que definió como fecha final este 6 y 7 de Enero.

Las organizaciones de estudiantes secundarios consideraron que era el momento oportuno para medir fuerza y protestar nuevamente.  Llamaron a suspender la PSU, denunciando que la autoridad quería mostrar una normalidad que no existe en el país.  De lo contrario, hacían un llamado a boicotearla; y lo hicieron.

Lo que ocurrió fue un lamentable, triste y bochornoso espectáculo: los estudiantes intentando impedir el derecho de sus pares a rendirla, y las autoridades endosándose públicamente la responsabilidad por la evidente falta de seguridad.

Esto me hizo recordar un episodio vivido cuando era profesora del tercero B el año 1985, y que les quiero contar.

Eran tiempos de recurrentes manifestaciones callejeras contra la dictadura militar.  En mayo de 1983 los trabajadores del Cobre llamaron al primer  paro y protesta en dictadura, a los que en forma espontánea se sumaron amplios sectores de la sociedad.  Desde esa fecha, las manifestaciones no pararon.  El año 1985 fue trágico, intenso y también esperanzador: un terremoto  dejaba en ruinas la zona central; un integrante de la Junta Militar debió renunciar por la investigación del caso de los degollados en Quilicura; los profesores volvíamos a elegir a los dirigentes -hasta entonces designados- del Colegio de Profesores; reaparecían las peñas folclóricas; a gimnasio lleno se presentaba Quelentaro en el Colegio San Mateo; la sociedad civil se organizaba; y la televisión comenzaba a informar… mejor. 

Sin embargo, los alumnos de secundaria estaban ajenos e ignoraban  la contingencia política y social.  Eso creíamos.  Después de todo, era una generación que había crecido  bajo la dictadura: que en sus años de escuela básica habían desfilado  orgullosos cada 11 de Septiembre celebrando la liberación de la  patria; seguían cantando cada lunes la tercera estrofa del himno nacional; nada sabían de educación cívica; se decía que no estaban ni ahí; y los profesores que deslizaban  algunas críticas al sistema, lo hacían como en el desierto, sin feedback.

Pero en el tercero B de 1985, la situación era algo diferente.  En mi calidad de profesora jefe conocía información familiar, económica y social de mis alumnos.  Los primos Javier y Hernán, que pertenecían al curso, tenían sus vidas marcadas por la dictadura: sus padres eran exonerados políticos.  Y como experimentaron la desesperanza de sus padres, al perder su trabajo sin oficio ni profesión, competían por ser los mejores alumnos del curso.  Se distinguían por su curiosidad intelectual y amor por la lectura.  Mientras sus cuerpos manifestaban los primeros signos de la madurez biológica, las emociones se columpiaban al vaivén de las olas del mar,  el intelecto, con recia voluntad, se alimentaba de todo conocimiento e información a su alcance.  Hoy son  destacados profesionales universitarios.  

La cuestión es que, en una de esas llamadas a protesta nacional del año 1985, Javier y Hernán decidieron que debían actuar y lograron convencer a todo el curso que los apoyara.  El modo elegido fue atrincherarse en la sala después de un recreo, sin dejar salir o entrar a nadie. 

Recuerdo que cuando llegué a la sala, tenían la puerta cerrada y afirmada con bancos, sillas y nadie respondía.  Después de unos minutos -por debajo de la puerta- apareció un papel donde comunicaban que se quedarían allí, que era una toma de la sala en adhesión a la protesta nacional para poner fin a la dictadura militar; y comenzaron a tirar panfletos por la ventana -hechos por ellos mismos-, gritando consignas  contra el régimen.

La voz corrió por todo el establecimiento y se armó una increíble batahola.  Hasta entonces, no había antecedentes de una acción similar en liceos de la  comuna.  El director, después de intentar sin éxito ingresar a la sala, llamó a reunión a su  equipo, yo incluida  en calidad de profesora jefe, y seguramente principal sospechosa.  Escuché de todo: buscar los adultos responsables –porque seguro alguien incitó esa acción-, llamar a los apoderados, suspensión con pena máxima, ubicar los cabecillas y separarlos de curso etc, etc, etc.  El director, que era un hombre sensato, decidió esperar.  Conversaría con los alumnos al día siguiente porque yo garantizaba que la toma sería sólo por ese día.  Aún pienso por qué lo hice... 

Terminada la jornada de clases y pasadas unas horas, los alumnos entregaron la sala sin problemas y sin daños.  Todo en orden, como que aquí nada ha pasado.  Pero, pasó… 

A la siguiente convocatoria de protesta nacional de 1985, el Liceo completo no volvió a las salas después del recreo.  Los gritos de “y va a caer” retumbaban por todos los rincones.  Javier y Hernán se habían elevado a la categoría de ídolos,  algo así como el ché Guevara o Martin Luther King.  Y aunque ellos ya no eran responsables de la protesta, se desplazaban con una aureola de respeto y admiración, principalmente de las jóvenes.  Violeta Parra y Víctor Jara resucitaron en espontáneos guitarreos; conocí las canciones de Los Prisioneros, y el patio se inundó de música y jolgorio.

La más compungida fue la inspectora general.  Su principal preocupación: que se enteraran las autoridades superiores.  Era información que no debía salir del Liceo.  Nada anormal ocurría.  Y si el alcalde o el DAEM se enteraron, no fue por el canal oficial.  Después de todo, ella era la responsable del orden y la disciplina escolar, y dato no menor: se jugaba el cargo designado.  

Pero en ese tiempo, los alumnos querían a su Liceo y aunque no obedecían nuestras órdenes para ingresar a la sala, sí nos respetaban.  Y la protesta, o más bien la jornada de cantos y de sacar la vuelta, terminaba cuando las puertas se abrían para regresar a sus hogares.  Los inspectores de pasillo o los profesores, porque no tenían autoridad sobre los alumnos, eran señalados como responsables, y así la recriminación caía en punto muerto.  Pero, al día siguiente, las clases continuaban con normalidad.  Olvidábamos lo ocurrido, re-calendarizábamos las pruebas y más de alguno aprovechaba la instancia de entablar un diálogo con sus alumnos, intentando educarlos para una democracia, que sentíamos que más temprano que tarde, llegaría.  Ningún daño que lamentar.  Nada de nada.  Perdón, en el baño no quedaba rincón sin  garabatos para el General, curiosamente, similares a los que hoy veo escritos en las  calles de mi ciudad….

¿Similitudes?  Adolescentes en masa desafiando la autoridad y haciendo uso de su incipiente autonomía. 

¿Las diferencias?  Varias y ya expuestas.  Además, no teníamos como Liceo un petitorio que atender, ni ellos años que esperar…

lunes, 18 de noviembre de 2019

Mi alumno Jorge

Corría el año 1973.  Eran tiempos de efervescencia política.  Había ganado  la presidencia del  país –años antes- un socialista, y por vía democrática.  Algo inédito e imperdonable para un mundo polarizado por la guerra fría.  Los chilenos estaban divididos entre upelientos (partidarios del gobierno de la Unidad Popular) y momios (los contrarios).  Los periódicos tomaban partido.  El Clarín sacaba portadas extravagantes.  El Mercurio miente, decía un cartel colgado en el frontis de la Universidad Católica.  En los liceos, los centros de alumnos se elegían por listas políticas. Todo un caos social, político y económico.

Yo tenía 25 años y trabajaba en un liceo técnico profesional que funcionaba en tres jornadas: mañana, tarde y vespertino.  La matrícula del liceo era alta, con más de mil alumnos, y la jornada vespertina tenía cada vez más demanda.  Si bien la sociedad estaba convulsionada  y la economía era un desastre, había un genuino despertar cultural que se manifestaba en el creciente interés de la población más postergada por la educación y la cultura en todas sus dimensiones.  Cuando el gobierno tomó la  determinación de poner el libro al alcance de todos, y creó la Editora Nacional Quimantú, los profesores -en general- valoramos esa política cultural.  Clásicos de la literatura universal llegaron a los kioscos de periódicos y revistas, a precios módicos. 

Mi jornada era parcial, sólo doce horas pedagógicas.  Atendía tres cursos de secundaria: dos en la mañana y uno en la jornada vespertina.  Mis alumnos de la jornada vespertina –mayoritariamente de sexo masculino- oscilaban entre los 20 y 50 años de edad.  En general, trabajadores dispuestos a terminar la enseñanza secundaria con un título técnico que les permitiera mejorar sus condiciones  laborales.  Eran choferes, artesanos, cantores populares, empleados del comercio, carpinteros, dueñas de casa, electricistas, obreros y dirigentes sindicales.  Mujeres y hombres  sacrificados, de trabajo duro, afirmando la esperanza de un mejor vivir y un país mejor.

Mi falta de experiencia con alumnos adultos desarrolló en mí tal inseguridad que me volví obsesiva-compulsiva en la preparación de mis clases.  Cuidaba cada detalle y cronometraba el tiempo.  No debían quedar tiempos muertos.  Deseaba entrar a la sala, hacer la síntesis de la clase anterior en diez minutos, desarrollar el contenido y las actividades programadas para esa instancia, que todos entendieran, no quedaran dudas y que la campana sonara justo en el minuto final.

Entre los alumnos de la jornada vespertina -del año escolar 1973- se encontraba Jorge.  Tenía algo así como treinta y dos años, muy buen físico, pelo oscuro, nariz aguileña, cejas gruesas y tupidas,  un bigote al estilo Chaplín y un deseo ferviente por ser mi amigo.

Cuando llegaba el recreo, Jorge me seguía al pabellón principal como si fuese mi escolta.  Allí funcionaba la inspectoría general, donde debía quedar el libro de clases, que ocuparía el siguiente profesor.  La distancia entre la sala de clases y el pabellón principal, eran alrededor de cien metros.  Recorría esa distancia con Jorge a mi lado, preguntando algo que no entendió, halagando mi clase, pero siempre hablando y hablando y yo, tratando de avanzar con mis tacos altos que me impedían acelerar el tranco en un piso de baldosas brillantes. 

Esa escena, con él a mi lado hablando, murmurando cerca de mi oído, ocurrió por largo tiempo.  Yo diría que desde que se incorporó al curso, que no fue en Marzo, como el común de los alumnos, sino a mediados de Mayo. 

Tan repetitiva y agobiante se volvió esa rutina, que un día decidí conocerlo y saber qué pasaba por su loca cabeza.  Para ello, me quedaba en la sala todo el recreo y enviaba el libro de clases con el inspector del pasillo.

Alrededor de la mesa del profesor, con Jorge, Eliana y otros alumnos que se acercaban nos quedábamos conversando los veinte minutos de recreo y a veces más tiempo, si el siguiente profesor no llegaba.  Pronto pasamos de hablar de los temas de la clase, a hablar de otros.  Compartíamos ideas, íntimas aspiraciones, y por supuesto, discusiones de la contingencia política sin que faltara el cigarrillo  conseguido en el mercado negro, por uno u otro varón del curso.

Descubrí que Jorge -hasta entonces mi odioso escolta-  tenía una simpatía arrebatadora, era carismático, divertido, contaba buenos chistes e increíbles historias.  Nos contó que era buzo de profesión, se había formado y vivía en Iquique, y ahora se desempeñaba como instructor en Bahía Mansa.  Por eso –me explicó- llegaba generalmente atrasado y se ausentaba con frecuencia.  Pero que no me preocupara, porque Eliana, su compañera de pupitre le prestaba los apuntes y se ponía al día.  Su esposa y dos hijas –cuyas fotos lo acompañaban en su billetera- seguían en el norte, donde pretendía retornar a fin de año. 

Nos describía las profundidades del mar con pasión y poesía.  Tenía un afán por conocer gente porque se sentía muy solo en este lugar del mundo.  Quería saber todo de sus compañeros de curso y de los otros cursos.  Le intrigaba el inspector de pasillo con su pelo largo colorín, figura de quijote, y su andar pausado y vigilante por las salas.  Me preguntó varias veces por  él, pero yo sólo sabía que en el día, era un estudiante de la sede de la Universidad de Chile. 

Tanta curiosidad tenía por todo, que al poco tiempo de conocernos ya sabía de mi, más de lo que yo conocía de él.  Sabía dónde vivía; quién era mi novio y dónde trabajaba; quiénes eran mis padres, y otras cosas similares con las que gustaba de sorprenderme.  Con la vanidad propia de mi juventud, llegué a pensar que estaba interesado en mí, y por eso se empeñaba en investigar mi vida.  Una idea que inflaba mi ego femenino y que disfrutaba secretamente. 

No recuerdo el día preciso que Jorge –muy serio- me pidió conversar en privado; y tenía que ser ese día.  Solo recuerdo que fue a fines de Agosto.  Hacía poco habíamos estado polemizando de la “funa” que le hicieron las mujeres del escalafón de oficiales al general Prats.  Como en todo el país, las opiniones a dos bandas: entre que eran viejas ociosas, momias y pitucas; y otros señalando que había sido una buena acción para que se ponga los pantalones.  Prats renunció días después y el presidente nombró al general Pinochet en su reemplazo.  Todo eso había ocurrido sólo días antes que Jorge me pidiera hablar en privado. 

Pedí al inspector del pasillo que me cediera su minúscula oficina para conversar con Jorge.  Estaba intrigada, asustada y curiosa por saber de qué se trataba.  Si me declaraba su amor, como creía que iba a suceder, no sabía cómo debía responder.  Jorge era encantador, pero no me gustaba.  Lo quería sólo como amigo.  Estaba segura de aquello.  Además, odiaba sus bigotes de cepillo dental.  Le tenía cariño y no quería herir sus sentimientos.  Mi cerebro funcionaba a mil y buscaba las palabras adecuadas como respuesta.  Entré a ese cuchitril, pensando y pensando cómo salir airosa sin que Jorge sufriera, que hasta llegué a sentir vértigo.

Era viernes. Nos sentamos frente a frente en una pequeña mesa con sillas escolares.  Él habló primero.  Me dijo que el domingo regresaba definitivamente a Iquique; que estaba contento de haberme conocido; que era muy buena profesora y que por todo eso, me quería hacer un regalo.  Me entregó una caja cuadrada envuelta en papel color rosa, que portaba en su bolso. 

Quedé aturdida.  Me había pasado una escena romántica increíble y allí estaba, sentada como una idiota sin saber qué decir.  Me miraba de modo extraño y por segundos sentí que estaba leyendo mis pensamientos con esa intensa mirada.  Rápidamente reaccioné y le pregunté por qué no esperar hasta el término del año escolar.

Siempre me llamaba con el nombre de profesora.  Pero esta vez, respondió llamándome por mi nombre y acercándose por sobre la mesa dijo: ya no cuidaré mi secreto.  Y, en voz baja pronunció: soy militar.

No entendí de inmediato.  Más bien dicho no entendí, hasta como diez años después.

Con cara de incredulidad y con una risita tonta –para liberar el peso de mi estupidez- le pregunté por qué me decía eso.  Se río.  Es que soy buzo, pero buzo táctico del ejército, sostuvo.  Pensé que me tomaba el pelo y le dije: los buzos son de la Armada, estás mintiendo.  Estás equivocada, el ejército también los tiene.  Soy buzo táctico del ejército y regreso a Iquique.

Convencida que sólo trataba de impresionarme con esa historia y para reponerme de tan gran chasco,   decidí abrir el regalo.  Era una estrella de mar disecada de cinco brazos,  textura granulada, y color naranja.  Nunca había tenido en mis manos algo así.  Me contó que no tenían sangre ni cerebro (yo tampoco, pensé) y que sus ojos eran una mancha roja ubicada al final de cada brazo.  Entre avergonzada y emocionada, por la noticia de su partida, agradecí el regalo.  Nos despedimos con un abrazo lleno de cariño.  Lo vi salir con paso firme por el largo pasillo y nunca más nos vimos.

No tuve tiempo de echarlo de menos.  El golpe militar se produjo días después y las clases estuvieron suspendidas por un breve tiempo.  Regresar a clases fue complicado.  Experimentaba una montaña rusa de sentimientos y emociones por el desenlace político  del país.  El pupitre de Jorge y Eliana estaba vacío, otros también.  La sala olía a desconfianza.  Yo estaba en funciones.  Otros fueron despedidos.  Del inspector colorín, nunca más supe.  Sólo quedó en su cuchitril un banderín de su equipo de futbol favorito colgado en la pared, que Jorge advirtió con entusiasmo el día que estuvimos allí. 

Años más tarde –como diez- cuando ya no existía la jornada vespertina y estaba sentada en el hall del liceo, vi pasar a  Eliana a la oficina del Director.  La esperé a la salida.  Después de saludarnos, pusimos al día nuestras vidas: no volvió a estudiar por razones personales; su hija menor era ahora mi alumna; y sí tenía noticias de Jorge. 

Jorge no volvió a  Iquique en la fecha que me dijo.  Efectivamente era militar.  Eliana lo vio patrullar su población después del golpe: conducía un vehículo con soldados armados.  Ella mantenía aún decepción y enojo, y también culpa.  Le había contado secretos que conocía de sus compañeros que –coincidencia o no- fueron detenidos.  Era un mentiroso, un espía infiltrado, me dijo.

Retrocedí en el tiempo.  Até cabos.  Era muy probable que hubiese sido un agente de inteligencia.  El ejército los tiene.  Aunque no puedo afirmarlo.  Lo que sí puedo afirmar, es que después del golpe militar y por algunas semanas, hubo personal del ejército infiltrado en algunas salas de clases de la jornada vespertina.  En mi clase, hubo un joven teniente. 

viernes, 1 de noviembre de 2019

Octubre

Octubre es un mes que me agrada.  En latín significa “ocho meses” pero es el décimo mes de nuestro actual calendario.  Me gusta Octubre porque, en este lugar del planeta, estamos iniciando la primavera y el intenso frío del invierno inicia lentamente su retirada.  Florece la camelia de mi jardín, los pensamientos, cardenales, azaleas, y las lilas de color blanco y lila.  La naturaleza comienza a expresar su generosa belleza bajo un sol tibio y prolongado.  Llegan a los mercados las frutillas, duraznos, espárragos,  papas nuevas y habas. 

Fue un día de Octubre el elegido para casarme.  Se celebra en este mes el día mundial de los animales; día del profesor en mi país; y tres de mis buenas amigas tienen cumpleaños en Octubre. Todas ellas del signo zodiacal Libra,  que aman el equilibrio y la belleza, igual que la Virgo que yo soy. 

En Octubre también ocurrieron hechos registrados en la historia universal: en Chile, con un lápiz y un papel derrotamos la dictadura de Pinochet; en Portugal derrocaron al rey y establecieron la República; en Paris, los ciudadanos marcharon hasta Versalles para protestar ante el rey por falta de alimentos; y en Rusia se produjo la revolución bolchevique, llamada Revolución de Octubre, por desabastecimiento de combustibles y alimentos.

Pareciera que algo tiene este mes asociado al deseo de justicia y libertad.  Porque ahora –el 17 de Octubre- mi país se remeció.  De tanto caminar con un saco a cuestas lleno de deudas, angustias, burlas, problemas y malos tratos, los ciudadanos se cansaron y dijeron ¡Basta!.  El alza de $30 en el Metro de Santiago produjo una rebelión, un estallido social nunca visto, que se ha extendido a todo el país con marchas multitudinarias pidiendo transformaciones al modelo político y económico.

El poder político quedó descolocado.  Como si nunca hubiesen conocido los estudios e informes que la academia venía publicando desde hace tiempo: hay problemas urgentes que solucionar porque se está incubando descontento social. 

También la televisión venía realizando programas de denuncia: de abusos, desfalcos, impunidad, colusión, fraudes y justicia desigual.

Sabíamos de las penas de cárcel para unos y clases de ética para otros.  Todas las instituciones desprestigiadas: iglesias, policía, fuerzas armadas, congreso, poder judicial, registro civil, sociedades de todo tipo para evadir impuestos, empresas coludidas, empresas privadas dueñas del agua, y suma y sigue…

El gobierno quedó aturdido; la clase política también; la primera dama pensó en una invasión alienígena; y no hubo   conducción por largas horas.  El presidente era fotografiado en una pizzería, mientras vándalos  destruían y quemaban estaciones del Metro de Santiago. 

Luego, reuniones urgentes en La Moneda.  La delincuencia se había desatado.  La televisión mostraba los saqueos a tiendas y comercio en general.  Los militares a la calle, y toque de queda para la población. 

Pero la ciudadanía siguió en las calles en marchas familiares y pacíficas pidiendo lo negado por tanto tiempo.  Un millón doscientas mil personas en la marcha más multitudinaria de la historia de Santiago.  ¡Impresionante! También impresionantes las manifestaciones en todas las regiones del país.

Después de un cambio de gabinete ministerial, la ciudadanía sigue aún en las calles pidiendo nueva Constitución, mejor salud, jubilaciones dignas, educación de calidad, recuperar el agua,  no más TAG, no más AFP, entre tanta demanda no atendida.

Se cancelaron dos cumbres internacionales agendadas en Santiago para estos días: APEC y COP25.

Nadie sabe qué pasará y cómo terminará esta protesta social. Las élites empresariales están preocupadas y asustadas. Prometen mejorar salarios y también se reúnen. Los políticos cambian el discurso. Ya han transcurrido quince días y la ciudadanía no cesa de manifestarse.

Yo –como todos los ciudadanos- quiero una pronta definición gubernamental para responder a las justas demandas.  Todos  entendemos que las soluciones no son inmediatas.  Pero queremos ver, sentir y apreciar verdadera voluntad de cambio, ese que  hasta ahora no se vislumbra con claridad. 

¿Quién diría que Octubre sería el mes de la rebelión incubada por tanto tiempo?