sábado, 15 de junio de 2019

El colmillo amarillo

Hoy salí de casa temprano.  Me desocupé pasado el medio día y regresé en un taxi colectivo.  El asiento del copiloto estaba ocupado por lo que tomé el asiento trasero. Recorridas unas cuadras, el pasajero copiloto bajó y, en su lugar, subió una joven mujer, que le dijo al chofer:
-Oh… Regresaré a casa con Ud. ¡Qué coincidencia!  Con usted me vine esta mañana al trabajo.
El chofer, un hombre corpulento y canoso, giró su cabeza para mirarla y sonrió. Pude así ver su perfil, sus dientes amarillos y el colmillo derecho más largo de lo normal. Hizo un movimiento de acomodo de su cuerpo al volante, la volvió a mirar, e inclinándose hacia ella le respondió:
-Si se entera su esposo, voy a estar en problemas. 
-No estoy casada. Pero estuve a punto.  Nuestra relación terminó justamente por sus celos.  Era muy celoso.  Seguro que si estuviera a mi lado y se enterara de esta coincidencia, pensaría mal.
-¿Y no la sigue molestando?
-No. Se fue al norte a trabajar en la minería. Está muy bien y tiene nueva pareja.  Pobrecita, no sabe lo que le espera.

Llegué a destino y me bajé.  Pero quedé preocupada.  En ese corto recorrido se apoderó de mi una total desconfianza y suspicacia hacia el chofer.  En fracción de segundos tuve el impulso de bajarme y salvar a la copiloto.  ¿Qué me pasó?  ¿Un ataque de paranoia?  Raro.  Muy raro.

Debía buscar una explicación.  Barajé un sin número de hipótesis, hasta que llegué al origen.  Todo fue por sus dientes amarillos, y ese colmillo largo y torcido.

Yo tenía trece años y vivía muy al sur, en un pueblito perdido al fin del mundo.  Estudiaba en un colegio católico muy pequeño, que en total no superaba una matrícula de sesenta alumnos.  Este estaba administrado por una congregación italiana, que en el año 1940 llegó a la región en misión evangelizadora y educativa.

La iglesia estaba a tres cuadras de mi casa. La recuerdo de madera, de color amarillo pálido, y de arquitectura similar a las iglesias patrimoniales de la zona.  Allí se reunía la comunidad para la misa del domingo, bautizos, primeras comuniones, funerales y bodas.  Las bodas eran todo un acontecimiento, pues participaban todos los vecinos, estuvieran o no invitados.

No recuerdo bien si en el colegio o en la iglesia se formó un grupo de niños y niñas católicos de entre ocho y quince años, que funcionaría bajo la dirección del padre Pablo: un cura napolitano, alto, grueso, bonachón, panzón, de dientes amarillos, de manos grandes que majaban los dedos en el saludo, con sotana, abrigo y sombrero negro, con un cigarro en la boca, y a quien asociaba con un gigante de otras tierras.  Le tenía recelo porque le había escuchado contar que cuando era niño salía con sus hermanos a cazar perros y gatos para comérselos.  En la iglesia había un gato. Yo tenía otro, y temía que en cualquier momento ambos pudiesen terminar en su enorme panza.  Por eso, cada vez que iba a la iglesia me preocupaba de ver si el gato seguía vivo y al mío lo encerraba en mi pieza si él llegaba a la casa.

Lo primero que hizo fue organizar una directiva, determinando las tareas a cumplir y el día de reunión.  Mi amiga Marta quedó de presidenta y yo de tesorera.  Nunca hasta entonces había tenido un cargo tan relevante como el cura me dijo que lo era, por lo que me sentí importante.  Cuando lo conté en casa,  mis padres me felicitaron, y después de advertirme que las platas ajenas se cuidan con más cautela que las propias, mi madre me regaló su tesoro, herencia de su abuela: un estuche de terciopelo verde oscuro con un sol bordado en hilo de oro, para guardar las monedas; y mi padre: un cuaderno para registrar los pagos.

El mismo día que nos constituimos, el padre Pablo dejó muy claro nuestra responsabilidad para con el grupo, así como el cumplimiento en el pago de las cuotas que habíamos acordado.  Era una cuota simbólica, muy baja, que debíamos pagar todos quienes recibíamos mesada.  Nos explicó que, peso a peso, se formaban las fortunas y que la nuestra sería para un lindo paseo de fin de año.  Si el dinero no alcanzaba para este fin, seguro  Dios nos lo haría llegar de alguna manera, pues él siempre premia a los que ahorran con responsabilidad y no gastan todo lo que ganan.

Empezamos a reunirnos los días sábado después del medio día.  Iniciábamos el encuentro con oraciones dirigidas por el sacerdote, luego venían las preguntas sobre nuestro comportamiento durante la semana, sus sanos consejos sobre la importancia de ser buenos hijos y alumnos, y se nombraba a los acólitos para el día siguiente.  Los diez mandamientos aprendidos y no olvidar que Dios todo lo ve.  Terminada la reunión a las niñas nos correspondía cambiar las flores y colocar paños limpios en el altar, verificar que estuvieran el vino y las hostias en su lugar, para luego irnos todos a jugar en un extenso patio con dos columpios.

El padre Pablo era amigo de mis padres y llegaba a mi casa como si fuese la suya.  Se dejaba caer generalmente al almuerzo.  Cuando eso ocurría en día de semana mi madre sufría porque se perdía el capítulo de Yuyo Salvaje, el radio teatro de una emisora argentina que escuchaba puntualmente a las 14,00 hrs.  Pero  a mi padre le agradaba que viniera, porque se entretenía con las  historias de  vida en Italia, lo que contaba  sobre la guerra y mapa en mano, ubicaban lugares y pueblos.  Así conoció mi padre Italia y Suiza al dedillo.  Suiza, porque allí trabajaba, en la fábrica de relojes Invicta, su hermana menor.  También les prestaba sus novelas favoritas, para luego comentarlas.  Así llegó a mi casa La Piel, una novela de Curzio Malaparte, que  contaba la llegada de los ejércitos aliados a Nápoles, y la degradación del ser humano frente al hambre y la guerra.  Me advirtieron que no era apropiada para mi edad, pero igual y a escondidas la leí.  Tanto me perturbó, que las pesadillas que tuve en ese periodo mantuvo a todos preocupados.  Me curé con una taza de manzanilla con miel antes de ir a dormir y con la luz del velador encendida.  Mi padre también aprendió palabras, frases y garabatos en italiano.  Dejé de ser su hija para ser su “bambina” y cuando algo no le gustaba “porca troia” retumbaba por toda la casa.

El padre Pablo nos contó que se hizo sacerdote por la hambruna que desató la guerra, y se notaba que así fue.  ¡Cómo le gustaba comer!  Todos los platos los devoraba con entusiasmo.  Muchas veces escuché a mi madre quejarse que debía volver a hacer pan, porque el pan recién horneado era su debilidad.  Pero, nada comparado con el cordero asado al palo que habitualmente se hacía los fines de semana.  Sentados a la orilla de la fogata con el cordero ensartado por la mitad, mi padre, él y algún invitado  observaban la lenta cocción mientras se pasaban de mano en mano la bota de vino bebiendo sin derramar una gota.  Toda una proeza que también aprendí.  El cordero asado y trozado duraba muy poco.  Si mi madre no separaba en una fuente algunos pedazos, me quedaba sin probarlo.  El padre Pablo era siempre el de apetito más voraz y había aprendido a elegir las costillas que mordía y saboreaba con el deleite de un niño.  Mi madre que ya conocía su maña, también las buscaba para ponerlas en la fuente que luego guardaba.

Sabíamos por sus relatos, que sus padres y toda la familia habían sufrido mucho por los estragos de la guerra.  Con cinco hijos que alimentar, estuvieron tan desesperados que cierto día decidieron entregar a sus dos hijos varones al seminario de la localidad.  Así fue como llegó al sacerdocio.

Los juegos en la iglesia eran variados: al luche, a la tiña, a los bandidos y en los columpios.  Pero cuando el cura se incorporaba, le gustaba jugar a la escondida.  Consistía en que mientras él contaba hasta veinte nosotros nos escondíamos, y luego él salía a buscarnos.

Un cierto sábado que nos salió a buscar,  encontró a Nena: una niña de nueve años.  La tomó en brazos y la llevó a una pieza para colocarla sobre un mesón.  Te pillé, te pillé le decía, mientras Nena reía y gritaba. Se suponía que todos arrancaban, pero yo estaba escondida justo en esa pieza, detrás de un mueble.  Me quedé en silencio y vi a Nena tendida de espalda con el vestido levantado, calzones corridos, pataleando de risa por las cosquillas que él le hacía.  A él no lo veía de frente sino de perfil.  Cuando fijé mi vista en su rostro, sonreía y se quejaba.  Vi sus dientes más amarillos que nunca y el colmillo largo y torcido dispuesto a atacar, como lo había visto hacer con las costillas de cordero. Algo muy  extraño me pasó.  Quise gritar para que Nena arranque, pero no pude. Estaba paralizada.  Sentí tanto miedo que busqué con la mirada la puerta de salida y corrí a toda velocidad.  Por mucho tiempo creí que lo que vi en esa pieza, fue el rostro mismo del demonio.  No volví a la iglesia y no se lo conté a nadie, nunca.

Pasaron como tres sábados cuando por orden el cura, llegó Marta a mi casa a pedirme el dinero recaudado.  No quise entregarlo y la convencí que lo gastáramos en golosinas.  Nos alcanzó para una caja de bombones que nos comimos una tarde jugando a las visitas con mis tacitas rosadas de baquelita.  Sin dinero que devolver y sintiéndose cómplice, Marta se asustó y tampoco volvió al grupo.  Pero teníamos que ponernos de acuerdo para justificar nuestra salida.  Barajamos varias mentiras y terminamos diciendo que nos aburríamos mucho y que era mejor salir a andar en bicicleta.  Todo bien.  El cura tampoco nos acusó.

El padre Pablo siguió yendo a mi casa.  Lo único que cambió fue que no le hablé más, no me gustaba mirarlo y sólo lo saludaba, pero no sabía bien por qué me molestaba su presencia.  Cuando mis padres reprocharon mi comportamiento ya tenía preparada la respuesta.  Les dije que me apestaba su hediondez a cigarro.  Sabía que mi madre ya lo había reclamado.

- ¿Qué te dije?  Dijo ella a mi padre.  ¡Huele mal, cómo no lo sientes!  Si cuando fuma deja la ropa que cuelgo para secar en la estufa, pasada a cigarrillo.  Tienes que decirle que no fume, que ventile su sotana, y bla, bla, bla… 

Yo me fui a jugar.  Ellos quedaron discutiendo.

sábado, 11 de mayo de 2019

El Liceo de Patricia

El día 11 de Septiembre de 1973, fecha del golpe militar que cambió la historia del país, la profesora Patricia Inés se encontraba en casa con reposo médico desde el mes anterior, por una fractura del tobillo derecho.  Sucedió que al ingresar de prisa a su jornada laboral, perdió equilibrio al subir la escalera de ingreso, cayendo al piso con todo el peso de su cuerpo.  Calzaba sus zapatos negros preferidos con adornos de charol  y taco alto, que después descubriría tenían las tapillas gastadas.  Ese día todo empezó mal.  Más temprano, derramó sobre su blusa el habitual café con leche, que acompañado de tostadas con mantequilla y mermelada, acostumbraba desayunar.  Debió entonces cambiar la blusa, y cuando estaba lista para salir se percató que también tenía manchada la falda.  Todos esos cambios de ropa la atrasaron. 

La caída fue brutal.  Un par de alumnos la ayudó a levantarse.  Las medias se rompieron, el pañuelo de seda que llevaba al cuello quedó debajo de su cuerpo, la mano derecha rasmillada, y el bolso con documentos y libros se abrió quedando desparramado en el suelo.  Rápidamente llegó el director del liceo, quien la trasladó al hospital en su automóvil.  Horas después regresaba a casa con una bota de yeso, con el pie en 90°.  Tenía sólo 25 años, y era su primer trabajo en el Liceo Emiliano Figueroa de la ciudad.  

La noticia del golpe militar la conoció recién cerca del medio día cuando su padre, suboficial en retiro de la policía, llegaba desde el litoral dónde construía una casa de veraneo.  Esa mañana, ella y su madre prepararon el almuerzo, y en su entretenida conversación olvidaron encender la radio.  La noticia la dejó perpleja.  Lo que podría estar ocurriendo en el liceo, la empezaba a atormentar.  Su padre la calmó diciendo que sería algo pasajero, que no había por qué preocuparse, y que una vez restablecido el orden todo volvería a su cauce normal.

Pero los comunicados militares, transmitidos por las emisoras locales, que restringían libertades y solicitaban la presentación de ciudadanos al cuartel militar no la tenían tranquila.  El barrio estaba en orden.  Todo parecía normal, sólo que  algunos vecinos comenzaron a izar banderas chilenas.  Su madre propuso hacer lo mismo, pero su padre ignoró la sugerencia y preguntó si estaba listo el almuerzo.  Arreglaron la mesa y se sentaron a comer sopa de verduras, pastel de papas y manzanas asadas.  Recuerda que lo único que se habló fue si quedaban papas, harina y otros abarrotes, porque a su padre le preocupaba que el desabastecimiento existente pudiera  profundizarse.  No fue así.  Como por arte de magia los productos llegaron al comercio el día siguiente.

Con el paso de las horas, los rumores de detenciones ciudadanas empezaron a circular entre los vecinos y una ola de temor, por sus colegas revolucionarios con compromiso político, la invadió.  No podía salir con esa bota tan incómoda, no había teléfono en casa y si hubiese podido salir: ¿dónde ir?  Las horas y días siguientes estuvo pegada a la radio escuchando los nombres de quienes debían presentarse al destacamento militar.  Nadie conocido. 

A la semana siguiente llegaron visitas. Una para ella, y otra para su padre. La visitó Esteban, un alumno de su clase.  Tenía aproximadamente 17 años y por iniciativa propia era el encargado de conseguir cigarrillos a sus profesores en el mercado negro, cuando estos desaparecieron del comercio establecido.  Pero él nada sabía del liceo pues ya no asistía a clases.  Venía a despedirse.  Sus padres habían partido a Argentina horas después del golpe y él, con sus hermanos menores y abuela, viajarían a reunirse con ellos en Neuquén donde tenían familiares.  La escena aún la recuerda.  Esteban consideró que la despedida ameritaba confesar su secreto: estaba enamorado de ella, de su voz y su sonrisa.  Dijo que nunca la olvidaría e insistió en regalarle una pulsera que su madre dejó olvidada en el apuro por salir del país.  Patricia se emocionó hasta las lágrimas.  Él le puso la pulsera en la muñeca izquierda.  Se abrazaron por largo rato y se despidieron con un apretado beso.  Veinte años después se reencontrarían, pero esa es otra historia.

La visita de su padre tenía otro carácter.  Era un ex compañero de armas que venía a informarle que estaban reclutando personal en retiro y que, si le interesaba, tenía que presentarse en el cuartel policial.  No se interesó.  Estaba entusiasmado en terminar la casa de la playa.  Toda la obra de carpintería la hacía con sus propias manos. 

Cuando le sacaron el yeso y regresó a sus clases, nada era igual.  El director que la  trasladó al hospital ya no estaba.  Esa función la desempeñaba ahora un antiguo profesor, que años antes le había hecho clases en otro establecimiento educacional.  Tampoco estaban el inspector general, el alegre profesor de música, la extravagante profesora de historia, el misterioso profesor de matemática y otros docentes que poco   conocía.  Lo mismo pasó con alumnos que nunca más volvieron. 

Después de saludar a todos y contenta por volver a trabajar, ingresó a la sala N° 6 dónde la esperaban sus alumnos con asistencia completa. Hizo su clase con mucho entusiasmo, pero ansiosa de que sonara la campana que anunciaba el primer recreo.  Era el recreo más largo de la jornada y los docentes acostumbraban reunirse en la sala de profesores a tomar un café, fumar un cigarrillo, compartir experiencias y analizar la actualidad que -hasta cuando ella se accidentó- era sobre la situación económica y política, y la incertidumbre que amenazaba la convivencia nacional y el desarrollo del país.  A pesar de coexistir diferentes y antagónicos puntos de vista, las discusiones –aunque agudas- siempre se enmarcaban en el respeto, y terminaban con el toque de campana y con la frase: “pase lo que pase, tenemos que seguir trabajando”. 

Grande fue su sorpresa cuando a la sala de profesores no llegaron todos. Sólo cinco profesoras iniciaron el rito del café.  Ella quería saber el destino del director y de los otros ausentes, pero aparte de enterarse que los habían cesado en sus funciones por un decreto ministerial o algo parecido, nadie sabía más y tampoco querían inmiscuirse.  Patricia lo entendió y no volvió a preguntar.

El nuevo director la conocía muy bien. Había sido profesor jefe de sus dos últimos años. También conocía a su madre que había ocupado un cargo en la directiva del Centro de Padres.  En el último año, la había suspendido por hacer la cimarra con  una compañera.  Debían volver con apoderado, y por más que le rogaron y suplicaron volver a clases, no lograron convencerlo.  Su madre no quiso ir a pasar esa vergüenza y, como los días pasaban,  su padre fue a dar la cara. 

Cuando Patricia entró a la oficina del nuevo director para presentarse e informar que se reintegraba a clases por término de la licencia médica, él la recibió muy bien.  Conversaron de todo un poco, le contó con lujo de detalles el porrazo en la puerta del liceo, de como quedó su ropa y lo contenta que estaba  de retomar sus clases; incluso se atrevió a decirle en tono de broma que esperaba no la vuelva a suspender.  El la miró fijamente a través de sus redondos lentes y en tono muy serio, respondió: si es tan disciplinada como su papá, no tendrá problemas.

Patricia le tenía afecto y respeto porque había sido un buen profesor, y sentía que había reciprocidad.  Por eso, no le sorprendió que días después la invitara a una reunión que le dijo era secreta, y a la que asistirían sólo docentes de su entera confianza.

La reunión se realizó un viernes por la tarde en la oficina de un destacado dirigente gremial del agro, y tuvo por motivo organizar el nuevo cuerpo directivo del establecimiento, así como sondear si quedaban aún otros docentes con ideologías de izquierda.

Para ocupar los cargos, el director propuso a dos profesoras, pero sin hacer mención de sus antecedentes profesionales.  Patricia se sentía como pollo en corral ajeno.  Tampoco entendía por qué la involucraba en una decisión que pudiera haber realizado en forma personal.  Pero todo estaba ya arreglado.  Si bien las ubicaba, no las conocía del todo; una era presumida y chillona, mientras que la otra era una arribista melosa.  Cuando le pidieron su opinión sólo dijo que le parecía positivo que fueran mujeres.  

El cargo de Inspectora General y Jefe Técnico quedó resuelto en esa reunión de ocho participantes.  Definido el equipo, el director pidió colaboración para con ellas, que asumían una nueva función sin experiencia.  Por lo tanto, solicitó al grupo darles todo el apoyo requerido, así como lo harían él y las nuevas autoridades educacionales. 

El lunes siguiente el director llamó a reunión y anunció las nuevas designaciones y las funciones que asumirían. 

Lo que Patricia nunca supo es que en esa reunión se estaban eligiendo cargos directivos que serían inamovibles aún después de terminada la dictadura, y que tuvieron además otro privilegio: un retiro pactado en condiciones especiales de indemnización, puesto que cumplida la edad de retiro no se les podía desvincular.

Se iniciaba así una nueva etapa en el liceo, que tuvo de dulce y mucho de agraz.  Si hubiese habido un instrumento para medir el  temor  del personal, habría marcado una alta intensidad en los siete siguientes años. La convivencia alegre y  espontánea, y la libre expresión se apagaron tristemente. 

sábado, 30 de marzo de 2019

Ojalá...

Una semana antes del plebiscito de Octubre de 1988, Matilde inauguró la ampliación y remodelación de su casa.  Preparó un rico almuerzo e invitó a dos amigas  que no veía desde el año anterior, y a Isabel su amiga de infancia.  La casa, de sesenta metros cuadrados, la había adquirido en muy malas condiciones pero a un precio muy conveniente.  Ahora, la  inauguraba con ciento veinte metros cuadrados, re-construida  con  materiales más modernos, y mucho más iluminada. 

Mientras recibía los elogios por su buen gusto -la aplicación de los principios del Feng Shui en la decoración, la moderna grifería de los baños, la bonita cocina tipo americana y el enorme ventanal de madera de alerce en la sala de estar-, Isabel hizo un comentario entre dientes que Matilde decidió ignorar.  Se había atrevido a insinuar, en su propia casa, que su esposo Hans estaba realizando actividades ilícitas.  En ese momento pensó que debía ser otra de las locuras que hacía para llamar la atención o había aflorado esa envidia siempre latente, que Matilde había aprendido a soslayar con serenidad, paciencia y mucho afecto.

Cuando todo terminó y sus invitadas se retiraron, se desplomó en la silla de su elegante mesa redonda y empezó a tratar de dilucidar qué quiso decirle realmente.  Pensó que seguramente estaría atenta al teléfono esperando por su llamada para pedirle una explicación.  Pero no.  Esperaría que su marido regrese y lo conversaría con él.

Con Isabel fueron compañeras en el colegio y se encontraron varios años después en  actividades de voluntariado en el hospital principal. Le costó reconocerla.  Esa chica flaca que lideró la primera y única pandilla que hubo en la historia del colegio, era ahora una mujer gruesa, de pelo rubio, muy histriónica y de modales algo toscos.  El encuentro fue cordial, jocoso y lleno de recuerdos.  Al verla reír y gesticular, Matilde recordó cuando fue interceptada en la calle por su pandilla, de cómo le tiraron el pelo y arrojaron al suelo sus útiles escolares, toda una humillación por el capricho de un joven de un curso superior.  Isabel quedó sorprendida y dijo no recordar ese episodio tan lejano y rápidamente cambió de tema, lo que gatilló en Matilde el deseo de no volver a verla.  Sin embargo Isabel, a quien no le duraban las amigas, estaba dispuesta a todo lo contrario.  La invitó a su casa, le presentó su familia, le contó su vida, la pasaba a buscar en su automóvil los días de lluvia y poco a poco se fueron conociendo mejor, hasta llegar a considerarse amigas de infancia.

A Matilde le gustaba vestir bien y a la moda, salir de casa siempre maquillada, visitar la peluquería todas las semanas, y sabía que eso molestaba a algunas incluyendo a Isabel. Sabía también que era difícil de entender que ella creció entre telas y moda. De niña descifraba los moldes de la revista Burda para confeccionar vestidos a sus muñecas con los retazos de organdí, terciopelo, tul y tafetán que desechaba su madre modista.  Se pasaba horas leyendo los consejos de belleza de la revista Rosita, y sabía perfectamente cómo sacarse partido.  Confeccionaba con muy buen gusto sus faldas, blusas y vestidos, y sólo una vez, por tanto insistir, le confeccionó una blusa a Isabel sin recibir nunca comentario alguno.

Sin embargo, y después de un tiempo eran inseparables.  La actitud exaltada de Isabel y la serenidad de Matilde hacían que la amistad fuera siempre entretenida y balanceada.  Habían compartido muchas historias: cuando arrendaron en Blockbuster la película “Lo que el viento se llevó” y se amanecieron sufriendo entre bocadillos y vino navegado; cuando juntaron dinero para ir al Festival de Viña del Mar porque querían ver el show de Julio Iglesias; cuando viajaron a Villa Alemana para presenciar las curiosas apariciones de la virgen en Peñablanca a un joven del lugar e Isabel juró que también logró verla; o cuando descubrieron que podían ganar dinero yendo a Miami, a casa de una sobrina, para traer ropa, carteras y perfumes que vendieron rápidamente.

Una tarde Isabel la llamó para conversar algo muy delicado por lo que le pidió se juntaran en un café.  Matilde pensó que algo malo le pasaba.  Sabía que tenía problemas con sus hijos y que recientemente habían expulsado del colegio al menor de ellos, que era un niño muy rebelde.  Pero no.  Se trataba de ella.  Sabes que soy tu  mejor amiga y no me puedo guardar esto, le dijo.  Hans tiene una amante. 

Hans era transportista.  Cuando se casó su padre le regaló un viejo camión que lo acompañó hasta que, con el tiempo, nostalgia y trabajo, lo cambió por uno más nuevo, y así otro más nuevo, hasta llegar a tener cuatro camiones Mercedes Benz que conformaban la flota de su empresa.  Los fletes eran principalmente al norte y últimamente a Argentina.  Los viajes al país vecino los hacía él personalmente y en contadas ocasiones oficiaba de copiloto.

La noticia de una amante, la dejó paralizada.  Después de un rato preguntó: ¿cómo lo sabes?  Escuché a mi cuñado decir que Hans andaba en malos pasos.  Podría ser. Pasaba varios días fuera de casa y compensaba sus ausencias con bonitos regalos: aros de plata argentina, collares y piedras preciosas traídas de Brasil habían llegado a sus manos.  El manual para conocer un marido infiel, así lo señalaba.  Pero, ¿dónde estaba esa  mujer? ¿Aquí en la ciudad o en otro lugar?…..Hans llegaría el sábado y recién era martes. Mucho tiempo de incertidumbre.  Entre qué hacer, cómo era esa mujer, dónde vivía, si tenía hijos de él, si le pedirían el divorcio, llegaron a la conclusión que había que consultar a los astros, y terminado el café se fueron a ver el Tarot.  El problema lo tenía Matilde, pero por solidaridad femenina, ambas consultaron las cartas.  Los astros estaban juguetones ese día y señalaron que Matilde conocería a un hombre maduro y muy rico, pero de otro país. Que se enamoraría de ella a tal punto de pedirle deje todo para irse con él. Y que una mujer joven amenazaba el matrimonio y la estabilidad económica de Isabel. ¿Cómo era eso?  La anciana tarotista tiene años de experiencia y prestigio bien ganado, dijo Isabel.  Es difícil que se equivoque y buscó esta explicación que Matilde no cuestionó porque la encontró genial: sufro tanto que te estén engañando, que estoy segura que este sentimiento de empatía te traspasó toda mi energía; por eso la confusión; y el hombre rico lo conoceré yo, porque ambas sabemos que es tú marido quien te engaña.  Fin del veredicto de los astros.

Cuando Hans llegó, Matilde había pasado todas esas noches haciendo un análisis exhaustivo de sus años de matrimonio y el balance le resultaba positivo. Eran muchas las señales de profundo amor y sincera amistad por lo que la idea de otra mujer le resultaba difícil de aceptar. Además, ella también participaba del control financiero de la empresa y todo parecía estar en orden.  Pero no se confiaría.  Su madre que la estaba acompañando también opinó lo mismo y aprovechó una vez más de criticar a Isabel: esa amiga tuya está desequilibrada emocionalmente.  No es normal que le den esas rabietas y ande por la vida tan altanera anunciando infidelidades. Estoy segura que es el marido de ella el que tiene más de una amante, porque no creo que la soporte. Tú eres la única que lo hace.

Recibió a Hans como siempre.  Fundidos en un abrazo y un beso apasionado todas sus dudas se disiparon.  Cuándo él le entregó un colgante con una esmeralda, ella le preguntó: ¿esto hacen los maridos infieles para expiar sus culpas?  Pero la respuesta y su mirada la dejaron tranquila.  Nunca, nunca tocó ese tema. 

Pero ahora era diferente.  Isabel había insinuado que Hans llevaba madera de alerce fuera de la frontera, lo que entendía era un delito, y que si ganaba el NO en el plebiscito se le terminaría ese negocio tan rentable.

El alerce es un árbol milenario, uno de los más antiguos del planeta. De crecimiento lento,  puede alcanzar hasta 22 metros de altura. Es una especie protegida, pero por un simple decreto del año 1976.

Cuando Hans llegó, la conversación fue extensa. Su amiga tenía razón: transportaba madera de alerce; pero lo hacía con todos los documentos y permisos legales correspondientes; él sólo la transportaba, no era el dueño del negocio y además, había otras empresas en igual operación.  ¿Y cómo es eso?, ¿cuál es el destino? preguntó Matilde.  Son muchos, muchos millones de pesos y personajes de mucho poder los que la comercializan, sólo te digo que en el último mes salieron como un millón y medio de tejuelas de alerce con destino a Alemania.

¿Y si gana el NO en el plebiscito se termina el tráfico?, volvió a preguntar.  Hans se sonrió y le dijo: ojalá, ojalá.

En el año 1992 ingresó al Congreso Nacional de Chile un proyecto de ley para regular, proteger y recuperar los bosques nativos. Fue promulgada recién en el año 2008, bajo el número 20.283.  Es la ley que hasta ahora tiene el récord de ser la que más tiempo ha demorado en ser tramitada en el Congreso Nacional.  Según los grupos ambientalistas presenta forados y falencias.   Ojalá nuestro alerce no siga saliendo rotulado como otra especie de características parecidas.  Ojalá!

lunes, 4 de marzo de 2019

Mi cita con Kim


Aunque es una función fisiológica natural y normal, hay quienes la niegan o dicen no recordar.  A mí me gusta que ocurra.  Cuando no sucede siento que al día le faltan colores. Es misterioso, placentero y entretenido, pero a veces angustiante y tormentoso.  Nunca se sabe cómo resultará. Siempre es una sorpresa.

Lo hago en la noche sin que nadie de la familia se entere, ni siquiera el gato.  A veces sucede en casa, en lugares cercanos o muy lejos.  Lo hago sin pudor alguno.  Freud diría que doy rienda suelta a mis deseos reprimidos; Canetti, que hay cosas que he olvidado de gritar; y la Teoría de la Activación de Síntesis: que mi cerebro intenta darle sentido a estímulos percibidos.

La verdad es que cuando sucede, casi siempre me gusta.  Y cómo no me va a gustar, si puedo volver a tener 15 años, voy a lugares que con el dinero de mi jubilación sería imposible costear, soy artista, bailo, me enamoro, también me enojo y hasta me reúno con los que ya han partido. 

Anoche.... me fui a Corea del Norte.  Sí ...al continente asíatico.  Puede ser que este viaje se explique por la  teoría antes señalada, porque en la tarde estuve conversando con unas amigas, y nos acordamos del encuentro en Hanoi, entre Donald Trump y Kim Jong-Un.  Una de ellas es profesora de historia y se apasiona con estos temas.  Nos empezó a explicar sobre el origen de las dos Coreas,  la invasión japonesa, la hambruna que sufrieron, la dinastía de los Kim y lo hermético y oscuro que es en algunos aspectos.

¿Y cual es su población? pregunté.  Pasa mi cartera! Sacó su teléfono y todas hicimos lo mismo.   Entre el café y el kuchen de arándanos nos pusimos al día con lo que encontramos en el maravilloso mundo de internet, con fotos incluídas. Tiene una población de 25 millones de habitantes.  La capital es Pyonyang, que significa tierra plana, y está cercana al mar amarillo. Tiene una antigüedad de más de 2.000 años y la cruza el río Taedong.  La ciudad tiene edificios emblemáticos como la Torre del Ideario Juche, el Arco del Triunfo  (más  grande que el de Francia), el gran monumento en la Colina Mansudae, el Palacio de Estudios del Pueblo (una biblioteca con más de 30 millones de libros), 30 parques, 40 m2 de áreas verdes por habitante..., y conserva intacta su cultura ya que no está expuesta a la globalización.  Según la Organización Mundial de la Salud tiene un extenso y eficiente sistema de salud. Es un Estado basado en la ideología Juche, que es una combinación de autarquía, autodependencia, tradicionalismo y socialismo.  Su ejército es el cuarto más grande del mundo, y lo que ya todos sabemos: la ONU y EE.UU. le aplicaron sanciones económicas porque decidieron desarrollar tecnologías de misiles y armas nucleares. 

Pero volvamos a mi alucinante viaje...  Fue aproximadamente a la una de la mañana, cuando atravesando el océano pacífico en línea recta -porque no me gusta zigzaguear-, llegué a Pyonyang a una cita con Kim Jong-Un.  

El encuentro fue en un lugar muy elegante.  Yo era periodista de una revista con cobertura internacional llamada Anysur.  Me esperaba con su tradicional traje negro y su sonrisa de chico bueno.  Yo también con un vestido negro muy corto, cinturón y zapatos rojos taco aguja. Tenía como 40 años menos y me sentía muy bien.  Había química entre los dos, se preocupaba por atenderme, y dada  la hora de mi llegada me invitó a almorzar: comida típica con champagne francesa.

Durante el almuerzo, conversamos de todo, me contó que estudió en Suiza, habla inglés, alemán y francés, que Donald le cae bien pero cree que lo está utilizando, que el abrupto término de la reunión en Hanoi es una estrategia electoral y que no entregó a la prensa la verdadera solicitud que él hizo a cambio de desnuclearizar el país. 

Terminado el almuerzo ya eramos amigos y me invitó a recorrer la ciudad en su limusina negra. Mientras hacíamos el recorrido y me mostraba lugares específicos, empezó a acercarse demasiado y no dejaba de mirar mis piernas, que con vestido tan corto no podía ocultar. Pensé que estaba juzgando mal y busqué una explicación: le gustaban mis zapatos por el color. 

Habían pasado varias horas, comenzaba a sentir el ruido de mi ciudad pero también, cada vez más, la cercanía de Kim a mi cuerpo. Una sensación perturbadora pero a su vez de agradable tibieza me empezaba a arropar. Debía actuar con prontitud, hacer la pregunta que quedó pendiente en Hanoi y salir de la limusina:

-yo: el mundo quiere saber si después de esta fracasada reunión con Donald,      ¿vas a seguir desarrollando capacidad misilística y nuclear?
-Kim: ¿Sabes lo que le pasó a Libia e Irak por...

Y entonces un carro de bomberos con la alarma de emergencia me despertó. Mi gato se había acurrucado a mi lado y dormía plácidamente.  Algo dormida aún, lo acaricié pensando en Kim, en el misterio de mi sueño, lo real que fue...,  porque juro que toqué sus manos en el saludo y su mirada aún la tengo presente.  La cita fue real.

viernes, 22 de febrero de 2019

¿Qué hice mal?

Sentado y acomodado en su sillón favorito, Juan Eduardo mira hacia el jardín de su casa. Tiene en sus manos el control del televisor que lo acompaña en las noches.  Aún no oscurece y no lo ha encendido.  Se ha quedado mirando la araucaria que plantó cuando terminaron de construir su casa.  Alcanza un poco más arriba de la reja, y se asombra cómo ha crecido.  Fue un regalo de su hermano, y la plantó sin mucha esperanza de que sobreviva. 

No se encuentra bien.  Está triste y desilusionado de todo.  No entiende, o no quiere entender, por qué su matrimonio se desmoronó.  Lleva dos meses sin ella.  Dos meses de incertidumbre, de extrañarla; la casa está vacía y parece que la siente transitar en la cocina.  Ella ordenó sus cosas una tarde, y se fue con la intención de olvidar los 30 años que juntos pasaron, hasta en el trabajo.  Debió darle razones, pero no se convence, y absorto-mirando la araucaria- vuelve a buscar en su memoria esa pista que le de una respuesta, porque seguro hizo algo mal. 

Todo comenzó en la oficina donde ejercía el cargo de subgerente de una empresa distribuidora de alimentos.  Bordeaba los 35 años, soltero, buena situación económica, un terreno en la costa, casa propia en la ciudad y un automóvil fiat 600 color rojo que lo acompañaba a todas partes. Enamorado de su trabajo, las mujeres pasaban a segundo plano, sin compromiso, y sin dejar huella.  Permanentemente le señalaba al personal a su cargo el valor de la responsabilidad y del trabajo bien hecho.  El amor, algún día llegaría.  Además, el hombre se casa cuando quiere, la mujer cuando puede.

Sí. Siente que tuvo carencias afectivas.  Llegó a la ciudad siendo casi un niño para realizar sus estudios secundarios.  Vivió en pensiones oscuras, sin calor de hogar.  Toda la enseñanza media y universitaria a punta de sacrificio, solucionando sus problemas solo y con recursos escasos.  Se sonríe con orgullo.  Venció todos los obstáculos y logró salir adelante.

Su dolor es Verónica, esa chica 12 años menor, bonita figura, locuaz y muy agraciada, que un día llegó a la empresa para cambiar su vida.  Venía de terminar sus estudios de administración, golpeada por el desprecio del padre de su pequeño hijo, con el estigma de madre soltera e hijo no reconocido, y una familia preocupada por el futuro de ese nieto que no tendría el hogar que ellos entendían debía cobijarlo.

Su encanto lo atrapó en una relación que, como todas las anteriores, sería sin compromiso.  Pero al poco tiempo ella anunció estar embarazada, que su vida se derrumbaba, que cómo lo tomarían sus padres, no lo soportarían.

Con el control en su mano, que golpea suavemente contra el brazo del sillón, recuerda nítidamente ese instante.  Quedó paralizado, no sabía que decir: si era su hijo no podía negarlo.  Ella le gustaba, pero la conocía poco, otro hijo negado por su padre no le parecía justo, trabajaban en la misma empresa y podría tener repercusiones.  Pasaron varios días, estuvo con vértigo, no coordinaba bien las instrucciones ni las decisiones que el cargo le exigía, y el tiempo empezaba a jugar en contra.

Una noche y en los brazos de ella, decidió su matrimonio. Sería para toda la vida y hasta que la muerte los separe.  Su hijo y el de ella, tendrían un padre.  Era un hombre responsable y era tiempo de formar familia.  

Cambia el control a la otra mano, se limpia los ojos, se ha emocionado y como en una película, en el televisor que aún no enciende, sigue recorriendo sus días de matrimonio. Evoca un momento que lo estremece: el embarazo que lo llevó al altar no llegó a término. Fue un aborto espontáneo dijo el médico, tabletas de quinina e infusiones de ruda, dijeron sus compañeras que poco la querían.  Se detiene en su recuerdo, se saca los zapatos, una duda lo atormenta, siente que se ahoga.  ¿Acaso fue una señal divina para haber terminado el matrimonio?  La corta convivencia avisoraba algunas dificultades: no compartían intereses; las cosas que a él lo motivaban eran consideradas como pérdida de tiempo; y la familia de ella lo era todo mientras que la suya sólo problemas. 

No. No pudo ser una señal, no cree en eso.  Además, empezaba a quererla, su nueva vida era entretenida, ella iluminaba la casa, planificaba y tomaba decisiones, su familia lo integraba como un miembro más, se sentía bien y lo querían como a un hijo.  Sólo era cosa de esperar, sus propios hijos tendrían que llegar.  Y así fue. Llegaron dos hijos, que crecieron, y como todos -porque es ley de vida-, se fueron a hacer sus propias vidas.

Sigue sentado en el sillón, el control pasa de una mano a otra, la luz del día se ha ido, es hora del noticiero que le gusta ver, pero aún no enciende el televisor porque no logra descubrir qué hizo mal para que ella lo dejara…




viernes, 1 de febrero de 2019

Las dictaduras de Rizos.



Rizos es una mujer.  No es su verdadero nombre.  Así la llamaba su abuela paterna, que la crío desde los 4 años cuando su madre cerró los ojos y se fue a vivir la vida eterna. 

La llamaba así, porque mientras ella después de cada lavado debía enroscar su pelo con bigudies,  su nieta lucía unos rizos naturales que le daban a su rostro un encanto especial.  

Fue hija única,  nada material le faltó.  Su padre, empleado público, era un hombre bueno pero poco cariñoso, de costumbres y pensamiento rígido.   La educó lo mejor que  pudo, en un colegio privado de monjas y sólo para niñas,  hasta que éstas olvidaron la palabra perdón.

Su abuela paterna, una mujer católica formada en la culpa y el pecado, miembro de la Legión de María, la cuidaba casi las 24 horas del día, en una rutina cronometrada de casa y colegio.

Para su cumpleaños número quince, medía un metro y setenta y dos centímetros de estatura, una silueta de modelo y una hermosa melena rizada, negra azabache.  Ese día, y después de apagar las velas de la torta de hojas con manjar y mermelada de mosqueta hecha por su abuela, decidió hacer un discurso que venía preparando para esa ocasión.  Agradeció que la acompañaran sus amigas. Si bien no cumplía la mayoría de edad,  quince años era un tiempo suficiente para derrocar la dictadura y empezar a conceder algunas libertades, y dirigiéndose a su padre le solicitó autorización para salir los fines de semana, porque ella tenía muy claro lo correcto de lo incorrecto y se sentía capacitada para tomar sus propias decisiones.  Su padre, desconcertado pero admirado de lo bien que se expresaba, en un silencio que ella encontró eterno,  aprobó por  decreto frente a cinco testigos que la llegada a casa debía ser siempre antes que el alumbrado público funcionara.

No llevaba más de tres meses de libertad vigilada, cuando una tarde de enero, se enfermó. Un germen, desconocido hasta entonces, la invadió de cabeza a los pies.  Quedó aturdida pero más despierta que nunca, sin juicio pero más lúcida, inestable pero armoniosamente segura.  En la plazuela Yungay,  había conocido a Julio, un mochilero del norte con rumbo al sur, con guitarra a cuestas y una melena similar.   Era el primer joven a quien podía mirar a los ojos, sin tener que agacharse.

Pocos días después, y como una ladrona con un pequeño bolso, abandonaba su hogar  para  vivir con Julio las escenas románticas de las películas, novelas e historias que había escuchado. 

Su padre casi enloquece y la abuela no paraba de llorar.  Que va a decir la gente; ya no podrá vestir de blanco si alguna vez se casa; el hippie la obligó, estoy segura.  Pasaron 8 días, cuando carabineros de Puerto Aysén la encontró. 

Desconectada del mundo, llegó marzo. Las monjas, sin dar razones, le negaron la matrícula.  Fue un  duro golpe.  Terminó sus estudios en  el Liceo de Niñas, y  posteriormente hizo un curso de secretariado en una academia.  Entró a trabajar en la cooperativa agrícola y lechera de la ciudad.  Allí  conoció a Ignacio, un joven contador, alto, flaco, desgarbado, que un año más tarde, en el otoño del 73, la convirtió en su mujer.  A pesar que se vivían tiempos revueltos, y para satisfacción de la abuela, llegó al altar del brazo de su padre y vestida de blanco. 

Pero ese matrimonio dejó un herido peligroso: el orgullo de su jefe.  Ignorante de esa relación, fue una  sorpresa que lo dejó con sabor a derrota.  Era un hombre acostumbrado a ganar en todo terreno y a tomar venganza. Bien parecido, más que la doblaba en edad, practicaba tenis  para mantenerse en forma y vestía muy bien. Se sentía un seductor.  La había acosado desde el primer día, y tal era su descaro, que frente a ella misma se jactaba de ser un hombre que sabía esperar, que tarde o temprano lo iba a aceptar. 

Cuando se produjo el golpe militar, la cooperativa aprovechó de deshacerse  de los  dirigentes del sindicato.  Bajo acusaciones que le dieran sentido a las fuerzas militares,  los entregó para su detención. Todos los dirigentes fueron detenidos. Y fue ese el momento, en que la idea de venganza tomó forma, porque veinte días después una patrulla de carabineros fue a detener sólo a Ignacio, bajo cargos que nunca se supieron.     

Cuesta creerlo, pero en todo el dolor, injusticias y atrocidades de la dictadura, hubo civiles que participaron para cobrar cuentas del modo más indigno. El actual Presidente tiene razón cuando en un discurso señaló que hubo cómplices pasivos. 

Ella supo de inmediato quien estaba detrás.  Aún recuerda su mirada. Le pidió permiso para hacer una llamada larga distancia, para avisarle a su familia  y dejar su puesto de trabajo por el día.  Fue una aprobación con  ironía.  Al  día siguiente le solicitó un adelanto de sus vacaciones y la respuesta la dejó helada,  nunca había escuchado tanta crueldad.  Se retiró para no volver.  No hubo pago alguno, ni de los días trabajados, ni finiquito, nada, nada, al igual que los dirigentes sindicales.

Lo que pasó con Ignacio, detenido  en el local  de una fábrica de calle Mackenna, nunca se sabrá.  La abuela, que conocía personalmente al obispo, pidió su ayuda para liberarlo. Se logró dos meses después.  Encontrar trabajo,  una quimera.  Por eso, cuando el obispo les contó la posibilidad de salir a Venezuela, ella lo aceptó de inmediato.  Lo difícil fue convencer a Ignacio.  Sería un tiempo corto, lo que  dure la dictadura.

La llegada a Caracas no fue fácil, pero se adaptaron. Tuvieron tres hijos varones.  A todos les dieron una profesión y todos les dieron nietos.  Los dos menores viven actualmente en  Miami. 

Una tarde, en conversación telefónica con su padre, éste le propuso regresar.  Ignacio había fallecido en un accidente automovilístico y ella se quejaba de estar muy sola.  Y como se había preparado, le entregó los argumentos para convencerla:  que estaba solo y viejo, cada vez con menos fuerzas; que se viniera a disfrutar la vista al lago del terreno comprado con su indemnización;  que entendía su rechazo a  las dictaduras,  pero que el país la había derrocado hace 23 años; que le había prometido volver y estaba seguro que Venezuela caminaba a paso decisivo a una dictadura.  Infórmate mejor: no es Chávez quien gobernó, fueron los militares, y ahora Maduro seguirá con ellos; están robando y traficando, sacando ilegalmente las reservas del país, principalmente oro.  No te equivoques. No será Maduro quien gobierne, serán los militares.

Pasó una semana dándole vueltas, a que decisión tomar. Otra dictadura, por ningún motivo. Que sería de sus nietos. Su padre no se equivocaba,  había pronosticado el golpe militar del 73, casi un año antes.  

Llamó a reunión familiar y decidió regresar.  La acompañó su hijo mayor, con su esposa y dos hijos.  Hoy  junto a su padre, a  quien  dedica parte importante del día, recuerda esta historia, y sigue con asombro el acontecer noticioso de Venezuela y Maduro, como antes en Caracas, se informaba de las tristes noticias de Chile y Pinochet.   Pero..….con un mismo deseo….   Que caiga!. 

jueves, 24 de enero de 2019

Mi gato es un político


     El domingo y como cada año, hubo almuerzo familiar.  El anfitrión siempre es el mismo, porque el espacio y el paisaje  así lo determina.   No estuvimos todos los que deberían estar, la selección es  por mérito y esfuerzo.   Con los ausentes, nos encontraremos  en el próximo funeral.

    Como por algunos de los presentes, corre sangre italiana, son encuentros eufóricos y muy bulliciosos.  Conversamos o más bien discutimos  de todo: de la carestía de la vida,  problemas ambientales,  escasez de agua, delincuencia, portonazos y violencia.   En eso estábamos, cuando súbitamente  y creo que producto del éxtasis religioso, debimos haber levitado,  porque en menos de un segundo estábamos en la Araucanía. 


     Antes, debo señalar que mi familia es muy católica.  A todos los encuentros, se invita a  Santa Rita o a Santa Emiliana a compartir la mesa, y las tratamos con la  devoción que se merecen.  Hay fanáticos y más moderados.  Yo, más bien distante, porque a la primera ofrenda, entro en trance místico.  Es muy curioso.   Lo otro, es  que mi familia, aún no se entera del término del sistema binominal, y todavía discuten bajo esa lógica: 


    Que los mapuches son violentos - cómo dices eso, son un pueblo pacífico; hay que militarizar la zona - los militares no están para aquello; Hermes Soto ocultó información -  a él le mintieron;  Chadwick va a caer -(y responde la voz potente del anfitrión) NO CAE, ESE ES UN ANIMAL POLITICO. 

    
    De un porrazo salí del trance,  y me dije,  eso es.  Hay animales políticos.  Mi gato es un político.   Lo sospechaba del año pasado.  

    Todo empezó para la campaña presidencial Piñera - Guillier.  Yo sabía que a mi gato  le molestaban mucho los ruidos.  Pero cuando empezaron a  pasar por mi calle,  las caravanas de vehículos tocando bocinas y enarbolando banderas de los candidatos,  se iba sigilosamente  a mirarlos desde la ventana,  y  se quedaba allí ensimismado hasta que pasaba el último vehículo.

     Entonces, comencé a observar su conducta.  Cuando quiere comida, empieza la campaña.  Me sigue a todas partes, maullando consignas que ni él las cree, ronronea, se refriega en mis piernas y hace piruetas.   Consigue la comida, y se comporta como político elegido.  Se va a su lugar favorito que está a cierta altura,  ¿y qué hace?...Pues, se arregla los bigotes y se acicala.  Cuando termina, me mira desde arriba (como si estuviera en el quinto piso del congreso) y parece que me dijera: aquí me tienes para cuidarte y acompañarte.   Pero nada, sigo trabajando para él, limpiando su caja de arena, poniendo agua fresca, cepillando su  pelaje.  Y así, lleva nueve años, sí...nueve años.

      Como soy curiosa, ahora quiero  saber cual es su simpatía política o  su sensibilidad.  Porque con el desprestigio de los partidos  (a no ser que los partidos gatunos sean diferentes), no creo que se haya refichado o inscrito en alguno. 

      Para que tengan una idea y me ayuden, les cuento su historia.   Lo recogí de la calle, no tenía casa, cuna, abrigo, ni alimento asegurado.   Era un gatito tímido, desconfiado, humilde, de esos que la sociedad no ve y no quiere ver.  Sobrevivió en sus primeras semanas, gracias a una vecina que le daba miguitas de pan.          

     
       Ahora lo tiene todo. Buena cama (de lana  para el invierno, algodón en verano), comida acorde a su edad, vacunas al día, antiparasitario y antipulgas.  Cuando lo observo caminar con la cola respingada, cimbrando las caderas, recorriendo la  casa y el patio, como si fueran su  hacienda,  pienso... cómo ha  cambiado.  Con que seguridad se desenvuelve.  Hay algo de arrogancia, pero lo entiendo.  Ahora tiene un futuro y  privilegios que seguramente no le gustaría perder. 
  
     Si lo único que me preocupa, es la aversión que tiene con los gatos vagos del barrio. Bien pueden ser su familia o amigos de infancia.   Pareciera que se olvidó de su origen.    Cuando osan entrar a su hacienda, en busca de miguitas de pan, eriza su cola y sale a enfrentarlos.   Y si  el intruso es un gato negro,  peor su ofuscación.  No sé que les dirá, nada bueno debe ser, se van humillados y apocados.  

     Pero tengo la solución. Para la próxima elección presidencial, estaré atenta a que caravana sale a mirar.